La apuesta

“Cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad”, enseña un viejo proverbio. La misma desconfianza cabría aplicar a las corazonadas. Como le ocurrió a nuestro protagonista, pueden cumplirse pero no en el sentido esperado.

Al igual que dejarse llevar por el ansia desmedida de conseguir algo entraña sus riesgos, y si no que se lo digan al Rey Midas, guiarse exclusivamente por la intuición sin mayor reflexión puede acarrear sorpresas poco gratas. Dicen que los presentimientos tienden a cumplirse y muchos son los que se jactan de sus corazonadas, pero pocos los que reconocen que el resultado no siempre fue el esperado.

Porque, siendo verdad que ese pálpito súbito de lucidez que surge de alguna señal o indicio procesado por el subconsciente puede llevarnos a actuar acertadamente, en no pocas ocasiones esa intuición, ajena a todo proceso lógico, a lo que más se parece es a una apuesta. Se asemeja a una suerte de envite, pero con la peculiaridad de que su incierto resultado va más allá del cara o cruz, negro o rojo. De hecho, puede suceder y sucede que, por hacer nosotros y la realidad lecturas muy distintas de los mismos indicios, lo que finalmente acontezca no resulte ser  lo esperado.

Visto que la reflexión me ha quedado un tanto embrollada y dado que el símil que me ha venido a la mente es el de una apuesta, con ánimo clarificador traigo aquí una breve historieta. Cierta o no, más bien me inclino por lo segundo, ejemplifica muy bien lo arriesgado que puede ser confiar ciegamente en las corazonadas, presentimientos, barruntos o como quiera que llamemos a esas chispas de lúcida clarividencia que, en ocasiones, nos asaltan y tientan.

Vaya por delante que el relato se lo escuché al expresidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, quien gustaba, como actor que era, contar anécdotas reales o inventadas para ilustrar con humor sus discursos e intervenciones. La versión que recuerdo dice así:

Un hombre, gran aficionado a las apuestas en las carreras de caballos, soñó durante tres noches seguidas con el número 5. Creyendo que se trataba de una señal inequívoca decidió aprovechar el presentimiento. Viendo además que, casualmente, ese día era el quinto del mes, su convicción se reafirmó y persuadido de que era su oportunidad, acudió al hipódromo con una buena suma de dinero. Nada más llegar se fue directo a buscar en el programa oficial la quinta carrera. Y cual no sería su alegría y estupor al ver que el caballo número cinco se llamaba «Five-by-Five» (Cinco por Cinco). Tras comprobar que la vista no le engañaba, sin fijarse en otros datos ni en las probabilidades dadas al resto de los caballos, plenamente seguro de la veracidad de su corazonada, sin dudarlo un segundo, acudió a la ventanilla y apostó todo su dinero a ese caballo. Concluida la carrera, “Five-by-Five» quedó en quinto lugar.