Apuntando maneras

En ocasiones, los gestos o comportamientos más triviales e inconscientes delatan para bien o para mal los rasgos más profundos de la personalidad.

La pequeña reflexión a pie de calle que hoy me ocupa en absoluto pretende ser original, más bien viene a constatar que algunas actitudes espontáneas cotidianas retratan a las personas. En este caso, el detonante de la reflexión tuvo lugar en la cola de la caja de un supermercado. Pero vayamos por partes.

Entre las múltiples y variadas aportaciones de la tauromaquia al extraordinario patrimonio cultural hispano destaca su más que notable contribución a la lengua española. El escritor y académico José María de Cossío (1892-1977) en su tratado «Los Toros», más conocido como “El Cossío”, considerada la mejor obra enciclopédica de este arte, recoge más de 1.700 voces y expresiones relacionadas con el mundo taurino. Número que el periodista y crítico taurino Luis Nieto Manjón (1959) eleva a 5.180 vocablos en su magnífico “Diccionario Espasa de Términos Taurinos”. 

Abarcando todos los aspectos de la lidia, los términos y expresiones acuñados en su rico y complejo devenir, gracias a su elocuente precisión y al arraigo de la fiesta en la cultura popular, lejos de quedar encerrados en el ámbito taurino lo han desbordado, pasando a formar parte del vocabulario cotidiano de las gentes. De ahí que podamos encontrar numerosos ejemplos en el habla popular cuyo trasvase desde el argot taurino además ha ido acompañado de un enriquecimiento de sus acepciones; este es el caso del modismo «apuntar maneras».

Si «manera» es el modo con que se ejecuta o acaece algo, «apuntar maneras», fiel a ese duende adivinatorio tan presente en el arte del toreo, va más allá adentrándose en lo intuitivo, en el cómo será ese modo. En el mundo taurino esta expresión se emplea cuando, a la vista del talento o habilidades iniciales se aprecia que el sujeto tendrá un buen futuro; concretamente cuando un novillero muestra buenas formas y potencial. Significado que, en su uso vulgar, incluye otra acepción; además de para referirse a indicios prometedores, cabe emplearla, como en el caso que nos ocupa, para manifestar otros barruntos no tan positivos.

Aclarado el título pasemos a los hechos. Hallándome en la cola de la caja de un supermercado de barrio, delante de mí, un hombre de mediana edad y notable envergadura, sujetaba a su lado una de esas cestas con ruedas que hacen la función de un carro mediano. Al llegar su turno, sin apenas dejar espacio para volverse y salir a una mujer mayor que acababa de ser despachada, dio un paso al frente y, dejando el cesto tras de sí, girándose lo fue vaciando en el mostrador de la caja.

La apabullante actitud del tipo respecto de la señora y su modo anormal de descargar el cesto ya me dio que pensar, pero lo que sucedió seguidamente confirmaría mis sospechas. Vaciado el cesto, lo abandonó a sus espaldas a mis pies sin molestarse en mirar si estorbaba. Visto lo cual, para constatar mi suposición descartando que fuese un mero olvido, al darse media vuelta con la bolsa de su compra en una mano le acerqué el cesto sin disimulo alguno, invitándole con el gesto a retirarlo y dejarme libre el paso. Pero no, lanzándome una intensa mirada de mastuerzo bravucón amparado en su tamaño, rodeó el cesto y en dos zancadas salió a la calle. 

Al aproximarme a la caja tras colocar a un lado el cesto, la dependiente, un tanto incomoda y con cara de circunstancias me dijo amablemente: —Gracias y disculpe caballero, si supiese lo que tengo que aguantar cada día. — Me lo imagino, —le respondí, —supongo que podría escribir un libro sobre tipos de personas. —Pues mire, no lo había pensado— contestó sonriendo, —porque aquí vemos de todo.

Ciertamente así es, en la vida te topas con toda suerte de gentes no llegando a conocer a la inmensa mayoría. Pero, en algunos casos, es suficiente un encuentro para adivinar su personalidad. Bastan unas palabras, un gesto o actitud para que se delaten quedando expuesta, para bien o para mal, su auténtica personalidad, pues el que la muestren de manera tan inconsciente es la mejor garantía de su autenticidad.

En el caso del zopenco del supermercado, con su comportamiento con la señora ya apunto maneras, sólo hizo falta un cesto para confirmar su innata brutalidad. Cuando salí a la calle lo primero en lo que pensé es en aquellos que le tengan que sufrir cotidianamente. 

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