Cuestión de fe

Contrariamente a lo que cabría pensar, los milagros, aun habiéndolos vivido, pocas veces convierten al incrédulo, más bien reafirman al que desea creer.

Cuando un 13 de mayo de 1917 la Virgen se apareció en Cova da Iria a los tres pastorcillos, Lucía, Francisco y Jacinta de 10, 9 y 7 años respectivamente, pocos conocían el lugar. Ubicado en las proximidades de Aljustrel, cuna de los niños y aldea de la parroquia de Fátima del municipio de Ourém, aquel paraje, cuyo nombre significa “hondonada de paz”, apenas era visitado por algunos vecinos.

Cinco meses después, el 13 de octubre, gracias al llamado “milagro del sol”, cuya noticia dio la vuelta al mundo, centenares de miles de personas supieron de la existencia de Fátima y de Cova de Iria. Transcurrido más de un siglo, se cuentan por cientos de millones quienes saben lo que encierra ese nombre habiendo oído hablar de las apariciones de la Virgen de Fátima. Conocida formalmente como Nuestra Señora del Rosario de Fátima, hoy es una de las advocaciones marianas más veneradas del mundo.

Con esta perspectiva, al conmemorar el pasado miércoles el día de la Virgen de Fátima, recordaba el extraordinario interés que siguen concitado sus apariciones entre creyentes y no creyentes. Y viendo las masivas expresiones de veneración a la Virgen de Fátima en los lugares más dispares de la tierra, me dio por pensar en los milagros y su poder de conversión. Pero antes de atreverme a apuntar alguna idea sobre cuestión tan compleja veamos, a modo de caso de estudio, el del periodista Avelino de Almeida, testigo del “milagro del sol”, cuyo testimonio es considerado uno de los más fidedignos.

Librepensador y agnóstico, Avelino de Almeida (1873-1932) fue un hombre de su tiempo, aquel en el que, desde la proclamación de la República en 1910, de corte radical y masónica, se instauró en Portugal un feroz anticlericalismo. Prestigioso periodista del diario “O Século”, de amplia tirada, progubernamental y antirreligioso, Avelino acudió a Cova da Iria el 13 de octubre acompañado de un fotógrafo con la misma intención con la que ya se había burlado de los acontecimientos anteriores que circulaban sobre Fátima; desenmascarar la farsa.

Pero su profesionalidad, unido a que presenciase el prodigio entre más de 60.000 personas, le llevó a retratar lo que había visto, publicando el 15 de mayo una detallada crónica con imágenes. Titulada “¡Cosas asombrosas! ¡Cómo el sol bailó en Fátima al mediodía!, el extenso artículo incluía descripciones como la siguiente: “Ante los ojos asombrados de la multitud, cuyo aspecto era bíblico, de pie, cabezas sin sombreros, mirando con atención el cielo, el sol tembló, hizo increíbles movimientos repentinos fuera de cualquier ley cósmica, el sol ‘bailó’ según la expresión de los campesinos”.

Aquel ejercicio de honradez profesional le valió a Avelino virulentos ataques de la prensa anticlerical a los que respondió el 29 de octubre en la revista “Ilustração Portuguesa” con el artículo “Carta a alguien que pide un testimonio fuera de sospecha”. Reiterando lo visto concluía: “¿Milagro como gritaba la gente? ¿Fenómeno natural como dicen los sabios? Ahora no lo quiero saber, sólo deseo decirte lo que vi. El resto es cosa de la Ciencia y de la Iglesia.”

No obstante, lo que Avelino vio, describió y reiteró no le valió para convertirse, murió siendo agnóstico. El hecho da que pensar, ¿qué le impidió creer? Las razones pueden ser diversas, en el caso de Avelino cabe atribuirlo a su arraigado escepticismo y ofuscado anticlericalismo, pero hay otras como las de María Rosa, madre de Lucía. Católica devota, tratándose de las apariciones vivió atormentada por la duda. Afirmaba que era algo tan grande, de lo que no era digna, pareciéndole imposible que pudiera ser verdad.  

Como Avelino y María Rosa, son legión los testigos de milagros a los que estos no han influido en sus procesos de conversión. ¿Será que la clave radica en que la realización del milagro está vinculada a la fe de la persona? Tras realizar milagros, Jesús lo reitera en los Evangelios, «tu fe te ha sanado». Lo que sana es el deseo de confiar en el infinito amor de un Dios para el que todos somos dignos de recibir su divina gracia. 

Los milagros, salvo destacadas excepciones, véase san Pablo, no buscan convertir el corazón del incrédulo, menos aún forzar la creencia. Son señales divinas que, acreditando la presencia paternal de Dios y su poder, operan fortaleciendo la fe o reavivando una fe “dormida” como fue el caso del Premio Nobel de Medicina, Alexis Carrel, en Lourdes. La  conversión surge de una sincera búsqueda de la Verdad, precisa de la voluntad para cambiar el corazón, de un auténtico deseo de querer “renacer” que no acostumbra a brotar de un prodigio.

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