Almas enfangadas

Más que ambicionar el poder lo que pervierte es la avidez por poseerlo y cuanto más mediocres son los que lo codician, tanto más pervertidos resultan ser. Por eso hoy el panorama político es tan lamentable.

Desconozco la razón, pero cierto es que la ambición tiene mala prensa. Y no es algo reciente, desde la más remota antigüedad se asimila a algo negativo. Quizás se deba a que embridar un deseo muy fuerte no resulte sencillo y, salvo personas templadas por la moral, el resto de los ambiciosos acaban descarrilando y llevándose a otros por delante. Pues verdad es que la historia está jalonada de ambiciones descontroladas que, sin importar las consecuencias, han ocasionado muy graves daños.

De ahí que la mayoría de los autores consideren la ambición una actitud depravada. No obstante, algunos, sin ocultar su demérito, le reconocen algún aspecto positivo. Ya hace dos mil años el retórico hispano romano Quintiliano afirmó: “La ambición, aunque es en sí misma un vicio, frecuentemente es madre de virtudes.” Máxima que, a su manera, ilustra un proverbio árabe: “Quien se empeña en pegarle una pedrada a la luna no lo conseguirá, pero terminará sabiendo manejar la honda.”

Quedándome con esta visión menos negativa, pues pienso que ambicionar no es malo per se, creo que a este deseo se le han atribuido todos los males que son más propios de la avidez. Si ser ambicioso es querer conseguir algo que no se tiene con todas tus fuerzas, a priori, ¿acaso hay algo de malo en ello? Al contrario, una ambición sana es una cualidad para el éxito profesional y el desarrollo personal. Ambicionar es apostar por alcanzar una meta, una disposición a superarse, a sacar el máximo partido de uno mismo. No supone necesariamente emplear malas artes o estar dispuesto a hacer lo que sea, caiga quien caiga. Si saludable, la ambición favorece la autoestima, estimula el tesón, es creativa y ayuda a superar fallos y obstáculos. Muchos de los grandes logros de la humanidad se deben a la ambición de sus protagonistas.

No obstante, al igual que el orgullo excesivo torna en soberbia, la ambición preñada de egoísmo deriva en perniciosa avidez. A los ambiciosos insanos no les basta con lograr una meta, izarse hasta donde alcancen sus méritos, su avidez les arrastra a querer más; nunca están satisfechos, son insaciables. Dominados por la codicia resultan destructivos para sí mismos y para los demás.

Subyugada su voluntad por un ansia irrefrenable, los ávidos necesitan ser o tener más a cualquier precio; el fin siempre justifica los medios. Cegados por un apetito voraz que anula la razón, están dispuestos a tomar las decisiones más irresponsables sin considerar el daño que puedan ocasionar. No hay promesa, principio o valor ético que les refrene. Todo lo retuercen al servicio de un desenfrenado deseo egoísta. Por ello la avidez es madre de traidores, de gentes venales dispuestas a todo por algo, proclives al soborno, la corrupción y a cualquier pacto inmoral.

Si la fama, el dinero y el poder, en el orden que se prefiera, siempre han sido potentes reclamos de la avidez hoy, en un mundo tan materialista y egocéntrico, su capacidad de seducción es quizás mayor que nunca. De ahí que hallemos gentes ávidas en todos los estamentos y ámbitos sociales. Cosa distinta es el nivel de daño que puedan infligir. Obviamente cuanto mayor trascendencia tengan sus actos más perniciosos son, siendo por ello que los ávidos que ocupan posiciones dominantes sean particularmente peligrosos. Y si a su estatus social le sumamos una baja calidad humana, la combinación puede resultar sumamente dañina.

Este es el caso de no pocos de los políticos que nos gobiernan, o, mejor dicho, que gobiernan a medida de su mediocridad y avidez. Sus nefastas obras a la vista están, su condición de ávidos aviesos los lleva a superarse día a día. Dominados por pequeñas y grandes ambiciones desenfrenadas, siempre superiores a lo que da de sí su naturaleza, son como las almas enfangadas de la laguna Estigia condenadas a vivir en el pútrido fangal del río de odio que alimentan. Evitar caer en tan infernal ciénaga es la sana y ambiciosa tarea que nos toca.

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