Los matices cuentan

—Eres un cenizo —le espetó—. Un malasombra —añadió—.
—Gafe serás tú; yo siempre he tenido mucha suerte en la vida —le respondió.

De la conversación entre dos tipos ya entrados en años sólo tuve ocasión de oír este intercambio de palabras al cruzarme con ellos saliendo de una ferretería. Sucede con frecuencia, a todos nos pasa que empleamos como sinónimos términos o expresiones que no lo son del todo. No suele tener mayor importancia, pero cuando las usamos para aseverar algo con rotundidad los matices cuentan, máxime si la intención es acusatoria. Esto mismo me dio ganas de decirles a los dos sujetos, pero, prudentemente, me abstuve; ni iba conmigo la fiesta ni el ambiente estaba para intromisiones. Así que, como me quedé con las ganas, lo comento aquí.

De entrada, me llamó la atención que alguien, acusando a otro de cenizo, le definiese como malasombra. Aparte de ser término infrecuente, podía haberle dicho que provocaba mal fario o que atraía la mala suerte, que ya es, pero al añadir que lo hacía con mala idea o intención, que es lo que caracteriza al malasombra, creo que se pasó. Además, aunque pueda haberlos, un cenizo no tiene necesariamente que ser un mal bicho en el sentido de actuar torcidamente.

Bastante tienen los cenizos con ser tipos lúgubres, derrotistas y lastimeros, generalmente aquejados de mala suerte. Ser además agoreros, inclinados a predecir males viendo siempre el lado negativo de la vida, va con su naturaleza. Cierto que contagian desánimo y por tanto rechazo, pero creo que su actitud les supera, incluso que les puede llegar a dominar sin que esconda mala intención. Sencillamente, para su desgracia, son así.

Por otra parte, la respuesta del aludido también me resultó inapropiada. Primero porque al ser acusado de cenizo respondió negando ser gafe, como si ambos términos significasen lo mismo. Que usualmente se utilicen como sinónimos no quita para que convenga matizar. Así como el cenizo, marcado por su permanente pesimismo, es pájaro de mal agüero dispuesto en todo momento para anunciar malas noticias, el gafe es transmisor activo de mala suerte; diferencia no menor porque una cosa es presagiar desgracias y otra generarlas.

Los gafes no son seres corrientes. Tienen una capacidad cuasi mágica para transmitir mala fortuna de manera sorpresiva. Cuando nada hace pensar que algo vaya a salir mal, más aun siendo todas las previsiones positivas, basta que aparezca el gafe para que el evento se arruine. Su mera presencia provoca que algo vaya mal de repente. Obviamente alcanzar la condición de gafe exige tiempo y reiteración. No es suficiente que en alguna ocasión su concurrencia coincida con algún desastre. Un gafe sólo es entronado como tal socialmente cuando la experiencia evidencia que su comparecencia y el infortunio van de la mano.  

Tampoco estuvo acertado el imputado al pretender justificar que no era gafe por haber tenido siempre suerte en su vida. Al contrario, no es incompatible el ser gafe con salir indemne de los perjuicios ocasionados a los demás. De hecho, en no pocas ocasiones, así sucede. En suma, no sirve como eximente. Más aún, uno de los aspectos que mayor rechazo provoca de los gafes es que la mala suerte no parece afectarles. Aunque verdad es que no envidio la suerte de aquél a quien le cuelgan el sambenito de gafe.

Lo que desconozco es si existen especímenes que aúnen, sin matices, ambos atributos; tipos cenizos y gafes a la par. Personalmente, al menos conscientemente, no creo haberme topado con ninguno en mi vida, pero ello no quita que los haya, así que mucho ojo pues la combinación debe ser explosiva.

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