En el universo de las criaturas entre los seres celestiales como los ángeles y los terrenales humanos, pienso existe una categoría formada por personas angelicales.
Aunque tantas veces no lo parezca, en el mundo abundan las gentes que escogen vivir en el elevado plano de la bondad. Ese espacio en el que se desenvuelven las personas bondadosas, las muy buenas y las extraordinarias que, en ocasiones, son elevadas a los altares. Junto a ellas, añado una categoría, la de las «personas angelicales» en la que incluyo naturalmente a los bebes e infantes de corta edad, así como algunos niños no tan pequeños. De uno de estos últimos hablaré hoy.
Como he comentado alguna vez, tengo particular aprecio por las vidas de santos. Recorrer las sendas que los llevaron a las atalayas que alcanzaron además de aportar valiosas enseñanzas permite gozar de perspectivas únicas y elevadas. Y, como es lógico, tengo mis favoritos, entre los que sólo hay un niño. Hecho que, pudiendo parecer desproporcionado, no lo es considerando un dato que quizás sorprenda; del total de beatos y santos proclamados por la Iglesia sólo un 4% son niños y adolescentes y de estos, restando los mártires, se cuentan con los dedos de un a mano los llamados santos confesores, aquellos que alcanzaron la santidad por virtudes heroicas.
A este más que selecto grupo de niños extraordinarios, escasos en número, pero grandes suscitando conversiones, pertenece mi muy estimado Francisco de Jesús Marto (1908 – 1919). Francisco, junto a su hermana Jacinta, canonizados ambos en 2017, y su prima Lucía forman el trío de pastorcillos a los se les apareció la Virgen de Fátima en 1917.
En su corta vida de algo más de 10 años, demostraría cuan equivocados estaban aquellos teólogos y canonistas que, durante siglos, se opusieron a la canonización de niños por estimar que sus virtudes heroicas eran más fruto de su inocencia natural que del uso pleno y maduro de la razón para escoger conscientemente el heroísmo frente a tentaciones graves o decisiones de vida complejas. Si bien siendo de natural bondadoso, Francisco, desde las primeras apariciones del Ángel de la Paz a los pastorcillos en 1916 y, con mayor convicción si cabe a partir de su primera visión de la Virgen, hasta sucumbir a la muerte provocada por la epidemia de gripe de 1918, ejerció unas virtudes heroicas que no fueron fruto de la inocencia infantil.
Plenamente consciente, incluso durante su agonía, rezó insistentemente las oraciones que tanto el ángel como la virgen le habían mandatado pidiendo por la salvación de los pecadores, practicó duras mortificaciones y penitencias por la paz y mantuvo hasta el final la promesa hecha a la Señora de guardar silencio sobre los mensajes transmitidos en las apariciones. Todo ello siendo un crío de 9 años sometido a presiones de familiares y vecinos, al encarcelamiento y a las amenazas de las autoridades.
Hasta aquí podríamos decir que su comportamiento no difirió del de su prima y su hermana, pero Francisco poseía unas cualidades distintivas que, personalmente, me provocan particular simpatía, ternura y admiración. Según sus biógrafos, era un muchacho tranquilo de lo más normal al que le gustaba jugar, tocar la flauta y cantar. Pero a la par, emocionalmente más fuerte que Jacinta, condescendiente y resignado nunca se quejaba sufriendo con paciencia heroica las adversidades hasta sus últimas dolencias. Observador curioso, era muy independiente en las opiniones. Atributos estos últimos con los que me siento particularmente identificado y que evidencian, entre otros, dos de sus más destacados comportamientos.
El primero tiene que ver con un hecho llamativo; mientras que Lucía veía, oía y hablaba con la Virgen y Jacinta la veía y oía, Francisco sólo podía verla. De ahí que, tras cada aparición, llevado de su innata curiosidad, insistiese para que Lucía le relatase qué había dicho la Señora. Y tanto persistía en querer conocer los detalles que su prima, más de una vez, le reprendió. Además, no contento con las explicaciones recibidas planteaba dudas y preguntas poniendo a prueba la paciencia de su prima.
En cuanto a su inclinación a la independencia, Francisco la demostró con la que fue probablemente su decisión más radical. Cuando fueron apuntados a la escuela, a pesar de lo mucho que su prima y hermana le intentaron convencer de las bondades de aprender a leer y escribir, se negó a ir. Pero no fue una negativa fruto de la ofuscación ni infundada, sino meditada y pragmática.
Como quiera que la Virgen había indicado que moriría pronto y que para ir al cielo debía rezar mucho, Francisco consideró que para él era mucho más urgente e importante dedicar el tiempo a orar en la iglesia que ir a la escuela, lo cual hizo con la complicidad de Lucía y Jacinta. Y cuando ellas, al regresar, le preguntaban que había hecho durante el día, respondía con toda sencillez, «estar escondido en Jesús».
