Si raro es que el cotilleo no devenga en hablar mal de alguien, excepcional es la equiparación justa; de ahí que chismorrear se estime costumbre malsana y comparar acto odioso.
Que existen comparaciones buenas y malas es indudable, pero hasta aquellas más pretendidamente positivas son injustas con una de las partes, porque sitúan las cualidades individuales del objeto de la comparación al nivel del sujeto al que se pretende ensalzar. Afirmar eres tan guapo como menganito o tan inteligente como zutanita puede llevar buena intención, pero generalmente menganito y zutanita salen mal parados. Y si esto sucede con las equiparaciones “buenas” no digamos con las malas, de ahí que el saber popular haya sentenciado que toda comparación es odiosa.
En el campo de las comparaciones negativas o destructivas el ingenio humano ha mostrado una notable creatividad. Asemejando defectos personales con objetos, animales o personajes las hay muchas y variadas, pero todas tienen un denominador común; vituperar al sujeto de la comparación. Intención que no pocas veces conlleva la ofensa de aquel al que se le compara, como sucede con el caso que hoy me ocupa, el de los músicos del Titanic.
Si todas las comparaciones son odiosas y las destructivas se llevan la palma, dentro de este grupo las hay que, en su afán de resaltar un defecto, van más allá de la exageración y del menosprecio. Sin importar el daño causado a quien sirve de modelo, retuercen la verdad hasta demoler su imagen llegando al punto de envilecer lo noble. Costumbre que, al margen de las comparaciones, junto a la de ennoblecer lo vil, está bastante extendida.
Yendo al tema, estos días he vuelto a escuchar varias veces la misma comparación envilecedora de un hecho noble. Tratando de enfatizar que el presidente del Gobierno vive en una realidad paralela, negándose a reconocer que su barco gubernativo se está yendo a pique a causa de la corrupción, algunos de sus críticos han tenido la brillante idea de compararle con los músicos del Titanic.
Aparte de que el naufragio del sanchismo es tan clamoroso que no necesita ser subrayado, hace falta ser muy ignorante o tener muy mala leche para atribuir a los músicos del Titanic una actitud como la de Sánchez. Quizás, quienes emplean esta comparación hablan por boca de ganso demostrando su estulticia, lo cual no me sorprendería, pero, siendo así o no, envilecer gesto tan noble y heroico como el de los músicos del Titanic, sea para lo que sea, es infamante.
¡Claro que los músicos fueron plenamente conscientes de que el Titanic se hundía sin remisión! Todas las crónicas del suceso y los relatos de algunos supervivientes han dejado constancia de ello. Los ocho músicos que componían la banda bien sabían que se jugaban la vida al no intentar ponerse a salvo como el resto del pasaje. Pero viendo el caos provocado por el pánico, en un notable acto de valentía, optaron por permanecer tocando melodías para mantener la calma durante la evacuación. Testigos afirmaron que desde los botes salvavidas escucharon los acordes de la música hasta el final.
Los ocho perecieron en el naufragio y solo los cuerpos de tres de ellos fueron recuperados. La prensa destacó su heroísmo, a sus funerales asistieron multitudes y se conservan monumentos y placas que honran su generoso sacrificio.
Siendo tan conocidos los hechos ¿qué cabe decir de quienes los retuercen haciendo de los músicos del Titanic ejemplo de insensatos negacionistas de la realidad? Comparar la irresponsable actitud escapista de Sánchez con la valiente decisión de estos héroes sólo pone de manifiesto la estupidez de quienes lo hacen. Si sólo saben criticar envileciendo lo noble más les valdría permanecer callados, pero igual hasta se creen ingeniosos.
