Una gran verdad desvelada

Con frecuencia, quienes refutan con mayor éxito popular falsos axiomas reivindicando verdades silenciadas, pertenecen a colectivos insospechados. Así ha sucedido con las palabras del actor Antonio Banderas sobre Iglesia y arte que me han recordado la famosa carta conocida como “El indulto de Agatha Christie”.

En el notable discurso que el afamado actor malagueño, Antonio Banderas, pronunció ante el Papa con ocasión de su reciente visita a España, desveló una verdad cuyo impacto mediático evidencia cuan silenciada está. Antes de adentrarse en reflexiones sobre la naturaleza del arte tejidas con emotivos recuerdos, a modo de exordio, proclamó: “La relación entre la Iglesia católica y el arte no ha sido solo fructífera: ha sido determinante. No tememos equivocarnos al decir que la Iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia de la humanidad.”

Siendo la afirmación del actor una verdad a todas luces evidente, debería sorprender el revuelo provocado; más aún, que se admire su coraje. Pero, dado el panorama dominado por artistas y pseudointelectuales que, alardeando de modernidad, se afanan en menospreciar cuando no denostar toda forma de tradición, particularmente si es católica, hay que reconocerle a Antonio Banderas el mérito y agradecerle su osadía. 

Cuantas veces, quienes refutan con mayor éxito popular falsos axiomas y reivindican verdades veladas, pertenecen a colectivos, a priori, insospechados. El caso de Antonio Banderas es un claro ejemplo, como lo fue hace 55 años el de los firmantes de la carta conocida como “El indulto de Agatha Christie”.

El desencadenante fue la entrada en vigor del Novus Ordo Missae (Nuevo Orden de la Misa) fruto del Concilio Vaticano II y la consiguiente supresión de la que venía siendo desde el siglo XVI la liturgia tradicional católica; la Misa Tridentina. Al tener noticia de ello, en 1971 más de cincuenta escritores y artistas, figuras señeras de la cultura británica, a los que se sumarían otros de diversas nacionalidades, firman una carta dirigida a Pablo VI. A todos, católicos y no católicos, creyentes y no creyentes, les unía su preocupación por la grave pérdida cultural que supondría la supresión de la Misa Tridentina. Afirmando que “el rito pertenece a la cultura universal” solicitan al Papa que permita su subsistencia.

Dicen que Pablo VI, impresionado por la talla de los firmantes accedió a preservar la liturgia tradicional en algunas iglesias. Añaden que, al leer el nombre de la más popular de todos ellos, anglicana y mundialmente conocida, exclamó «¡Ah, Agatha Christie!», reafirmándole en su decisión y dando pie a que la carta sea conocida como “El indulto de Agatha Christie”.

Aparcando los conflictos que sigue suscitando la supervivencia de la liturgia tradicional, que no vienen al caso, dejo a los lectores la famosa carta, pues su contenido, estando de plena actualidad, reivindica detalladamente aquello que Antonio Banderas expresó en dos frases; la aportación sin par de la Iglesia Católica a la cultura universal.  

«Si algún decreto insensato llegase a ordenar la destrucción total o parcial de las basílicas o las catedrales, obviamente serían las personas beneficiadas por la cultura –cualesquiera fuesen sus creencias personales–, quienes se alzarían horrorizadas en oposición a una posibilidad tal. Ahora bien, el hecho es que las basílicas y catedrales fueron construidas para celebrar un rito que, hasta hace unos meses, constituía una tradición viva. Nos estamos refiriendo a la misa romana tradicional. Aun así, de acuerdo con las últimas informaciones provenientes de Roma, existe un plan para hacer desaparecer dicha misa hacia fines del año en curso. Uno de los axiomas de la publicidad contemporánea, tanto religiosa como secular, es que el hombre moderno en general, y los intelectuales en particular, se han vuelto intolerantes a toda forma de tradición y están ansiosos por suprimirlas y poner alguna otra cosa en su lugar. Pero, como muchas otras afirmaciones de nuestras máquinas publicitarias, este axioma es falso; hoy, como en los tiempos pasados, las personas cultas están a la vanguardia, allí donde es necesario el reconocimiento del valor de la tradición, y son las primeras en dar la voz de alerta cuando ésta se ve amenazada. No estamos considerando en este momento la experiencia religiosa o espiritual de millones de individuos. El rito en cuestión, en su magnífico texto latino, ha inspirado una pléyade de logros artísticos invalorables –no sólo obras místicas sino las de poetas, filósofos, músicos, arquitectos, pintores y escultores de todos los países y épocas. De tal modo, pues, que el rito pertenece a la cultura universal, tanto como a los hombres de Iglesia y a los cristianos formales. En la civilización materialista y tecnocrática de hoy, con su creciente amenaza para la mente y el espíritu en su expresión creativa original –la palabra–, parece especialmente inhumano privar al hombre de formas verbales que han alcanzado su más excelsa manifestación. Los firmantes de esta petición, que es completamente ecuménica y apolítica, proceden de cada una de las ramas de la cultura europea y de otras partes. Quieren llamar la atención de la Santa Sede sobre la tremenda responsabilidad en la que incurriría en la historia del espíritu humano si se negara a permitir la subsistencia de la misa tradicional, incluso aunque esta subsistencia tuviera lugar junto con otras formas litúrgicas.”

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