Ni todos los talentos que más se valoran en el mercado son tan relevantes y necesarios, ni cotizan todos los que son más importantes para lograr una vida plena.
La inclinación a dar una relevancia exagerada a la utilidad anteponiendo a todo su consecución es rasgo destacado de las sociedades modernas. Tanto ha calado esta visión utilitarista que raro es el campo de la actividad humana que escapa a la misma. Además, que sus efectos nocivos no sean siempre patentes, no le resta un ápice de trascendencia, al contrario, suele ser su mejor aliado. Este es el caso de su influencia en el ámbito del talento. Que la medida para valorar la importancia de los talentos sea cuasi exclusivamente su utilidad material inmediata condiciona muy mucho y para mal aspectos esenciales del desarrollo personal y social, entre ellos uno tan trascendente como la educación.
Apenas hace unos días escuché a un “experto en gestión de talento” ofreciendo algunas claves para alcanzar el éxito. Comenzó afirmando que lo primero es saber generar valor, cumplir los objetivos personales y que estos estén alineados con los de la organización. Concluyó señalando que así se deja de ser un simple recurso humano para convertirse en persona con talento. Ciertamente sus ideas sobre lo que significa “éxito” y “talento” distan mucho de las mías, aunque seguramente resultan más útiles y acordes a las demandas del mercado.
Supongo que la opinión de este “experto” no es compartida por todos los que trabajan en este campo, pero a la vista está que los talentos que más se reclaman en el mercado no distan mucho de sus recomendaciones. Por otra parte, parece lógico que un entorno social en el que prima la percepción utilitarista de las aptitudes para el desempeño induzca a otorgar a los talentos más o menos valor en función de los beneficios materiales que generen. Como tampoco es de extrañar que aquellos, embebidos de esta visión tan pragmática, tengan una opinión sesgada y confusa del talento. Un buen ejemplo que viene al caso lo tenemos en esa interpretación tan errada como extendida que se hace sobre una de las parábolas más conocidas de los evangelios; la de los talentos.
No son pocos, entre ellos muchos creyentes, quienes piensan que la lección que encierra la parábola se refiere al provecho que debe sacarse de los talentos recibidos. No es que sea una lectura negativa, porque aprovechar las capacidades o habilidades dadas es importante y positivo. Sencillamente pasa por alto lo esencial de una enseñanza moral que nada tiene que ver con obtener réditos utilitaristas al uso. Al contrario, propugna asumir el riesgo de no resultar útil en términos de éxito mundano instando a ser generosos no enterrando u ocultando, por miedo o vergüenza, los talentos más importantes, las valiosas monedas que representan el patrimonio recibido de Dios, la fe y su Palabra, sino proclamando la buena nueva para que se extienda y fructifique.
Algo similar ocurre en tantos casos al concebir y valorar el talento en función de su utilidad material. Los anteojos utilitaristas pudiendo ser muy pragmáticos sólo permiten percibir aptitudes quizás necesarias para el desempeño de un oficio o profesión, pero impiden apreciar, en lo que realmente valen, otras a la larga más relevantes. Así, raro, muy raro es encontrar en los listados de talentos que auguran el éxito personal, capacidades como las de transmitir esperanza, alegría, paz, compasión o generosidad. Talentos apenas demandados y promovidos que sin embargo son fundamentales para lograr una vida plena.
