Estos días los caminos me han llevado a Portugal; país hermano al que sólo por respirar su aire de amabilidad y educación merece la pena viajar.
Siempre que he tenido el placer de visitar a nuestros vecinos lusitanos, cualquiera que fuese el lugar, la impresión ha sido la misma; son gentes afables y respetuosas. Ciertamente hay excepciones, justo las que confirman la regla y marcan la diferencia, porque lo que allí es la norma, en estos lares dejó de serlo hace tiempo. Razones habrá y mi opinión expondré, pero lo cierto es que en Portugal conservan un nivel de educación envidiable que resulta muy agradable y sosegado.
Me dirán que en España también hay muchas personas amables y educadas. No lo niego, lo que afirmo sin ambages es que el tono vulgar y arisco, cuando no directamente grosero abunda en demasía. Saludar, decir por favor o dar las gracias debe ser para muchos un acto de servilismo o sumisión. Lo mismo dejar salir antes de entrar, hacerse a un lado en la calle o ceder el asiento. Y no digamos ya dirigirse a cada cual según su condición. Da lo mismo si es una anciana, el amigo, la vecina o un desconocido, a todos se les habla igual.
Para mi que subyace una carencia de autoestima enmascarada en una apariencia de modernidad. Quien tutea a todo quisqui sintiéndose como más liberado, igualitario o democrático, lo que evidencia es un síntoma de inferioridad y necesidad de autoafirmación. Quizás los portugueses en eso de quererse más y lacerarse menos nos lleven bastante ventaja. Igual no es casual que los mismos años en los que ha repuntado con fuerza ese vicio tan hispano de renegar de nuestro pasado y formas de ser, coincidan con aquellos en los que con mayor entusiasmo se viene haciendo tabla rasa de la educación más elemental. Parece como si en ese pozo de ignominia vergonzosa en el que tanto se ha insistido en tirar todo lo etiquetado casposo, retrogrado y represivo se haya incluido la educación.
Será que muchos piensan que esto de las buenas maneras no tiene trascendencia; craso error. No es sólo que la chabacanería nos resulte a algunos tan desagradable como los olores fétidos, el exceso de ruido o la suciedad, es que la falta de educación genera, para todos, ambientes degradados tanto o más que otras formas de contaminación. A priori habrá quien los estime libres y distendidos, pero a la postre resultan degradantes. Basta echar una ojeada al patio político o a muchos espacios televisivos para comprobar el grado de deterioro alcanzado.
Por si las razones expuestas no bastasen, cabe añadir que los buenos modales, por ser antídoto de la mediocridad, además rinden mejores resultados. Porque la educación tiene todo que ver con los detalles y estos marcan la diferencia. Y no me refiero sólo al mundo de las emociones donde son tan relevantes, hablo de algo más prosáico como el trabajo bien hecho. Ser educado y por tanto detallista, en cualquier ámbito, comenzando por el de las relaciones humanas, resulta esencial para aspirar a la excelencia. De ahí que se diga que las cosas hechas con cariño resultan mejor. Cuando se valora y considera a quien va destinado el seervicio prestado, el producto entregado, o el trato dispensado, se pone interés en hacerlo bien para agradar, es decir tratando al prójimo con afabilidad y respecto o, lo que es lo mismo, con educación. Y en la medida que esa forma de ser educada esté más o menos extendida, las sociedades son más o menos civilizadas, cultas y avanzadas. Porque la amabilidad y las buenas maneras son la base de una sabiduría que abre puertas, tiende puentes y lleva lejos. ¿Será que los portugueses son más sabios?
