Elevando la mirada

Dicen que donde el amor abunda, los ángeles sobrevuelan. Estas fechas tan concurridas por criaturas celestiales me han llevado a pensar en ellas.

Según el santoral católico el 29 de septiembre se celebra la festividad de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael cuyos nombres hacen referencia a sus funciones de intermediarios entre Dios y los hombres como ejecutores de sus órdenes y transmisores de sus mensajes. A los tres días, el 2 de octubre, se conmemora a los ángeles custodios o de la guarda, cuya misión es proteger y guiar a las personas en su peregrinar terrestre. Y, entre ambas fechas, en estos lares hispanos, el 1 de octubre se festeja a otro ángel que no por olvidado es menos importante pues, como afirmó San Basilio , “si unos ángeles acompañan a cada uno de los fieles otros están al frente de las naciones.” Hablo del Santo Ángel Custodio de España cuya historia, que aquí no cabe, bien merece ser más conocida. Para curiosos sólo mencionaré que su imagen más famosa, una preciosa escultura, se encuentra en la iglesia de san José, calle Alcalá de Madrid.

Siendo pues semana tan angelical, mis reflexiones a pie de calle también han recalado en el mundo de los espíritus celestes. Pero vaya por delante que no es mi intención entrar en un debate sobre la existencia o no de estas criaturas ni adentrarme en los misterios de la angeología. Cada cual es muy libre de creer lo que le parezca. Sólo pretendo compartir un par de comentarios que me han venido a la cabeza o, quien sabe, igual me han sido sugeridos por mi ángel de la guarda.

En primer lugar señalar que, para un católico, los ángeles no son seres salidos de un cuento de hadas. De hecho resulta incompatible creer en la revelación y negar su existencia. Sin los ángeles, los fieles y los caídos, pasajes cruciales  de la revelación serían inteligibles. Por ello el Catecismo de la Iglesia católica afirma: “La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El  testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición.”  Así, la fe de la Iglesia en la existencia de los ángeles toma vida y se traduce en oración, en el culto litúrgico, ya que la liturgia es la expresión concreta de la fe vivida.

El segundo comentario se refiere a lo irónico que resulta que, en sociedades tan secularizadas y “racionales” que tienen a gala negar la existencia de ángeles y demonios, lata con tanta fuerza un renovado interés por el mundo de los espíritus. Muchos de los que muestran un desdén de superioridad al oir hablar de ángeles y se mofan de la piedad católica a su intercesión, acogen con naturalidad la propagación de médiums, espiritistas, adivinos, magos, sectas esotéricas, magia o brujería. Es llamativo como tanta confusión ha llevado a invertir el valor y significado de tantos conceptos y cosas.

Buen ejemplo es la estatua del Ángel Caído del parque de El Retiro de Madrid. Cuantos hay convencidos de que el monumento es una homenaje a Lucifer, al mal.  Incluso lo comentan con regusto herético, como satisfechos de que Madrid sea ejemplo de acogimiento de símbolo tan liberador. Lo que no alcanza la ignorancia de su oscura dicha es saber que la intención del artista que realizó la obra, el madrileño Ricardo Bellver, fue justamente la contraria inspirándose en unos versos del canto I de “El paraíso perdido” de  Milton: “Por su orgullo cae arrojado del cielo con toda su hueste de ángeles rebeldes para no volver a él jamás. Agita en derredor sus miradas, y blasfemo las fija en el empíreo, reflejándose en ellas el dolor más hondo, la consternación más grande, la soberbia más funesta y el odio más obstinado.

No les podemos ver, ni tocar, pero a poco que elevemos nuestras miras seguro que sentimos su presencia porque como dijo el poeta Robert Browning, “Cuando se remontan al cielo es cuando los ángeles se nos revelan.”

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