Hay libros que resisten el paso del tiempo conservando su poder para conmover y hacernos reflexionar, por eso los atesoramos y releemos; es el caso de Canción de Navidad.
Es costumbre arraigada en los seres humanos recurrir a ritos para establecer o reforzar vínculos tanto más ricos cuanto más relevante es el motivo o la ocasión. Y, si bien el nacimiento del Salvador del mundo no precisa de adorno alguno para brillar en toda su magnificencia con luz propia, su celebración no podía ser una excepción. Entre tantos y variados rituales navideños, desde pequeño es raro el año que no retomo la lectura de uno de los Cuentos de Navidad de Charles Dickens (1812 -1870).
De esta serie de relatos cortos sin duda el más popular y para mí también el más especial es el primero, A Christmas Carol, publicado con notable éxito un 19 de diciembre de 1843. A qué se debió que su autor lo titulase Canción de Navidad lo desconozco, como tampoco sé por qué sus cinco capítulos son consignados como cinco estrofas, pero la verdad es que acertó, pues todo él es un canto al espíritu navideño que ha trascendido a su tiempo convirtiéndose en un clásico de la literatura.
Por conocida no entraré en el detalle de esta historia de espíritus de Navidad como la subtituló Dickens. Solo mencionaré que adentrarse en la Noche Buena victoriana tras los pasos del viejo avaro y solitario Scrooge nos traslada a un mundo de vicios, virtudes y recuerdos que, aún hoy, cobran toda su fuerza en Navidad. Comprobar cómo, un hombre en extremo egoísta, frio y duro como el pedernal que odia la alegría, se arrepiente y transforma gracias al espíritu de la Navidad es tan aleccionador como conmovedor.
A través de sus personajes reales y sobrenaturales, magistralmente dibujados, Dickens no se limita a denunciar las injusticias sociales de su época, hace aflorar los mejores sentimientos latentes en el corazón humano “nunca fuera de lugar en una tierra cristiana” como el propio autor señala en el prefacio de los cuentos. Pues si algo de mágico tiene la obra es la brillantez con la que Dickens va desplegando los ingredientes del espíritu navideño a través de las visitas que recibe Scrooge del alma en pena de su codicioso socio fallecido y de los fantasmas de las Navidades pasadas, presente y futura.
Desde la vergüenza que debe causar la pobreza y el peligro que representa para la sociedad, sólo evitable con la compasión y la generosidad, pasando por la importancia de la memoria, incidiendo en como los recuerdos dolorosos -fantasmales- pueden tener un efecto aún más saludable que los placenteros, el cuento invita con notable sencillez a la reflexión sobre la vida moral. Destaca la relevancia de la familia y la urgencia de compartir dentro y fuera del círculo doméstico la alegría de la Navidad, subrayando que esta no reside en la riqueza sino en el papel crucial que juega la bondad y la esperanza en un posible futuro mejor. Tampoco se olvida del perdón como seña de identidad navideña junto a la inocencia y la ternura alentando a ser como niños de vez en cuando “y nunca mejor que en Navidad siendo su poderoso Fundador un niño”.
Para acabar, sólo me queda sumarme a lo escrito por su coetáneo Robert Louis Stevenson tras leer el cuento, “oh, qué cosa tan feliz es para un hombre haber escrito libros como estos llenando de compasión el corazón de la gente”, y compartir este espíritu navideño deseándote amigo lector “Merry Christmas”, como le gustaba decir a Dickens, pues para él una “Alegre Navidad” no significa únicamente “feliz”; implica, más que un deseo, un sentimiento de alegría, de prosperidad, de hermanamiento y buena voluntad.
