Viviendo a la sombra del mal

Cuando los brotes del mal no se arrancan de raíz, son banalizados y blanqueados, crecen haciéndose árboles bajo cuyas siniestras sombras sólo prolifera la cizaña. Así estamos.

Siendo que el presente se halla enraizado en el pasado, el refranero enseña “Hay que arrancar el problema de raíz”. Los problemas no se solucionan de manera superficial, es preciso abordar su origen para evitar que se reproduzcan en el futuro. Identificados es imperativo tomar medidas correctivas de las causas subyacentes y no limitarse a tratar sólo los síntomas. En España durante décadas se lleva haciendo lo contrario.

Escuchando estos días a muchos españoles justificar sin ambages pactos inicuos que hasta ayer les resultaban inconcebibles por repugnantes, cabe preguntarse cómo se ha llegado a esta situación. Que existan tantos que por defender un falso “progresismo” hallan acabado aceptando viles acuerdos con quienes les desprecian y les han hecho tanto daño no es cosa de un día. Para alcanzar tamaño grado de indignidad hay que haber respirado durante mucho tiempo un aire muy viciado. Si añadimos que los medios, que éticamente nunca justifican el fin, son en este caso abyectos y el fin de concordia comprado falso, parece evidente que el aire respirado ha debido ser muy tóxico.  

Cierto es que durante años los españoles han soportado y combatido acciones delictivas de todo tipo desde centenares de crímenes y extorsiones hasta violencia callejera provenientes en su inmensa mayoría del radicalismo nacionalista y el izquierdismo extremo. No obstante, siendo gravísimos los delitos y asesinatos padecidos, objetivamente no dejan de ser medios y formas de expresión de un mal mayor; las ideologías que los justifican y promueven. De ahí que, habiendo sido muy importante la respuesta de los españoles a graves males, tanto o mayor empeño deberían haber puesto en tratar de erradicar su origen que no es otro que las ideologías que los sustentan.   

Lamentablemente, los españoles se han limitado a combatir y repudiar únicamente  los medios delictivos en la falsa creencia de que así acabarían con el mal. Más aún, asumiendo un equívoco y corrosivo concepto de la democracia han convivido cuando no confraternizado con quienes perseguían su destrucción. Si una mínima parte del empeño político dedicado a demonizar toda idea conservadora se hubiese aplicado en deslegitimar comunismos varios y nacionalismos independentistas ultramontanos, el panorama sería muy distinto. Pero no, abducidos por la hegemonía cultural progresista, una parte muy significativa de la sociedad y de la clase política, no sólo de izquierdas, ha ido acogiendo e interiorizando con naturalidad su discurso.

Contando con extraordinarios medios y recursos públicos y privados, la intelectualidad orgánica de izquierdas y de la derecha que aspiraba a centrarse, ha venido pastoreando a muchos españoles, como a tantos europeos, hasta llegar al punto en el que nos encontramos. Desvelando poco a poco su verdadero rostro, patrimonializando conceptos como libertad, justicia social y democracia, han logrado anidar en muchas mentes que todo aquel que disienta de sus ideas y acciones es un peligroso fascista que sólo aspira a robarles las conquistas que ellos y solo ellos han logrado para el pueblo.

Hay que reconocer que el ejercicio de ingeniería social llevado a cabo por interés y convicción de unos y desidia y estupidez de otros, los ha llevado hasta ahora a ganar la batalla ideológica con logros insospechados incluso para los más optimistas. Haber conseguido en su día que amplias capas sociales tildasen de fascista al terrorismo etarra para ocultar su ideología comunista, tiene el mismo mérito que haber convencido a tantos que es fascismo oponerse al “progresista” prófugo Puigdemont y sus secuaces.  

Lo que no tiene mérito alguno es haber pastoreado a tantas gentes cuales ovejas al borde del precipicio. Porque muchos de los que pudiendo escoger entre indignidad y justicia han optado por la primera o se han puesto de perfil serán tan perjudicados como todos los demás por los efectos de la quiebra de la igualdad entre españoles y la dilución del estado de derecho que encierran los pactos de investidura. Quizás, acostumbrados a vivir a la sombra del mal, aún no sean conscientes que de la cizaña sólo cabe esperar un panorama de inseguridad, falta de libertad, miseria y enfrentamiento, al que nadie es ajeno y particularmente los más vulnerables.

El mal cuya raíz no fue cortada cuando pudo ser arrancada tiende a extenderse y cobrarse sus víctimas. Después cuando es árbol grande cuesta más talarlo. Pero como vivir bajo su sombra es aceptar la esclavitud, a quienes amamos el valor de la libertad no nos queda otra que resistir y no desfallecer confiando en que la verdad siempre se abre paso y que los tiempos difíciles hacen personas fuertes.

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