Preguntas inocentes

Mucho de lo que difunden los medios genera dudas, cuando no perplejidad, suscitando a la par interrogantes. A título ilustrativo sirvan algunos ejemplos de esta semana.

La agitación mediática por el decaimiento (provisional) de la bonificación del transporte público no deja de tener su aquél. Si “la economía española ya no va como una moto, ahora va como un cohete”, Sánchez dixit, y el poder adquisitivo ha crecido, ¿por qué volver a pagar el transporte público, como se hacía hasta hace un par de años con normalidad, ahora resulta ser un drama social?

Entiendo que haya personas con recursos escasos a quienes les afecte mucho y deban ser atendidas, pero si la economía va tan bien para la mayoría de los ciudadanos, algo no cuadra en el relato. ¿Acaso será que esa economía tan boyante no lo es tanto o, siéndolo, que genera más pobres dependientes?            

Para intentar frenar la posible llegada al poder de Trump sus detractores vaticinaron todo tipo de riesgos y peligros, destacando la amenaza  que suponía para la libertad. Ahora que lo ha alcanzado afirman sin vacilar que está decidido a destruir la democracia. Sin ser mi ideal político, me pregunto; ¿qué señas de identidad democrática tiene previsto laminar Donald Trump? ¿Acaso ha anunciado prohibir la  libertad de expresión y asociación, acabar con la propiedad privada, la economía de mercado y las elecciones o cerrar el congreso y el senado?  ¿No será que la democracia en riesgo a la que se refieren sus  adversarios es la suya, la progresista woke que han ido moldeando a su conveniencia con su neolenguaje y su posverdad?

Y como la toma de posesión de Trump a dado mucho de sí esta semana, también son dignas de mención, entre tantas, dos reacciones muy difundidas desde el  desnortado bastión europeo.

Primero se rasgan las vestiduras porque Trump insista en anteponer los intereses de EE. UU. frente a terceros. ¿Acaso  no es lo que hacen o deberían hacer todos los países; defender los intereses de sus nacionales? Además ¿no es justamente eso lo que llevan décadas practicando a diario los miembros de la UE en sus instituciones, órganos y agencias, confrontando conveniencias en un mercadeo constante de intereses nacionales? Quizás esté confundido y no me haya percatado de que en la UE, paraíso de los ideales de amistad, honor y lealtad, rige, a rajatabla, el famoso lema de los mosqueteros de Dumas “¡Uno para todos y todos para uno!”

 Sin abandonar la France, la segunda  proclama europeísta a la que me refería nos la ha endosado su presidente de la República. El superviviente Macrón, en compañía de otro triunfador, el canciller Scholz, ha reclamado una Europa «unida, fuerte y soberana» frente a Trump. Quisiera pensar que lo de la unidad, fortaleza y soberanía no sólo es aplicable a las relaciones de la UE con EE. UU., aunque no recuerdo habérselo oído decir respecto de China por ejemplo.  Pero, dejando estas pequeñeces aparte, la arenga de Macrón me ha suscitado dos interrogantes.

¿Cuál fue la última vez que Francia cedió en algo relevante para sus intereses en orden a fortalecer la Unión? y, ¿siendo esa unión y fortaleza tan prioritaria y urgente, estaría por ejemplo Macrón dispuesto a ceder a la UE el sillón permanente con poder de veto que ocupa Francia en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas?

Siendo sincero, no me cabe duda alguna de que el ansia macroniana por robustecer la UE y su decidida resistencia frente al imperio no da para tanto. Ni apurando toda una marmita de la pócima mágica de Panoramix se atrevería a cruzar ese Rubicón quien, otrora, aspiraba a liderar la refundación de Europa.

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