De automóviles, contaminación e incertidumbres

Afirman que el sector del automóvil está lastrado por las incertidumbres. Algunas han sido imprevisibles pero otras no, como las causadas por medidas anticontaminación.

La pandemia, la crisis económica y energética, la guerra o los problemas de suministro de materias primas y componentes han llevado al sector automovilístico a enfrentar retos nuevos y complejos. Tratándose de sucesos sobrevenidos, en los que operan muchas variables con efectos difícilmente predecibles no es de extrañar que sean causa de la incertidumbre que reina en el sector. Pero no son las únicas, también han venido a añadir confusión y dudas otras causas más previsibles que sí podrían haberse evitado o, cuando menos, mitigado sus efectos. Caso paradigmático es el de algunas medidas adoptadas para reducir la contaminación.

Que para mejorar la calidad del aire y combatir el cambio climático es esencial adoptar medidas para reducir las emisiones de los vehículos es bien sabido. Tanto como obvio que las acciones emprendidas han de tener notable impacto en el desarrollo del sector y en la movilidad. Todo ello era evidente desde hace décadas. De hecho, fabricantes y administraciones llevan años implantando medidas, pero ni siempre al ritmo necesario ni haciendo uso de la mejor información disponible. Y cuando las circunstancias sociopolíticas han llevado a apretar el acelerador, las debilidades del proceso han aflorado justo cuando el sector y la economía se veían aquejados de graves problemas, aumentando las incertidumbres.

Analizar por qué no se hicieron los deberes con más tiempo y rigor no cabe en esta reflexión; daría para una tesis doctoral. La cuestión es que los acontecimientos se han precipitado y que no pocas de las medidas adoptadas están provocando notable confusión; no tanto por tardías sino por basarse en información poco fiable. Resulta lamentable que decisiones que afectan a la vida de los ciudadanos y al devenir de un sector estratégico, se tomen manejando información incompleta, mal contrastada, volátil y contradictoria, habiéndose podido disponer de datos más solventes. Hacerlo así no sólo genera dudas sobre la certeza de su eficacia sino sobre los riesgos de sus posibles efectos ambientales, sociales y económicos.

Por poner un ejemplo de decisiones basadas en datos de dudosa fiabilidad, me limitaré a señalar uno de los más relevantes por sus gravísimas consecuencias. Tiene su origen en el sistema de medición de emisiones aplicado por la UE para asignar los famosos estándares Euro a los vehículos conforme su potencial contaminante. Un sistema cuyas conocidas deficiencias propiciaron que en 2007 se previese su sustitución en 2014. Hecho que no sucedería plenamente hasta 2018 y ello gracias al famoso “dieselgate” que, en 2015, destapó las debilidades del protocolo obligando a la UE a acelerar su sustitución.

Pero el daño estaba hecho y sus nocivos efectos se han multiplicado. No sólo se ha propiciado que cientos de millones de vehículos circulen emitiendo mucho más de lo que se les atribuía oficialmente, además las dudosas Normas Euro han servido para que se adopten todo tipo de decisiones con datos poco fiables. Primero las conocidas etiquetas ambientales de la DGT, amparadas en dichos estándares, harían suyas sus deficiencias. Seguidamente éstas viciarían la cadena de medidas administrativas anticontaminación basadas en dichas etiquetas. Y todo ello sucedía mientras múltiples estudios confirmaban que tanto el etiquetado como las bonificaciones y restricciones vinculadas al mismo partían de datos muy deficientes.  

Haberse comprobado que coches Euro V y VI  emiten hasta cuatro veces más NOx de lo que deberían, o que hay vehículos calificados ECO y CERO que contaminan más que otros con distintivo C, no ha motivado revisar ni las etiquetas ni las medidas. Saber que la aportación de un vehículo a la contaminación depende de otras circunstancias al margen de su etiqueta, como es el uso que se haga del mismo, tampoco parece inquietar a quienes restringen la circulación de los coches más antiguos sin tener en cuenta este factor ni hacer balances rigurosos de los beneficios ambientales y costes sociales. La misma inconsistencia y carencia de fiabilidad aplica a decisiones tan trascendentes como la de fijar una fecha para prohibir vender coches de combustión. Cuando lo que rige es más el deseo que la razón no es de extrañar que las incertidumbres se multipliquen.

Mientras tanto, las matriculaciones de eléctricos se ralentizan, la venta de coches nuevos sigue estancada, lideran las ventas los de ocasión con una antigüedad media de 10 años, destacando los diésel y como protagonistas los de más de 15 años. Un panorama tan preocupante por sus negativos efectos ambientales, energéticos, económicos y sociales cómo inquietante por no saber hacia donde nos dirigimos. El irónico fabulista La Fontaine dejó dicho que a menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.

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