La auténtica esperanza no puede ser egoísta ni sectaria, sólo es genuina si generosa; aunque a veces cueste notable esfuerzo, debe ser compartida.
El lema aprobado por el Vaticano para la visita apostólica que el papa León XIV realizará a España en junio, «Alzad la mirada», no puede ser más oportuno. Parece elegido exprofeso a la vista de la situación de frustración, orfandad y desesperanza que reina en España fruto de una cronificada crisis política, económica, social y moral enraizada en la descristianización que asola occidente.
Dicen que está inspirado en el Evangelio, Jn 4,35: «¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega». Añaden que es una invitación a ver más allá de las preocupaciones cotidianas, una llamada a la esperanza descubriendo la presencia de Dios, abriéndose a los demás redescubriendo la unidad, la belleza y la caridad como signos concretos de una vida compartida.
La exégesis tradicional señala que en este pasaje Jesús emplea una metáfora para señalar la urgencia de la evangelización; que el tiempo de la salvación ya ha llegado. Tras anunciar la buena nueva a la samaritana en el pozo (Jn 4,26), Jesús, viendo que, gracias al testimonio de la mujer, se acercan muchos samaritanos, pide a sus discípulos que alcen la vista y contemplen que no cabe esperar, que los campos ya están dorados para la siega, refiriéndose a la mies espiritual cuyas primicias son los samaritanos que van llegando.
Conjugando ambas explicaciones, el lema, siendo una invitación a la contemplación más allá de nuestras inquietudes personales, es una llamada a compartir esperanza ejerciendo con urgencia la caridad para salvar almas. Una llamada para dar testimonio de que el tiempo de la salvación ya ha llegado, procurando que esta buena nueva sea acogida por el mayor número posible de personas.
Para Jesucristo no hay mayor dolor que perder a uno de su rebaño -la humanidad- y por ello es urgente que ninguna de sus ovejas se extravíe y no se salve. De ahí que sea principal misión de la Iglesia y de cada cristiano colaborar en procurar la salvación de todos los seres humanos sin excepción. Por ello, un creyente no puede guardarse su fe, su caridad y su esperanza en alcanzar el Reino de Dios y la vida eterna para sí mismo, familiares o amigos. Siendo virtudes infundidas por Dios gracias a su infinita generosidad, con plena generosidad deben ser compartidas con el prójimo sin distinción.
Claro está, como recuerda el refranero, que una cosa es predicar y otra dar trigo. Si ser virtuosos es ya de por sí difícil -imposible sin el auxilio del Espíritu Santo- contribuir a que estas virtudes sean derramadas en otros puede resultar a veces proeza inalcanzable. Visto el panorama, contemplando a tanto depravado que causa daño a doquier, lo que pide el cuerpo es aborrecerles. Si además se enorgullecen despreciando la fe y hacen lo posible por denigrar a los creyentes, lo más humano es dejar que se condenen.
Pero Jesucristo nunca indicó que seguirle resultaría fácil, al contrario, nos dijo “coge tu cruz y sígueme” (Mt 16,24). Y si en la cruz que él abrazó cargó con todos nuestros pecados, sus seguidores no podemos aliviar el peso de nuestras cruces obviando a los pecadores que nos hacen daño. Amar a Dios sobre todas las cosas por Él mismo es inseparable de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Por ello, porque esto es la caridad, por mucho que nos cueste, debemos llevar la esperanza a nuestro prójimo empezando por perdonar sus ofensas por detestables que estas sean.
Así nos lo enseñó Jesús con su ejemplo y en la oración del Padrenuestro; “… perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden…” Así que, alzando la mirada, pidiendo el auxilio del Padre, debemos ejercer la caridad para compartir esperanza rogando por nuestros enemigos. Para ello, entre las muchas formas que nos brinda la Iglesia, hay dos jaculatorias que por su origen, sencillez e intención me atrevo a sugerir. Ambas proceden del cielo, fueron destinadas a niños, los pastorcillos de Fátima y nacen del deseo de aliviar el dolor causado a Jesucristo por los pecadores y de salvar almas.
La primera se la enseño el Ángel de la Paz: “¡Dios mío! Yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman.”
La segunda, fruto de la Virgen, es conocida como la oración de Fátima: “¡Oh, Dios mío!, perdónanos y líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia”.
