De personas, gente y el relato

Primero te hablan como a un idiota, luego te dictan como vivir y finalmente se apropian de tu dinero. Todo comienza diluyendo al individuo en un colectivo indefinido, la masa de votantes.

Cada vez que escucho a un político hablar del pueblo arrogándose su protección, me da mala espina. Siento que pretende venderme una burra tuerta y coja apelando a un ente indefinido cuando lo que busca es captar votos. Y cuanto mayor es su pulsión populista y apego al poder, no digamos su vocación autoritaria, más se le ve el plumero por ser más fuerte su inclinación a soslayar a los individuos optando por dirigirse a la masa.

Que sustituir la palabra «personas» por «gente» se haya convertido en costumbre en amplios sectores de la clase política no es asunto menor. Tampoco es que sea algo reciente, aunque cierto es que la mercadotecnia política vigente ha exacerbado este recurso. Al fin y al cabo, responde a estrategias comunicativas adaptadas a esa sociedad de masas característica del mundo moderno en la que las personas se vuelven anónimas consumiendo, en masa, mensajes uniformes difundidos por potentes medios de comunicación de masas.

Así, a medida que la clase política, para lograr sus fines, debió dirigirse a mayor número de personas hasta los millones que iban conformando las poblaciones, les fueron tratando como colectivos crecientemente homogéneos en los que la individualidad quedaba diluida. Consecuentemente, los mensajes se fueron simplificando, simulando un lenguaje cotidiano y accesible, alejado de tecnicismos, trufado de generalidades, marcando líneas discursivas de identidad colectiva apelando más a la movilización emocional que a la racional.

Hoy, este discurrir ha alcanzado un punto álgido. En sociedades altamente masificadas y temerosas en las que las emociones cotizan más que la razón, las líneas discursivas en liza han evolucionado a la par. Los políticos han ido arrumbando el discurso racional y analítico entrando en una competición por vender eso que llaman «el relato». Dirigiéndose a los votantes con mensajes simples y elementales, cada cual recrea la realidad a su medida para justificarse y transmitir seguridad y emoción.

En este contexto es evidente que quienes estorban para que «el relato» cale son las personas, esos sujetos con derechos individuales, nombre, cara y circunstancias propias. Su singularidad y dignidad específica son al relato homogeneizador lo que una piedra en un plato de lentejas; de no evitarla te rompe una muela. De ahí que filtrar, pulverizar y disolver tamaño peligro, soslayando, cuando no erradicando, toda referencia a las personas sea más que esencial, indispensable.

A tal efecto, a qué mejor fórmula recurrir que sea tan benévola y aceptable que la de dirigirse a los votantes como gente, ya no digamos hablarles como pueblo. ¿Quién no se siente feliz y seguro siendo parte de la buena gente del pueblo? Máxime si, como ahora les dicen, están en el lado bueno de la historia, porque no cabe olvidar que todo relato que se precie define quiénes son los buenos y los malos.

De esta manera, tratando a las personas amablemente como gente, se diluye su singularidad convirtiendo a los ciudadanos en meros componentes de un colectivo logrando dos objetivos que se retroalimentan. Por un lado, sitúa al individuo en un plano genérico y pasivo promoviendo su integración en el rebaño y por otro, allana el camino para que cuaje al relato simple, emotivo y generalista. Implantada la fórmula, las personas pasan a ser elementos maleables cuyas especificidades y circunstancias personales quedan subsumidas en un relato adaptable a las necesidades coyunturales del político.

Da lo mismo que la realidad de cada cual encaje más o menos en la del relato de turno. Equiparada a manada domesticada, la gente está en condiciones de ser tratada como dóciles idiotas a los cuales se les puede espetar cualquier mentira o estupidez que convenga por obvia que sea sin mayores riesgos. Desleída su individualidad, también se pueden dictar pautas de comportamiento y formas de vida, por irracionales que sean, en aras de una supuesta seguridad y bienestar de un colectivo abstracto, la gente.

Pero no satisfechos en su afán de control y mando, que a su vez exige muchos recursos, a las personas se les va despojando de sus bienes por mor de satisfacer las necesidades del pueblo. Tras acostumbrar a la gente a que hablen del dinero de los contribuyentes, como si fuera suyo, los políticos ofrecen, reparten, dan o no, según les convenga, como si saliese de sus bolsillos. Y como tirar con pólvora del rey anima al gasto, cada vez precisan recaudar más para el pueblo.

Hoy me entero de que los españoles ya trabajamos de media 231 días al año para pagar impuestos, dos más que en 2025 y 38 más que en 2021. Pero la buena gente no ha de preocuparse, seguro que se lo explican con un buen relato para idiotas. ¿Y las personas?, esas ya no cuentan.