Compatriotas

Acercándose el día de la Fiesta Nacional raro será que algún progre, haciendo méritos izquierdistas, no tire de ignorancia largando el tópico de que los pobres no tienen patria.  

Siendo práctica extendida en la historia desvirtuar ideas a conveniencia y muchas y variadas sus fuentes, es justo reconocer al comunismo como manantial inagotable. Ahora bien, mientras los maestros han desvirtuado conceptos sabiendo lo que hacían procurando siempre conservar una apariencia de verosimilitud, sus admiradores, llevados de inculta adhesión, toman y difunden estos sucedáneos como auténticos. Tamaña cortedad, unida al desmedido afán de autoafirmación rojeril, les lleva a repetir cuales loros ufanos ideas que, sonándoles a medias, en su boca resultan sandeces.

Dado el apego que le tienen tantos izquierdistas de aluvión al viciado tópico de los pobres sin patria, éste debe ser uno de los mantras más importantes de su manual. Pero tan cierto es que los padres de la idea nunca negaron el sentimiento de patria a los pobres, como que su definición de la misma es un remedo hecho a su medida. El “Manifiesto del partido comunista” (Marx y Engels, 1848), origen de la cita,  no se limita a decir que “los trabajadores no tienen patria” o nación, a renglón seguido añade: “No obstante, siendo la mira inmediata del proletariado la conquista del Poder político, su exaltación a clase nacional, a nación, es evidente que también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida ni mucho menos con el de la burguesía.»

Así pues, lo que ignora tanto iletrado metido a redentor de pobres es que Marx y Engels no buscaban abolir el sentimiento obrero de patria. Al contrario, confirmaron su existencia pero ahormándolo a su ideología definiendo otra idea de patria, la del proletariado, proponiéndola como la verdadera frente a la ficticia patria de la burguesía. Como maestros que eran, no  cayeron en el error de negar la evidencia de que en los obreros residiese un sentido nacional. No, el sentimiento de pertenencia se conservaba intacto, lo que se alteraba era la identidad de aquello a lo que se pertenecía identificando la patria, la nación, con la causa; el Poder político del proletariado, o lo que es lo mismo con el partido comunista. De esta manera la patria del obrero pasaba a ser el partido y por tanto sólo siendo buen comunista se podía ser buen patriota.

Hoy muchos han asumido ideas semejantes y no son sólo, ni mucho menos, marxistas de última hornada. Quienes confunden la democracia con sus siglas y reparten carnets de demócrata según se comulgue con sus ideas, han bebido de la misma viciada fuente autoritaria. Oponerse al ideario progre, al pensamiento único o al movimiento woke mundialista, que viene a ser lo mismo y donde pretenden residenciar la patria democrática moderna, conlleva ser tachado de lo peor y condenado al destierro. Y que decir de los nacionalistas ultramontanos a los que tampoco veremos celebrando el día de la Fiesta Nacional de España, para ellos su patria es su ensoñado territorio y cuando hablan de nacionalismo, nunca se refieren al español.

Ante tantas ideas tergiversadas, observando la realidad sin anteojos ideológicos se comprueba que, de una u otra manera, la patria que conformamos el conjunto de los españoles, con sus virtudes y defectos, que son la medida de los nuestros, existe y nos beneficia a todos, particularmente a los más vulnerables y desfavorecidos. Que el beneficio sea mayor o menor es cosa distinta. Pero mucho tendrá de verdad el aserto cuando, quienes emigran buscando una oportunidad, no lo hacen a los paraísos comunistas de los parias de la tierra sino a esas otras patrias, como la española, donde tantos se afanan por conseguir la nacionalidad para, orgullosamente, considerarse compatriotas.

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