Con patente de corso

“Hoy, las riquezas han engendrado avaricia y los abundantes placeres, el deseo de lujo”, Tito Livio dixit. Dos mil años después seguimos igual.

Conseguidores siempre los ha habido; en cualquier época hacer fortuna empleando atajos inconfesables es la ambición de una minoría codiciosa dotada de escasos escrúpulos. Quizás sorprenda que allí donde dicen reina la democrática transparencia con sus mecanismos de rendición de cuentas, la política siga siendo fuente inagotable de tipos corruptos que además se siente inmunes. Causas hay muchas, diversas y concurrentes, pero me limitaré a dos esenciales.

Una la abordé hace poco en el artículo titulado «Igual no les disgusta». Señalaba la existencia de una arraigada inclinación social a tolerar a quien se salta la norma, incluso a admirar al “listo” que se sale con la suya. Hablaba de una torcida cultura popular tan proclive a perdonar chanchullos propios y ajenos que precisa de muy fuertes dosis de corrupción para presentar síntomas de malestar.

Esta lacra social, su espejo institucional y el también arraigado clientelismo, generan el caldo de cultivo idóneo para el surgimiento de aprovechados a la sombra de la política. Operando entre bambalinas procuran pasar desapercibidos aunque algunos, convencidos de su superior inmunidad, exhiben una falsa bonhomía aplaudida por su grey hasta que su codicia rebosa la cloaca y sus inmundicias salen a la luz a borbotones.

La segunda causa, sin orden de prelación, está en el desmedido poder que han adquirido los partidos políticos, sus mecanismos de adhesión inquebrantable y su sectarismo. Que ninguna organización esté a salvo de que en su seno surjan delincuentes es una cosa, pero otra bien distinta es que parezca criarlos, que les posibilite sentirse inatacables y peor aún, que hallen en el partido su mejor baluarte.

Debería ser que, ante indicios más que verosímiles de golfería, no digamos condenas en firme, los partidos liderasen a la sociedad repudiando conductas ilícitas que, a la postre, dañan al conjunto de la ciudadanía. Pero la realidad es, por lo general, distinta; según de qué cuerda sea el golfo inculpado o convicto, hallará amparo, justificación u olvido por parte de sus correligionarios, cuando no indultos y amnistías.

Que “el poder corrompe” es un clásico y hoy los partidos políticos tienen demasiado poder sea nacional, regional o local, con tentáculos en todos los ámbitos de la sociedad. Siendo su principal objetivo afianzar o ampliar su poder, amén de requerir para ello potentes maquinarias que demandan siempre insuficiente financiación, son propensos a no ser muy exigentes con los medios empleados diluyendo principios y límites.

Véase el caso del ejercicio desmedido de la llamada “cintura política”. Bien administrada supone capacidad de negociación y acuerdo, pero cuando su único fin es hacer acopio de poder lleva a aceptar lo intolerable. Y en ese viciado baile de la política son admitidos personajes cuyas inclinaciones corruptas son un secreto a voces y, no pocas veces, se emparejan con ellos. Ciertamente no cabe igualar a todo los partidos y políticos, pero la realidad evidencia que existe un clima general de ansia de poder que lleva a muchos de sus protagonistas a cohabitar con la corrupción.

En este clima turbio, disimulando ser honrados comisionistas o hábiles lobistas, burdos conseguidores aprovechan sus contactos e influencias políticas para forrase, saqueando las arcas públicas, logrando tratos de favor para sus clientes soslayando la legalidad a cambio de pagos o favores presentes o futuros a su vez opacos. Y dado que estas retribuciones exigen que en el sector público haya otros corruptos que se avengan al trato y a tapar al conseguidor, surgen dos preguntas: ¿Quiénes son y porqué lo hacen?

El por qué daría para varios artículos pues abarca desde la muy frecuente estupidez y miedo, padres de la obediencia debida mal entendida, hasta expectativas de ascenso o el simple y llano  lucro. Respecto del quién, obviamente ha de ser aquél que pueda. Según los niveles no siempre requieren sentirse protegidos, lo dicho, actúan por pura estupidez, pero a mayor altura sí se consideran a salvo. Están convencidos de su inmunidad y, si acaso lo llegan a pensar, confían en que si les pillan bastará que respeten la debida omertá para quedar impunes.

Esta sensación de superioridad, cuasi inviolable, se asemeja a la que debían sentir los corsarios. No operaban por cuenta propia como los piratas, navegaban bajo la protección de un monarca que les expedía un documento oficial; la patente de corso. Les amparaba si acataban las órdenes del monarca y le pagaban un tributo sobre el botín obtenido. Saqueaban bajo la bandera del monarca y su inmunidad dependía de que cumpliesen sus reglas, si las violaban eran declarados enemigos y ejecutados.

Hoy, lo único que nos falta es que las patentes de corso para ejercer de conseguidor se oficialicen. 

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