El presidente del gobierno no huyó cobardemente de unos violentos marginales. Huyó de unos ciudadanos marginados hasta el extremo por sus dirigentes; españoles que están pagando con sus vidas la dilución del Estado que pactó, a cambio de poder, con quienes desean su destrucción.
Siendo muy loable y encomiable la solidaridad que están demostrando estos días miles de donantes, voluntarios y damnificados por las catastróficas inundaciones, siendo esa fraternidad indispensable, no puede suplir las debilidades y carencias del Estado ni la incompetencia e infamia de sus dirigentes.
El drama humano que se está viviendo en todas las localidades anegadas es la expresión más elocuente de lo que le sucede a una sociedad cuando su Estado está siendo desmantelado por su gobierno y sus restos institucionales usurpados a sus legítimos dueños, los ciudadanos, ocupándolos para blindar su poder y tapar corrupciones.
Entre un gobierno aferrado al poder a cualquier precio, sus socios, que se cobran a diario sus apoyos para satisfacer negras aspiraciones independentistas e ideológicas y el resto de la clase política, que antepone sus intereses coyunturales a los de los administrados, han llevado al Estado español a una profunda crisis. La incapacidad demostrada para hacer frente a las inundaciones, con la eficacia y apremio precisos, es prueba palmaria reflejada en las expresiones de dolor, impotencia, abandono y orfandad de las víctimas.
A su vez, la indignante reacción oficial, también evidencia lo que acontece cuando la sociedad tolera que sus políticos se acostumbren a faltarles al respeto y abusar de su confianza con total impunidad. Durante demasiado tiempo, demasiados españoles vienen aceptando, con singular ligereza, que los políticos y sus medios afines les mientan, desprecien, insulten y amenacen sin rubor. Pues, a la vista está que en España la mentira, la prepotencia, la incompetencia y la corrupción apenas pasan factura en las elecciones.
Ante tanta impunidad no es de extrañar que los políticos se sientan amos intocables y no conozcan límites a sus infamias a la hora de menospreciar a los ciudadanos como acontece estos días. Políticos que, incluso en situación tan trágica, en vez de tratarles como lo que son, titulares de la soberanía nacional, y ponerse a su servicio, que para eso les pagan, no han vacilado en anteponer sus intereses, ninguneando y mintiendo a los españoles.
Si la ministra de defensa fue capaz de insultar la inteligencia de la ciudadanía aseverando falaz y displicentemente que el ejército no está para auxiliar en caso de catástrofes, misión que le atribuye explícitamente la Ley de Defensa Nacional, el presidente del gobierno ahondó en el ultraje. Porque eso es lo que hizo, ultrajar a los ciudadanos, rebajándolos a la a condición de súbditos, cuando, sin rubor alguno, espetó que si precisaban ayuda se la pidieran.
Por desgracia para los españoles la bajeza moral del presidente y de quienes le sostienen y escudan siempre encuentra oportunistas, tontos útiles y no pocos votantes comprensivos. Así, su infame pertinaz negativa a declarar un estado de emergencia, más que evidente, para evitar asumir la responsabilidad de ponerse al frente de la situación, no sólo ha tenido el respaldo de cuantos ansían cargarse el Estado español sino el encubrimiento de los medios afines y la increíble concurrencia de un presidente valenciano incapaz de reconocer sus limitaciones.
Pero, como la degradación moral es insaciable, la penúltima vileza del presidente del gobierno ha sido poner precio al auxilio a las víctimas. Tras anunciar un paquete de ayudas económicas como si el dinero fuese suyo y no de los españoles, ha planteado un chantaje a la oposición; para que provea más fondos deben aprobar sus presupuestos.
Cierto es que entre los políticos existen excepciones muy meritorias, pero, dado el grado de desafección alcanzado respecto de la clase política, deben ser minoría. Según el Eurobarómetro de 2023 el 90% de los ciudadanos no se fían de los partidos políticos, el 78% recelan del Congreso de los Diputados, y el 73% desconfía del Gobierno.
Ahora bien, aparte de desconfiar de los políticos y de exclamar ¡en manos de quién estamos!, habría que tomar nota y procurar enmendar la situación. Porque si hoy han sido las víctimas de las inundaciones quienes han pagado tan alto precio por tanta tolerancia frente a la destrucción del Estado, quién sabe lo que nos depara esa política corrosiva que día a día va minando el país, laminando sus instituciones e inutilizando con ello ingentes recursos y medios que tanto nos ha costado tener.
Cuando las aguas vuelvan a sus cauces, se entierren a los muertos y se comience la reconstrucción de aquello que se pueda, pues hay pérdidas irremplazables y dolores que no cicatrizan, veremos si tantos españoles cautivos de sus filias y sus fobias deciden por fin liberarse y castigar sin paliativos a los políticos, sean del color que sean, que les mientan, les falten al respeto y busquen romper el Estado. Sería el mejor homenaje a tantos damnificados y muertos que en paz descansen.

Mi fé en el sistema y en los politicos está muy mermada y eso que ya llevaba tiempo muy maltrecha.
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No es para menos Santiago. Gracias por leerme y fuerte abrazo.
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fantástico artículo Javier, tristemente cierto
Yahoo Mail: Busca, organiza, conquista
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Muchas gracias María; todo muy triste y lamentable. Abrazo
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