Decidir a tiempo

Si tomar decisiones importantes siempre resulta difícil, hacerlo en el momento oportuno es clave para acertar; el mejor ejemplo es saber despedirse a tiempo.

Escuchando el otro día a un recién conocido tildar de procrastinador a un colega que no se decide a jubilarse me quedé perplejo; primero por la palabrita de marras y segundo por su descaro. Aparte de las risas que echamos a costa del atrevido pedante, la cuestión de saber decidir a tiempo me dio que pensar porque tiene su aquél y nadie esta exento de lidiar con ella.

Dejar para mañana una tarea o decisión, que es lo que en esencia significa el palabro “procrastinar”, hoy tan de moda, es algo que practicamos todos por muy diversos motivos. Supongo que, por ser tan común y estar tan arraigada en las personas la inclinación a postergar acciones y decisiones es por lo que la humanidad, a lo largo de su historia, ha alumbrado tantos y tan variopintos plazos. La mayoría además acompañados de sanción, expresa o tácita, por incumplimiento.

La verdad es que no lo había pensado, pero a poco que echemos cuentas comprobamos que los plazos marcan buena parte de las actividades humanas. Probablemente de no ser así el mundo sería un caos. Pero dejando a un lado las situaciones en las que la toma de decisión nos viene impuesta, que ya de por si exigen capacidad resolutiva, las que realmente pueden ponernos a prueba son aquellas en las que dar el paso depende exclusivamente de uno mismo. Es estos casos y cuando el asunto tiene relevancia  donde damos la medida de nuestra inteligencia y grado de madurez.

Uno de los ejemplos de decisiones complicadas es el de saber cuándo ha llegado el momento de cerrar una etapa, de dar un paso al lado para que otro ocupe el puesto. Evidentemente cuanto mayor ha sido la implicación, la dedicación, “el alma” que se ha puesto en una tarea, más ardua es la decisión. Si ya de por sí no es fácil aceptar una despedida impuesta, dar el paso por iniciativa propia puede resultar muy duro. Conlleva aceptar desprenderse de una parte de uno mismo, la que se encarnó en la actividad y que queda ahí al albur del devenir. Por ello no es difícil caer en la tentación de ir aplazando la decisión; argumentos siempre se encuentran y respaldos más o menos interesados también. La política es un campo en el que abunda este tipo de comportamientos, pero, aunque con menor notoriedad pública, lo mismo ocurre en otros muchos ámbitos.

Estar al frente de un proyecto, un equipo o una organización siempre desgasta. Razón por la cual,  a la par que uno se esfuerza en avanzar y lograr objetivos, es de inteligentes no olvidarse que no se es ajeno a ese agotamiento y que además hay vida más allá. Tan relevante es esta toma de conciencia que, hoy en día, en el ámbito empresarial entre los factores determinantes para valorar a un directivo destaca su capacidad para saber cuándo ha llegado el momento de dejarlo. Porque provocar un adiós voluntario no es señal de flaqueza. Al contrario, aferrarse al puesto lo que manifiesta es la debilidad que genera el miedo a no reconocerse a uno mismo en otro papel. Aunque se acostumbre a justificar la permanencia, alegando que es por el bien del proyecto, lo cierto es que salvo, en situaciones coyunturales extraordinarias, lo que acaba proyectándose es un mero interés personal que puede llegar a ensombrecer la más brillante de las trayectorias. En cambio, tomar la decisión, cuando toca hacerlo, es muestra de auténtico respeto por el proyecto y, si bien requiere valentía, deja huellas de humildad, responsabilidad y generosidad que son muy apreciadas y reconocidas.

La experiencia enseña que si asumir un error cuesta lo suyo, cuesta mucho más sobreponerse de una indecisión. La vida es una despedida constante, un camino en el que aprender a desprendernos de apegos para poder dejar puertas abiertas a nuevas experiencias propias y ajenas, es señal de madurez. Por eso, con los años aprendemos que los más sabios fueron los que supieron tomar la decisión de despedirse a tiempo.

4 comentarios sobre “Decidir a tiempo

  1. Querido autor,

    Me permito por primera vez contestar a tu blog que con tanto buen hacer vienes publicando periódicamente desde hace un tiempo con excelente verbo.

    En términos generales, la mayoría de tus lectores probablemente estemos de acuerdo con la reflexión que compartes en tu blog de ayer día 6 de agosto. Dicho esto asumiendo que los que te leemos, como todos en la vida, tenemos diferentes cualidades o distintas capacidades, conjunto de palabras este último que cada vez se usa con más frecuencia en varios ámbitos de nuestra vida. Los habrá más o menos inteligentes, más o menos maduros, o «más o menos» en cualquier otro campo que podamos utilizar para comparar. En todo caso, qué difícil es efectivamente aunar distintas cualidades que en su conjunto, además de los defectos que todos poseemos e intentamos controlar, nos conviertan a ojos de nuestro entorno, en personas completas y merecedoras de respeto y por qué no, admiración.

    Ya sea por la educación que hemos recibido en casa, por la formación a la que hemos podido acceder y por las distintas experiencias que nos ayudan a conformar nuestro carácter y personalidad, algunos creemos que un conjunto de personas, siempre y cuando reúnan ciertas y variadas cualidades, y tengan sus mejores intenciones, salvo en el caso de personas de cualidades extraordinarias, serán superiores y desempeñarán mejor que el individuo. Por ello, siguiendo esa creencia que nace de lo más profundo de nosotros, procuramos en la medida de nuestras posibilidades, ayudar desde el conjunto, a cualquier individuo o individuos que afronten una situación compleja en cualquier momento de su vida.

    Precisamente, y dada la coincidente publicación ayer de tu blog en esta fecha, me animan a reflexionar en alto y a crearme numerosos interrogantes. ¿Qué tipo de satisfacción puede generarnos utilizar la palabra ya sea verbal u oral para contribuir a hacer daño de manera innecesaria? ¿Qué hemos hecho todos y cada uno de nosotros en situaciones como la que ejemplificas para intentar ayudar o a que la persona sucedida o por suceder, o la que pueda suceder a que los pasos que se vayan dando en dicho proceso sean lo más rectos y firmes posibles pensando en el bien de la organización o el conjunto? ¿Qué tipo de ejemplo podemos estar dando a los más jóvenes y a nosotros mismos, cuando en situaciones como estas no estamos intentando todo lo posible e incluso imposible para que entre todos, logremos priorizar la unión sobre el individuo?

    En definitiva, desde mi humilde opinión, ser más o menos sabio no es lo tan importante en procesos vitales como los que comentas. Creo que la bonhomía de todos los involucrados, con todo lo que conlleva, es una cualidad que en si misma, aunque no lo parezca, lleva intrínseca la madurez y sabiduría suficiente, para que, aunque sepas que es posible que, como se dice vulgarmente, te la acaben metiendo doblada, te permiten descansar físicamente y en conciencia por aquello del deber cumplido. Como todos sabemos, el blanco y negro no son los únicos colores, ni siquiera los grises. La rica paleta de colores que el Creador ha puesto a a nuestro servicio, deberían servir de inspiración tanto al sucedido como al sucesor, y por encima de ellos al grupo de personas que a cada uno de ellos, como conjunto, intenta por encima de todo pensar de manera profunda y sincera en lo más importante: el bien mayor.

    Con todo mi cariño y respeto. te mando el más afectuoso de los saludos.

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    1. Querido Nacho: Muchas gracias por ser lector tan agradecido y particularmente por comentario tan medido y constructivo. Como señalo con frecuencia quienes dan vida a los textos son los lectores, cada uno con sus luces, sus sombras, perspectivas y condicionantes. El escritor tan pronto hace público su texto se somete por tanto al juicio del lector y debe aceptar su opinión. Sea pues muy bienvenida y agradecida la tuya con la que por cierto estoy en gran medida de acuerdo.
      Muy cierto es como indicas que no siendo nadie perfecto y a pesar de nuestras numerosas limitaciones, todos merecemos ser respetados, así como que a quien atraviesa momento difícil debe procurársele apoyo desde el grupo cuya bonhomía sin duda es factor esencial para facilitar soluciones que contribuyan al bien común. En todo conforme. Como tampoco tengo nada que añadir a las preguntas que te formulas y que me parecen interesantes para la reflexión incluso para otros artículos complementarios sobre cómo comportarse y ayudar a quien tiene que tomar una decisión.

      En particular me ha gustado esa perspectiva que planteas de la responsabilidad del grupo en el proceso de toma de decisiones individuales y en el papel que debe jugar en función también del margen de juego que dé el sujeto que deba decidir. No es tema baladí pues entraña notables complejidades humanas que nos adentran en terrenos procelosos como la soberanía personal y el ejercicio del libre albedrío que ni Dios quiso limitarnos. Efectivamente da para pensar.

      Muchas gracias y fuerte abrazo

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  2. Querido Javier, nunca he hecho comentarios a tus acertadas reflexiones. En este caso, aunque ya se junta con la publicación de la siguiente edición, que acabo de leer, me pide el cuerpo decirte que me ha ayudado lo que escribiste la pasada semana sobre la decisión de una retirada a tiempo, seguramente porque en este tiempo me encuentro en esa situación, como bien sabes. Creo que las claves que dabas son certeras, desde la identificación que sin querer se produce entre uno y su actividad de muchos años, tantos que llevan a la edad del jubileo, hasta el cierto vértigo que produce decidir que hay reducir la velocidad, poner el intermitente y tomar la salida definitiva. Sobre todo sabiendo que también podrías salir unos kilómetros después. Bendita libertad. Y sí, lo que escuchas en tu entorno en una tesitura como esta, claro que influye, a veces de una manera muy sutil y otras de manera más contundente. Pero bueno, al final uno tiene la certeza de que la decisión que uno toma es buena, porque la vida sigue y hay mucha vida y mucho que hacer en una nueva etapa. Todo tiempo lleva adheridas sus cosas buenas y menos buenas, pero también las bendiciones necesarias para vivirlas de manera agradecida. Pues eso, gracias por lo escrito y un abrazo.

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    1. Querido Jesús, me pillas en la montaña disfrutando de las primeras lluvias que falta hacían. Tu comentario me ha sorprendido muy gratamente pues nunca pensé que mi pequeña reflexión pudiera ser de alguna utilidad. Si así ha sido como dices lo celebro, aunque si te soy sincero, en tu caso, si de mi dependiese te invitaría a aplazar la decisión porque la verdad es que haces mucha falta. Dicen que nadie es imprescindible pero no es cierto; sin ir más lejos, el vacío que dejan unos nada tiene que ver con el descanso que dejan otros. Menos mal que la decisión es tuya y seguro que es la correcta. Como bien señalas ¡bendita libertad! Muchas gracias por leerme, buen verano y fuerte abrazo.

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