Hay momentos de la vida que nos gustaría prolongar, vivencias balsámicas que no sólo quedan en el recuerdo, se atesoran en el corazón como fuente de esperanza.
Con la visita del Papa León XIV a España se cumplió la afirmación de san Pablo “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5.20). En un país asolado por la corrupción, profundas crisis políticas y sociales, aparentemente dejado de la mano de Dios, la Divina Providencia ha evidenciado que hay mucho lugar para la esperanza.
Obviando flaquezas humanas, la visita apostólica, que no política, ha cumplido con creces las altas expectativas cuyo anuncio generó. Yendo a lo esencial, el Papa ha pastoreado a millones, recordándonos que Cristo, cuya muerte anunciamos y resurrección proclamamos los católicos, nunca nos abandona; que está presente. Invitándonos a alzar la mirada hacia un Cristo que, desde la cruz, vuela alto por encima de las miserias humanas, nos ha exhortado a no tener miedo de buscarle en nuestros corazones donde nos espera, con infinita paciencia, para acompañarnos personalmente en nuestro peregrinar, redimirnos, salvarnos y llevarnos a la Gloria Eterna.
Y si León XIV ha ejercido con humilde firmeza su apostolado, multitud de creyentes y los que no lo son tanto, han estado a su altura. Décadas de secularización, de exacerbación interesada de una lamentable descristianización, escuchando que el ateísmo triunfa, que la fe es cosa del pasado, se han visto refutadas. Quienes anunciaban que la fe quedaba reducida a rancias minorías avejentadas y proclamaban con satisfacción que la juventud había dado la espalda a Dios, han visto negadas sus previsiones y deseos.
Precisamente han sido los jóvenes quienes, entre tantos seguidores de la visita papal, han impugnado con mayor rotundidad el discurso de una fe moribunda. Por si no bastó su apabullante presencia en todos los actos públicos del Papa con una alegría y fervor que sorprendía a propios y extraños, lo certificó su actitud en la Vigilia de Oración celebrada en Madrid.
Más de medio millón de jóvenes, se dice pronto, de toda condición y procedencia, optaron por unirse al Papa en oración en una espléndida tarde noche de sábado en la que Madrid ofrecía otras muchas y diversas alternativas mundanamente más atractivas. Habiendo reservado su acceso con semanas de antelación, soportando largas y apretadas colas pacíficamente, con la alegría reflejada en sus rostros, se dispusieron a esperar, recibir y acompañar al Santo Padre durante horas testimoniando su fe o su deseo de un nuevo horizonte.
Si el inmenso número de jóvenes, su estruendoso y caluroso recibimiento del Papa y el rezo colectivo del rosario que lo precedió, transformando la espera en oración, ya expresaban un deseo y una intención colmada de esperanza, el momento culmen llegó con la Adoración al Santísimo. Tan pronto el sacerdote colocó la Sagrada Forma en la custodia sobre el altar, la música, los aplausos y vítores cesaron como por ensalmo.
En la penumbra del atardecer las luces de los móviles se apagaron y un clamoroso silencio invadió todo el espacio. Un silencio majestuoso, tejido de, emoción, devoción, y asombro se apoderó de centenares de miles de almas jóvenes. Bajo la maternal mirada de la Virgen de la Almudena y, como telón de fondo, magníficas imágenes de los cinco misterios luminosos del rosario, un mar de jóvenes arrodillados, elevando su mirada al Santísimo, permanecieron largo tiempo junto al Papa en profundo y sobrecogedor recogimiento.
Los versos de Santa Teresa de Ávila, «Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada le falta; solo Dios basta», tomaron cuerpo en el centro de Madrid. Si el Papa había venido para anunciar, confirmar y recordar que la auténtica fuerza, consolación, luz y esperanza está en el Crucificado Resucitado, se encontró con cientos de miles de jóvenes en busca del sentido de la vida que ansían la verdad y un amor auténtico infinitamente más grande y pleno que el que el mundo les ofrece.
Este momento imborrable, esta manifestación de que el Espíritu Santo sigue tocando corazones y de que los jóvenes siguen respondiendo a la llamada de Cristo cuando les hablan con verdad y les alientan a seguirle sin miedo, ha sido un maravilloso regalo de Dios. No lo presencié, pero sí lo vi y sentí en directo cual luminosa fuente de esperanza. Gracias a Cristo que cumple silenciosamente su promesa, «el mal no prevalecerá» (Mt 16.18), su Iglesia en esta tierra de María, para bien y esperanza de todos está muy viva.
