Rehenes de sí mismos

Quien acepta la extorsión como mal menor acaba por acostumbrarse a vivir bajo una espada de Damocles que le lleva al sometimiento y a confundir el bien y el mal.

Donde median acuerdos la línea que separa el chantaje de la negociación suele ser delgada; en política a veces imperceptible. No obstante, aunque el chantaje sea tan sutil que se confunda con una condición, la amenaza que entraña delata la extorsión. Porque ese ingrediente, la amenaza, es el que distingue el chantaje de la negociación. 

Para acostumbrarse a ejercer de chantajista además de un alto grado de indigencia moral deben darse las condiciones que permitan lograr los réditos deseados. Cuando al miedo y debilidad de la víctima se le suman otros que también gustan de práctica tan vil y la sociedad asume ambiente tan degradado sin oponer resistencia, el chantajista gana y se crece. Porque en su naturaleza está ser ávido y todo logro le justifica, animándole a persistir.

Siendo así que los chantajistas son compulsivamente reincidentes y refractarios a toda generosidad, pues sospechan de virtud que les es tan ajena, lo suyo es evitarlos a toda costa. Y cuando no es posible, hacerles frente, desenmascararles y huir de toda relación con ellos. Obviamente esta actitud suele conllevar un coste que el chantajeado muchas veces no está dispuesto a asumir y que es precisamente la palanca que utiliza el extorsionador.

Así, no es infrecuente que, para evitar el peaje de la confrontación, se adopte una suerte de táctica defensiva consistente en minimizar el daño que entraña el chantaje convirtiéndolo en un mal menor. Táctica que, aunque a corto plazo pueda rendir algún éxito, es una rendición y derrota anticipada. Supone someterse al juego del chantajista, colocarse en situación de inferioridad y dependencia y, a la larga, validar el chantajismo y confundir el bien y el mal.

Aceptar un chantaje como mal menor por no escoger alternativas que, siendo buenas, pueden entrañar pagar un peaje, lleva a hacer del mal y del bien conceptos mudables sujetos a la conveniencia de la coyuntura. El reciente comportamiento del Partido Popular (PP) respecto del llamado “decreto ómnibus” es un ejemplo palmario.

El Gobierno, fiel a su torcido hacer, para imponer ciertas cuestiones inaceptables presenta al Congreso un decreto ley, apodado ómnibus por contener 80 medidas dispares, en el que las incluye, como un todo o nada, junto a otras socialmente muy sensibles. Calificándolo de chantaje, el PP lo rechaza proponiendo apoyar las más asumibles (revalorización de las pensiones, bonificaciones al transporte y ayudas para damnificados por catástrofes), si se desagregan del resto. El Gobierno se niega. Sus vitales aliados, los independentistas de Junts, también maestros chantajistas, no aceptan imposiciones del todo o nada. Quieren su tajada y votan en contra. El decreto ley decae.

Con su honrosa decisión el PP evita un mal mayor; que se aprueben medidas inaceptables y sobre todo que se utilicen a los pensionistas, damnificados y usuarios del transporte como rehenes. Explica su posición, con bastante buena acogida, y presiona al Gobierno para que saque del cesto las medidas aceptables. Pero sigue sin conocer a sus adversarios.

Como buenos socios, aliados por su mutuo espíritu chantajista, Junts y Gobierno alcanzan un acuerdo fraguado en el extranjero con el líder independentista golpista fugado de la justicia. Lo que el Gobierno se negaba a trocear, lo trocea, a Junts le paga el tributo exigido a costa del resto de los españoles y el decreto, que pasa de 80 a 29 medidas, tiene vía libre. Eso sí conservando algunas medidas tan nefastas como la que protege a los okupas atentando contra la propiedad privada.  

Ante este nuevo escenario, el PP vira y anuncia su voto favorable. El mal mayor, el ómnibus, se ha convertido en mal menor; minibús le llaman, pretendiendo justificarse. Da igual que siga incluyendo medidas antes inasumibles o, peor aún, que su sí valide algo tan pernicioso para el bien común como un nuevo chantaje pactado con un prófugo de la justicia y más cesiones a costa de los españoles.

Lo antes malo ahora es bueno si permite aplacar aquello que tiene sometido al PP, de lo que es rehén; su irracional pavor a la opinión de una progresía mediática que haga lo que haga siempre tendrá en contra. Su presidente lo dejó meridianamente claro: “al partido socialista le encantaría que el PP le regalase el titular de que nos oponemos a las pensiones y como eso es mentira no lo vamos a hacer”.

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