Quienes acostumbran a decidir y actuar buscando la aprobación social acaban por no reconocerse a sí mismos; actitud muy común en políticos del llamado centrismo.
Que estar pendientes del qué dirán sea actitud muy arraigada en la sociedad no le otorga particular bondad. Al contrario, cuando deja de ser puntual para convertirse en hábito las consecuencias son nefastas. Por buscarle el lado positivo digamos que, en ciertas circunstancias, acomodar el comportamiento o las opiniones propias al criterio de terceros puede contribuir a ejercitar la prudencia. Incluso puede llegar a servir de freno impidiendo actos inapropiados o inoportunos. Pero hasta ahí llegan los méritos de conducta tan represora.
En la vida una cosa es estar atentos a lo que acontece para no perder contacto con la realidad circundante y otra muy distinta es ser esclavo de ideas y modas cambiantes. Subordinar el comportamiento al gusto de terceros puede no tener demasiada importancia tratándose de cuestiones menores, aunque a veces se caiga en la contradicción. Pero cuando lo que está en juego son valores o principios, hacer que estos pendan del tornadizo qué dirán licúa la personalidad.
Quienes acostumbran a bailar al son que toquen tienden a presumir de capacidad de adaptación, pero las más de las veces, particularmente en política, dicha jactancia no deja de ser una mala excusa. Se trata más bien de vestir de flexibilidad lo que en realidad es una actitud de dependencia. Cierto es que nadie está libre de acomodarse a una u otra moda, pero en el caso del centro derecha, sea por baja autoestima, carencia de convicciones o miedo al rechazo, tal es el grado de dependencia que raya en lo patológico, avocándole a una permanente necesidad de validación externa. Ya no es que sus dirigentes se adapten, es que se ponen la venda antes de la herida supeditando su iniciativa a temores subjetivos. Temores que, para colmo, casi siempre obedecen al qué dirán sus adversarios, singularmente los izquierdistas, sus medios afines y esa grey militante progresista que, en cualquier caso, nunca les va a votar.
Así, salvo excepciones, debido al dominio cultural que ha ejercido la izquierda a lo largo del siglo XX haciéndose depositarios de una supuesta superioridad ética propagada mediante un discurso tan falso como sorpresivamente eficaz, los políticos de centro derecha han asumido dicha supremacía ideológica validándola. Esta actitud de vasallaje, aparejada a la inseguridad en sus ideas, valores y principios, está en la raíz de la mudable posición a la que llevan décadas adaptándose por mor de necesitar se reconocidos como genuinos cofrades del club de la ética superior. De ahí que, luciéndose como convencidos centristas, se afanen en demostrar a todas horas que son merecedores de pertenecer a dicho club, viviendo pendientes de evitar cualquier gesto o acción que suscite duda. Y, con este propósito como bandera, renunciando a posicionamientos conservadores y saltándose todas sus líneas rojas, tan líquidas como sus principios, han ido incorporando a sus programas muchos elementos esenciales del discurso de la izquierda.
De lo que no parecen haber tomado nota estos políticos es que este ejercicio de continuada sumisión, disfrazada de tolerancia y centrismo, conlleva un notable desgaste con escaso rédito. De una parte debilita la identidad, esteriliza la iniciativa, genera ambigüedad y suscita desconfianza y decepción. De otra, a pesar de décadas aceptando lo inasumible, no produce los efectos deseado. Primero porque, a la postre, sus éxitos se han basado más en los errores del adversario que en sus propios méritos, lo cual es natural considerando que las gentes tienden a optar más por lo auténtico, aunque sea malo, que por lo impostado. En segundo lugar porque los amos de la ética superior progresista jamás les van a admitir en su club ni van a aminorar sus reproches. Creer lo contrario mendigando simpatías es como darle la razón a un resentido; lejos de satisfacerle que sus ideas sean aceptadas, toma el gesto como síntoma de debilidad y validación de sus argumentos, transformándolo en combustible de su resentimiento y reavivando su acritud.
En suma, actuando como prisioneros del qué dirán progresista, en un permanente cálculo del inestable voto centrista, los ha llevado a navegar entre la duda y la matización constante en discursos ambiguos, con esa doblez tan irritante cuyo alto coste tiene graves consecuencias de largo alcance. De entrada, obligados a demostrar que no son como sus adversarios les pintan, en vez de poner en valor y defender con convicción ideas propias y mejores, han acabado siendo irreconocibles. Por ello, parafraseando la máxima de François, duque de La Rochefoucauld, estos políticos deberían mirarse al espejo y entonar al unísono aquello de, tan habituados estamos a disfrazarnos de los demás que al final nos disfrazamos para nosotros mismos.
