Igual no les disgusta

Si saber qué impulsa a los votantes a escoger es asunto complejo, en los tiempos que corren desentrañar que los lleva a respaldar a corruptos merece particular atención.

Múltiples son los análisis efectuados sobre los motivos que inducen a las personas a votar a uno u otro candidato o partido. Y dada la multiplicidad de factores que influyen, personales y externos, todos ellos sujetos a circunstancias cambiantes, tanto la diversidad de causas identificadas como de opiniones vertidas es grande. Por ello en estas breves líneas no pretenderé abarcar materia tan compleja, pero poniendo el foco en la actualidad sí me atreveré a apuntar alguna reflexión sobre un aspecto que tiende a obviarse.

En estos días, en los que el ambiente está cargado de casos de corrupción política, todos graves y algunos estruendosos, son muchos los comentarios vertidos sobre las causas que llevan a que no tengan más impacto en las preferencias de los votantes. Y siendo tantos los procedimientos judiciales en curso, tan bochornosas y repudiables las corrupciones investigadas y tan notorias, es lógico que sea asunto que concite interés. Porque si verdad es que tanta golfería sí está motivando cambios en el sentido del voto, su magnitud dista mucho de lo que cabría esperar.

Sintéticamente, las principales razones aludidas para explicar el fenómeno de tan robusta fidelidad acostumbran a atribuirse a la influencia de terceros. Van desde la insuficiente  información y la capacidad de engaño del político, pasando por el cultivo del voto cautivo o, dicho llanamente, fidelización de votantes cuyo sustento depende de un partido, hasta la incitación al odio al adversario propiciando que se vote con el hígado.

Brevemente cabe decir que el argumento informativo carece de fundamento; tantos  y tan llamativos son los casos que, por mucha desinformación generada no llega para ocultar lo que  hoy es un clamor. Y el engaño, claro que funciona, pero los intentos de falsear una realidad tan evidente, por burdos, acaban perdiendo fuelle. Respecto a la captación de voto agradecido, siendo factor de peso, tiene sus límites cuantitativos no dando para tanto. Lo que sí da réditos es el recurso a la polarización, pero hasta las tragaderas agrandadas por el odio tienden a rebosar.

Quizás pueda pensarse que la suma de las influencias externas mencionados explique el fenómeno. Igual así es, pero, por relevantes, no pueden ignorarse las internas, aquellas atribuibles a las cualidades personales de cada votante. De partida, son decisivas a la hora de que las influencias externas tengan mayor o menor impacto. Las personas no son seres inertes, acostumbran a informarse de lo que quieren y a creerse lo que desean, no se les puede engañar infinitamente, priorizan sus intereses como les place, adaptan su criterio a conveniencia y cuando tragan sapos o se tapan la nariz son conscientes. Así mismo están los que prefieren dejarse mandar y los idiotizados con criterio aletargado, que también votan, pero esto es harina de otro costal.

Dejando aparte estas categorías hay otros tipos de conducta personal que arrojan luz sobre el fenómeno que nos ocupa; sintetizando cabría agruparlos bajo la rúbrica de aquellos a los que no les disgusta en demasía la corrupción. Puede resultar difícil asumir que existen, pero los hay muchos y en diversos grados.

Quizás, por puro populismo, está muy extendida la opinión publicada de que los ciudadanos son per se virtuosos; que los votantes nunca se equivocan. Obviamente es una falacia pues sí yerran y hay de todo, incluidos muchos que no ven tan mal las golferías. Sí, existe una arraigada y nefasta incultura popular, más que pícara ajena a toda virtud, que no sólo tolera al que se salta la norma, además, con cierta admiración y envidia, exalta al listo que se sale con la suya; al que aprueba copiando, asciende por atajos, da un pelotazo, escamotea impuestos, logra colarse, engaña con simpatía o goza del enchufismo.

Estos y otros vicios similares podrán parecer de escasa relevancia, pero tienen notable trascendencia. Conforman un prototipo de ciudadano proclive a ser comprensivo con quien falta al respecto al prójimo, máxime si la golfería le conviene o el golfo es de su cuerda. A fuerza de acostumbrarse a transigir con corruptelas, propias y ajenas, su umbral de intolerancia de lo indecente va ascendiendo hasta alcanzar un punto tan alto que precisa de muy fuertes dosis de corrupción antes de presentar síntomas de malestar.

Así, a estos tipos les basta una pequeña y conveniente influencia externa para que no les suponga mayor esfuerzo votar al corrupto que toque sin pestañear. El “tu más” también alivia, pero la clave está en que, en el fondo, la golfería no les disgusta .

Deja un comentario