“El sabio lo espera todo de sí mismo; el hombre vulgar espera todo de los demás.” (Confucio) La buena noticia es que la mediocridad tiene cura; pasa por respetarse más a uno mismo y al prójimo.
Hacía tiempo que no reivindicaba la necesidad de un museo de tipos infames donde mostrar a los niños lo que no deben ser. Comencé la selección de especímenes para la colección antes de concebir la idea museística al hablar de esos cenizos que ante cualquier iniciativa auguran el fracaso. Seguidamente fueron incorporándose los pelotas, cotillas, resentidos, chivatos y diversos tipos de tontos entre otros. Hoy les toca a los mediocres que, pudiendo parecer menos tóxicos, son muy dañinos.
Albert Einstein decía que “Las grandes almas siempre se han encontrado con una oposición violenta de las mentes mediocres.” Cabría añadir que como enemigos de la sabiduría son un lastre para el conjunto de la sociedad. Y no me refiero a quienes, de vez en cuando, se conforman con cumplir, que a todos nos pasa, sino a los que ejercen de tales. Esos que, por simple abulia y carencia de autoestima, pasan tan satisfechos por la vida quedándose a mitad de camino de todo. Que algunos logren llevar su mediocridad a los puestos más altos ya es cosa de quienes les aúpan y lo toleran.
Siendo tipos de poco mérito no se contentan con acomodar su exigencia de calidad a un nivel medio tirando a malo, además suelen pretender imponerlo a los demás. El mediocre profesional, aquél que ha optado por renunciar no ya a la excelencia sino a hacer las cosas lo mejor que le sea posible, acostumbra a despreciar, cuando no a oponerse, a todo aquello que está fuera de su alcance. Le irrita que otros destaquen llegando a criticar sin pudor alguno, incluso con desdén, a quienes se esmeran, no digamos a los que osan innovar. Denostar lo que no saben hacer es actitud que les identifica y negar la superioridad ajena les delata.
Lo malo es que la mediocridad por lo que se ve parece ser mal muy contagioso y si no se le pone coto se extiende contaminando todos los espacios. Allí donde arraiga su capacidad corrosiva provoca un silencioso y progresivo declinar de la autoexigencia y una creciente adaptación a la baja calidad. Acomodación que, mutando a lo que llaman zona de confort, acaba por convertirse en un freno cuando no una solida barrera para todo lo que suponga aspirar a mejorar. Eso sí, los mediocres, como nos enseña Confucio, acostumbran a ser tan condescendientes consigo mismos como exigentes con los demás y cuando, por casualidad, logran un éxito, resultan insoportablemente jactanciosos.
Que, en el pecado esta la penitencia, es bien cierto. No dejan de resultar lastimosos aquellos que deciden cortarse las alas aceptando convertirse en seres grises y anodinos. Ellos se lo pierden; como diría Chesterton pueden estar delante de la grandeza y no darse cuenta. Con su renuncia a alcanzar alturas más elevadas se pierden la satisfacción que se siente cuando se logra con esfuerzo un resultado mejor. Pero sin menoscabo del bien que se le pueda hacer a una persona rescatándola de su mediocridad, combatir esta lacra resulta imperativo en toda sociedad que aspire a progresar.
Empezar por rechazar lo mediocre y afear la conducta de sus adictos es un primer paso que comienza negándose a aceptar ser maltratado o, peor aún, tratado como un idiota. A la par, promover la excelencia resulta esencial para reducir la tasa de mediocres. Instar, desde la más tierna infancia, a esforzarse por hacer las cosas lo mejor posible si bien no garantiza la inalcanzable perfección sí conduce a la excelencia. Para ello tampoco es que sean necesarios grandes recursos ni medios extraordinarios. Bastaría con demandar excelencia y prestarle mayor atención a propagar sus virtudes; enseñar que hacer las cosas con cariño, como diría un cocinero, lleva al éxito, que la dedicación y el trabajo bien hecho marca la diferencia, produce satisfacción, alimenta la autoestima y genera reconocimiento y respeto.
En suma se trata de promover que cada cual sea capaz de aflorar y compartir con el prójimo lo mejor de sí mismo en vez de transitar por la vida siendo meramente vulgar. Igual ayuda una máxima del orador, o coach leader Onyi Anyado: “Las grandes mentes disfrutan de la excelencia, las mentes promedio aman la mediocridad y las mentes pequeñas adoran las zonas de confort.”

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