Con idéntico comportamiento farisaico y contradictorio con el que contribuyen a la crisis de valores causante de las corrupciones que asolan España, algunos, ante la visita del Papa, buscan su compañía tratando de aprovecharse del fervor popular que suscita.
Si no fuese porque les interesa arrimarse al sucesor de Pedro para parasitar su imagen y prestigio, no pocos de los políticos que en estos días se le acercan cual talismán lo denostarían. Porque si bien le ensalzan como gran referente ético cuando las opiniones del Papa coinciden con sus agendas políticas, tan pronto discrepa, llevados de su interesada ambivalencia, le vejan; véase cuando el Papa sostiene directrices morales basadas en la ley natural y más aún cuando afirma que los católicos y legisladores no las deben comprometer mediante consensos políticos.
Por ello debería sorprender que, quienes se identifican orgullosamente con lo que llaman conquistas sociales como el derecho al aborto, la perspectiva de género, la eutanasia, el matrimonio homosexual, la licuación de la familia tradicional o ideologías totalitarias y radicales desde las capitalistas hasta las izquierdistas y nacionalistas, que para todo hay, se afanen en salir en la foto junto a quien rechaza y combate todo ello. Pero lo realmente sorprendente sería lo contrario, que su farisaico oportunismo no les incitase a querer aprovechar el momentum de la visita.
Entre las preguntas que esta actitud suscita cabe plantearse si todos responden a un mismo tipo de hipocresía. Que todos ejercen la hipocresía parece evidente. Fieles al origen griego de la palabra hypokrisis, que significa actuar en el escenario, interpretan el papel que mejor les cuadra en cada momento. Que sean más o menos hipócritas dependerá de si sólo practican la simulación, mostrando lo que no son, o si añaden el disimulo, ocultando lo que no desean mostrar. En cualquier caso gozan de un inclinación hipócrita que puede llegar a ser intensa y persistente.
Cuestión distinta es si son hipócritas por afición, si practican la doblez por haberle cogido gusto como actitud para lograr un fin, o si su incoherencia los ha llevado a este vicio. Tratándose de hipócritas contumaces sospecho que han escogido el engaño libremente, aparcando cualquier principio que les impida cambiar de careta. Son seres amorales que han hecho de la mentira su modus operandi hasta el punto de la adicción, convirtiéndose en una seña de su identidad.
De estos ejemplares tenemos notables ejemplos en el panorama político español, algunos auténticos maestros, y del daño que ocasionan un amplio muestrario. En buena parte la corrupción sistémica que sufrimos se debe no tanto a que sean muchos, aunque gracias a la dilución de valores han aumentado, sino a que hayan logrado alcanzar los más altos puestos del gobierno y de otros estamentos con poder. No sufren ninguna patología, son gentes banales, más bien mediocres que, creyéndose astutos, hayan en la corrupción la forma de satisfacer su codiciosa ambición. Ya lo dijo Platón: “»El primer acto de corrupción de un funcionario es aceptar un cargo para el que no está preparado.»
Pero también hay otros que han llegado a ejercer la hipocresía a base de acumular incoherencias. Nadie está libre de caer en la incoherencia, pero los hay instalados en ella. Tipos confundidos, con ideas, argumentos y discursos desordenados y acciones que se contradicen entre sí. Queriendo congraciarse con unos y con otros, nadando y guardando la ropa para no tomar riesgos, atenúan sus creencias hasta que lo que dicen, creen y hacen carece de una relación lógica.
Cabalgando en esta contradicción, antes que procurar enmendarse optan por fingir mostrándose como lo que no son y ocultando aquellas ideas que pudieran perjudicarles. Quizás muchos no son conscientes de que, recurriendo a la hipocresía, contribuyen a generar la confusión y el desorden que la corrupción precisa para florecer. También de este tipo andamos sobrados. De hecho su número supera con creces a los del otro tipo siendo precisamente su abundancia la causa de su mayor peligro.
Pero como siempre queda la esperanza habrá que rezar para que la visita evangélica del Papa produzca algún efecto positivo. Aunque nunca se sabe, si presumible es que la contumacia de los hipócritas por convicción les haga más inmunes a la benéfica influencia espiritual, igual son más receptivos los hipócritas por incoherencia. Ya sería un regalo que todos veamos fortalecida la fe y la moral y que muchos incoherentes olviden sus miedos y se liberen de tan dañino vicio. Se harían un gran favor a sí mismos y prestarían un gran servicio a la sociedad.
