Cuando existen indicios de algún mal, para conocerlo y, en su caso, afrontarlo no hacen falta certezas; basta con la voluntad.
Hacía años que no la había visto, desde 2004 cuando se estrenó; hablo de la película alemana “El hundimiento”. La recordaba vagamente como un buen drama bélico realista y siniestro. Según avanzaba hacía memoria, pero la impresión era novedosa; salvando la enorme distancia de los terribles hechos descritos, ciertos comportamientos me evocaron actitudes muy presentes en el panorama actual.
Basada en el ensayo de un experto historiador y en las memorias de Traudl Junge, la secretaria particular de Adolf Hitler durante los últimos años de su vida, en su día la crítica le otorgó bastante verosimilitud. La cinta describe los hechos acaecidos en el búnker en el que Hitler se refugió durante las últimas semanas de la batalla de Berlín en abril – mayo de 1945, relatados en gran medida desde el punto de vista de la secretaria; dato relevante a tener en cuenta como luego veremos.
Como telón de fondo, algunas secuencias de soldados, jóvenes y niños, intentando una defensa inútil de Berlín entre ruinas, heridos, cadáveres, una población civil aterrorizada y tropas y mandos alemanes escapando en desorden ante el avance del Ejército Rojo. En este contexto, en un ambiente claustrofóbico, bajo el estruendo de la artillería enemiga, en el interior del bunker se suceden todo tipo de escenas trágicas, degradantes y espantosas. Comportamientos fruto de la desesperación, el fanatismo y la alienación en un clima dominado por el mal encarnado en un Hitler enajenado, a ratos amable con sus allegados, más de las veces soberbio, iracundo y vengativo.
Mientras algunos altos cargos y oficiales tratan, fallidamente, de convencer a su Führer de que la guerra se ha perdido, instándole a la rendición, y otros apoyan su resistencia hasta la muerte, los personajes van retratándose conforme grados de enajenación, ambigüedad, miedo o instinto de supervivencia. Les une que todos son testigos del mal que anida en Hitler; su absoluto desprecio por la condición humana.
En mayor o menor medida, todos, Traudl Junge incluida, presencian hechos y escuchan declaraciones que, más que indiciarias, evidencian la maldad intrínseca de su Líder. Oyen asertos de Hitler como los espetados a gritos despreciando toda compasión, o respuestas como la dada a su ministro Speer cuando le pide que capitule, rogándole misericordia para el pueblo alemán, a lo que contesta que si los alemanes no superan esta prueba, entonces «son demasiado débiles y deben perecer».
Y si menciono a la veinteañera secretaria particular, no lo hago con el ánimo de juzgarla, ni soy quien ni capaz de ponerme en su lugar, sólo la tomo como ejemplo. Porque ella, siendo la que oficia de hilo conductor del relato y por tanto garante de su veracidad, ya octogenaria en la vida real, nos deja como broche de la película, una ambigua reflexión.
Por supuesto los terribles crímenes que salieron a la luz durante los juicios de Nuremberg, las masacres de los judíos y de personas de otras razas o contrarias al régimen me dejaron estupefacta, me quedé completamente horrorizada y aunque admito que aún no he conseguido reconciliarme con mi pasado, al menos me consuela pensar que no fui personalmente responsable y no sabía lo que pasaba. La verdad, la verdad, es que yo desconocía por completo aquel horror. En aquel momento comprendí que ser joven no era una excusa válida, que quizá debí interesarme por saber algo más.
Efectivamente no es una “excusa válida”. No dudo que desconociese todas las atrocidades cometidas por el régimen, aunque fueron tantas, muchas públicas, perpetradas durante tanto tiempo, en tantos lugares y ante tantos testigos, que resulta muy difícil aceptar una total ignorancia. Así y todo, los testimonios que ofrece su propio relato muestran que sí conoció directamente muestras del carácter maligno de su jefe, indicios claros de su ilimitada perfidia. Otra cosa es que se negase a aceptar lo evidente.
Tras auto exculparse, Junge concluye que quizás debió interesarse por saber algo más. Sí lo debió hacer, pero sobre todo, como a tantos que sirvieron “lealmente” a Hitler, sólo los contumaces y terribles indicios debieran haberles bastado para anteponer su dignidad a una obediencia interesada y alienante, ejercer su condición de servidores públicos, no del gobierno, y no colaborar con tan profunda y sistémica degradación.
Concluida la película, surge la pregunta de cuantos hay que, auto exculpándose, sin excusa válida, siguen empedrando el camino de la corrupción que hoy nos asola. Una degradación que, sin haber alcanzado el nivel de barbarie descrito, tampoco ha surgido de un día para otro ni ya está exenta de claros indicios de una consentida criminalidad cuyos pérfidos derroteros son imprevisibles.
