A la vista de cómo está el patio hispano y mundial es difícil sostener esa afirmación tan manida de que «los pueblos nunca se equivocan».
Sin duda los pueblos pueden acertar, pero la historia es prolija en pruebas inapelables que niegan esa reiterada proclama de que «los pueblos siempre tienen razón». Por ser muy del gusto de tantos líderes, es políticamente muy incorrecto afirmar que los «pueblos no aciertan siempre». Pero aunque sean pocos los que se atreven a decirlo, so riesgo de ser tachados de antidemocráticos, la realidad es, como afirma Mario Vargas Llosa, que “los pueblos a veces se equivocan, y a menudo lo pagan caro”.
Si mostrar la evidencia no debiera ser causa de pena alguna, más bien al contrario, negarla sin mayor razón que buscar la popularidad es seña de oportunismo, hipocresía o escasa inteligencia. No existe principio alguno que justifique que lo que la mayoría de turno escoja es necesariamente lo correcto, como tampoco que lo sea el dictado de la minoría. Distinto es que se haya impuesto la torcida idea de situar la voluntad popular en un pedestal cuasi divino, como si en el pueblo residiese la verdad. Lo que la historia enseña es que todo tipo de tiranos, sátrapas, políticos corruptos y delincuentes han sido aupados al poder elegidos o apoyados por mayorías, y sostenidos en este a pesar de sus desmanes.
Al fin y al cabo los pueblos están constituidos por personas cuyas decisiones individuales vienen condicionadas por sus circunstancias, debilidades y fortalezas. Personas en ningún caso inmunes a que sus alegrías, tristezas, anhelos y frustraciones puedan manipularse. Sin llegar al extremo de creer que todas son sumisas por naturaleza, real es que siempre ha habido muchas con tendencia bovina. Individuos con mentalidad de rebaño dispuestos a seguir ciegamente a sus pastores hasta el precipicio.
Si bien hoy los medios disponible para explotar el gregarismo son mayores que nunca, en todas las épocas individuos con un ego desmedido e intereses ocultos, han sido capaces de pastorear a los pueblos a su antojo. Para ello, entre otras fórmulas, además de sembrar cizaña, incultura y confusión se han servido de las emociones y sentimientos de las personas cuando no de alimentar sus más bajos instintos; altruismo, egoísmo, odio, entusiasmo, miedo, compasión o resentimiento, todo vale si sirve al objetivo. A base de propaganda rica en vocablos amistosos, incluso nobles, que utilizados aviesamente fascinan, atraen al oyente allí donde nunca hubiese imaginado que llegaría; incluso a posiciones antes inaceptables. Son “palabras talismán”, voces tan manipulables como atractivas tales como libertad, cambio, progreso, solidaridad, diálogo, inclusión o tolerancia. Términos sugerentes, prestigiados, que pocos se toman la molestia de matizar y descubrir su auténtico significado en cada contexto.
Alentados por esas voces, en sí mismas vacías de contenido o, mejor dicho tan dúctiles que pueden moldearse a conveniencia, muchos pueblos han errado en sus decisiones con resultados nefastos. No hace falta mirar muy lejos para ver a pueblos como el catalán ser arrastrados por unas élites que presas de sus ambiciones personales no han dudado en hacer de la política instrumento de confrontación. En vez de aprovechar todas sus potencialidades y recursos, que no son pocos, y un grado de autonomía jamás alcanzado para progresar y buscar la felicidad, una parte muy significativa del pueblo catalán, abducida por talismanes cuasi supersticiosos, se ha empeñado en seguir un camino que lo menos malo que puede producir es frustración y melancolía.
Salvando las distancias, no menores, otro ejemplo palmario muy de actualidad es el que vienen ofreciendo desde inicios del pasado siglo palestinos y judíos. La escalada del conflicto, provocada por el bárbaro atentado terrorista de Hamas, se inscribe en una lamentable sucesión de decisiones equívocas de sus pueblos. No haber sido capaces de hallar en tanto tiempo una solución que les permita convivir en paz no se debe tanto a la inexistencia de fórmulas posibles para lograrlo, pues la creatividad humana es rica si hay buena fe. Se ha debido más al empecinamiento de ambos pueblos en aferrarse a la idea de que la paz vale menos que ceder algunos de sus “derechos”; otro concepto talismán cuyo poder de atracción irresistible suele causar muchas víctimas.
Sí, los pueblos yerran, algunas personas se benefician de ello, pero la mayoría lo paga muy caro. Paulo Coelho nos dice que “Todas las batallas en la vida sirven para enseñarnos algo, inclusive aquellas que perdemos.” Por desgracia los hay que se resisten a aprender.
