Lección de un pastor

No solo dominaba su oficio, era un consagrado maestro. Por ello, cuando esperaban una explicación compleja recibieron una respuesta sencilla.

No es tan fácil, no está a la altura de cualquiera lograr exponer breve y claramente lo que se conoce, máxime si es complejo. Incluso expertos con profundos saberes son muchas veces incapaces de compartirlos resumiendo lo esencial en pocas palabras. No obstante, afortunadamente, en todos los órdenes de la vida, sí los hay capaces y las más de las veces a la par que sabios son sencillos; personas sin artificio que hablan con naturalidad y llaneza. Pero en estos casos, cuando lo que opera es ese prejuicio tan extendido que lleva a confundir sencillez con simplicidad, puede caerse en el error de pensar que alguien sencillo es por naturaleza elemental, básico y por ende torpe a la hora de explicarse. Esto es lo que le ocurrió a un padre pedante que recibió una lección de un hombre que, bajo su sencillez, ocultaba una notable sabiduría.

Aprovechando las vacaciones un padre, urbanita el, decidió llevar a sus hijos a dar una vuelta en coche por la comarca montañesa de Liébana con su impresionante contraste de valles, desfiladeros y altas cumbres dominadas por los Picos de Europa. Aunque el propósito aparente era mostrarles las bellezas del paisaje, también escondía otra intención. Impelido de un notable engreimiento aspiraba a exhibir ante sus hijos su habilidad para interactuar con las simples gentes del mundo rural. Y siendo este su objetivo principal, cuando ya llevaban un tiempo adentrándose por una carretera local divisó lo que estimó una magnífica oportunidad.

No muy lejos, cerca de un camino del valle, un pastor descansaba junto a un nutrido rebaño de ovejas. —¡Esto es justo lo que quería que vieseis! —exclamó el padre, a la par que dirigió el coche al cruce con el camino. —Vais a ver lo que os decía —afirmó, con su acostumbrada altanería. —Veréis como, en el mundo rural, gentes elementales, sin apenas estudios ni conocimientos, son capaces de pastorear un gran rebaño sin entender bien como lo hacen, sólo a costa de haberlo hecho muchas veces desde pequeños. —A eso le llaman tradición, mientras que nosotros, en las ciudades, más cultos, sí sabemos lo que hacemos. —Vamos a ponerle a prueba y veréis cuanto le cuesta explicarnos su trabajo. Los dos hijos, de unos 10 y 12 años, guardaron silencio.

Aparcando en el cruce, se bajaron los tres del coche encaminándose hacia el rebaño. Ya cerca, aparecieron, sin apenas ladrar, un par de perros. Atemorizados por el tamaño de los mastines pararon en seco y el padre gritó. —¡Oiga, ¿los perros no morderán? El pastor, ya entrado en años, sin moverse de la piedra en la que estaba sentado, respondió: —No, primero avisan. A lo que el padre, sin quitar la vista de los canes, que no se movían, contestó: —¿Podemos acercarnos, sólo queríamos hacerle una pregunta? —Claro, nadie se lo impide, y les hizo un gesto para que se aproximasen.

Llegados junto al pastor éste, sin apenas levantar la cabeza cubierta con una gorra calada hasta las cejas para protegerse del sol, mirándolos con ojos sonrientes les dijo: —A los buenos días, qué se les ofrece. —Pues verá usted, —contestó el padre, o mejor, igual prefiere que nos hablemos de tu. —Yo de tu sólo trato a los animales —le espetó el pastor. —Bueno, no quería ofender —señaló el padre un tanto molesto. —Verá, venía de excursión con mis hijos y viendo lo bien organizado que tenía el ganado sólo quería preguntarle si nos puede explicar cómo la hace, porque no debe ser fácil.

El pastor, acostumbrado a interpretar el raro lenguaje de la naturaleza viva e inanimada ya había calado al individuo. Tras mirarle de reojo se dirigió a los chicos. —Primero sabed que mis ovejas no son cualquier ganado, son lachas que dan buena lecha, alguna cruzada con merina. Y para cuidarlas todo lo que hay que saber se aprende en la montaña, con años de experiencia y preguntando a los mayores. —¿Eso es todo? —preguntó el hijo mayor. —Te parece poco, —respondió el pastor, —esto no es un oficio criu, es una vida.

—Algo más habrá —dijo el padre sonriéndose para adentro convencido de estar logrando su objetivo.  —Son muchos los animales a cuidar, ovejas, perros, y seguro que muchos los peligros, —añadió. Pues sí, respondió el pastor que empezaba a cansarse, los perros medianos, los cares, mueven las ovejas y los grandes, los mastines, las protegen. —No hay más —concluyó. Y mirando de frente a los hijos apostilló —lo más importante es haber tenido un padre que no te enseñe torcido y elegir bien tus ovejas y tus perros.