Una anécdota instructiva

Cuantas veces, por puro prurito perfeccionista, nos empeñamos en complicarnos la vida cuando la mejor solución es la más sencilla.

Érase una vez un buen guardés, leal y trabajador, al que gustaba tener todo en perfecto orden. Antoniano, que así se llamaba, llevado de este afán recorría frecuentemente la finca a su cargo deteniéndose a arreglar cualquier desperfecto que encontrase por pequeño que fuese. En eso que, en uno de sus paseos de inspección se llegó hasta el extremo del campo, un abandonado coto de caza, deteniéndose  en  un refugio que allí había. Aunque antiguo y rústico, gracias a su sólida construcción de mampostería, con esquinales, dinteles y jambas de piedra de sillería y un tejado de lachas de pizarra sostenido por vigas de roble, se conservaba en buen estado. Albergaba una sala con una estufa de leña, alacena, mesa y sillas, una alcoba con dos camas y  un aseo con lavabo y retrete.

Como de costumbre, pues de vez en vez se pasaba a revisarlo, el guardés entró y, a la luz que dejaban pasar los ventanucos, echó un vistazo a la sala por si hubiese alguna humedad y a los muebles. Tras comprobar que todo estaba en orden, repitió la revista en la alcoba, acabando en el aseo donde la necesidad le obligó a utilizar el retrete. Fue, al subir la tapa de madera, que esta se desprendió de la taza; la herrumbre había corroído los vástagos encastrados en la tapa. Sin más, se la llevó con la intención de comprar una nueva.

Pasado un tiempo, cuando Antoniano llamó al dueño de la finca, como solía hacer regularmente, aprovechó y le comentó lo del retrete del refugio. Le dijo que había buscado una tapa que se ajustase a la taza, pero siendo de las antiguas muy alargada todas quedaban demasiado cortas y además sus tornillos no daban las medidas de los agujeros de anclaje. Así que había preguntado a Marcial, el fontanero del pueblo, quien le aconsejó que la única solución era cambiar la taza. El dueño le respondió que procediese.

A la semana, Antoniano llamó de nuevo al dueño para indicarle que había surgido una pega. Cuando el fontanero fue al refugió vio que la taza estaba encastrada y que, para sacarla, habría que quitar las viejas losas, a lo que el dueño le respondió que si no había más remedio que cambiase las necesarias, pero procurando sustituirlas por otras iguales, de barro cocido. 

No habían transcurrido tres días y el guardés llamó de nuevo un tanto preocupado. Según Martín el albañil, tipo honrado que le había hecho alguna chapuza en su casa, las losas del suelo estaban bajo los baldosines de la pared que se habían colocado más tarde, por ello al quitarlas lo más seguro es que estos se desprendiesen. Y antes de que el dueño pudiese contestar añadió que Martín le había hecho una oferta, de amigo, para dejarlo todo como nuevo; alicatado de paredes y enlosado, material incluido y retirada de escombros, todo por 2.500 euros. Añadiendo el coste de colocar una nueva taza con su tapa, unos 300 euros, la cosa quedaría en torno a 2.800 euros.

El dueño, algo más que sorprendido, preguntó a Antoniano si la vieja tapa de madera maciza estaba rota, a lo que el guardés contestó que no, que eran los tornillos los que se habían oxidado. Seguidamente inquirió si Faustino, el herrero del pueblo vecino, seguía trabajando. Antoniano respondió que ahora se ocupaba su yerno, un chaval muy espabilado. -Pues antes de cambiar nada, -le indicó el dueño, -vas, le llevas la tapa con los tornillos y a ver si te puede encajar dos nuevos.

Pasados unos días, como quiera que Antoniano no daba señales de vida, el dueño, un tanto intrigado, le llamó. Excusándose, el guardés le dijo que estaba para llamarle, que justo venía de colocar la tapa con los tornillos que le había hecho el herrero. -¿Qué tal ha quedado? -inquirió el dueño.  -Todo en orden, -respondió Antoniano.  -Y ¿cuánto te cobró?, -preguntó a su vez.  -Veinte euros por tornillo, – contestó Antoniano.

Deja un comentario