Bono basura

No tendrá para comprarle leche al niño, pero podrá ir al cine. Dirán que suena a populismo, pues no, lo que sí es demagógico es el “bono cultural” que ha prometido el gobierno. Una sociedad sana lo rechazaría por indecente y una juventud mínimamente formada por ofensivo.

El diccionario define demagogia como degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder. Al “bono cultural” la definición le va como un guante. Sus defensores dirán que hago una lectura sesgada y malintencionada de una medida que sólo busca reactivar importantes sectores económicos y crear hábitos culturales en la gente joven. ¡Qué mente tan retorcida hay que tener para criticar iniciativa tan buena, promotora de círculo tan virtuoso!

Pues debo ser un tipo malpensado que ve malicia donde sólo hay inocencia y bondad. Que la medida sólo sea para quienes cumplen años en periodo electoral es mera casualidad. Al resto de la población no le deben convenir los hábitos culturales. Será que el aprecio a la cultura se adquiere con la edad para votar y no desde la infancia. Y qué decir del criterio de selección de las actividades culturales elegidas. Supongo que la exclusión de un sector tan relevante como la tauromaquia, declarado patrimonio cultural, obedece a que no ha sufrido crisis alguna; sólo una mente enfermiza vería en ello un sesgo ideológico. En todo caso hace falta ser cerril e ingrato para no valorar el bien que hace el gobierno dictando a qué deben aficionarse los jóvenes. No digamos el punto de maldad que hay que tener para llegar a pensar que quizás tenga algo que ver en la selección algún interés por promover sólo ciertas “industrias culturales”.  

Pero siendo cada una de las razones expuestas argumento suficiente para rechazar el “bono cultural”, ninguna de ellas me ha llevado a escribir estas líneas. Recién enterado de la noticia bajaba por la calle Martínez Campos y ahí estaba, la larga cola cotidiana a la puerta del comedor social de las Hijas de la Caridad; uno de los centenares que existen en Madrid. Ver a las personas allí congregadas y pensar que de los impuestos y de la deuda de los españoles se iban a destinar millones de euros a un oportunista “bono cultural” me indignó. Sin computar los efectos del COVID, el último informe sobre el estado de la pobreza en España (julio 2021) de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social señala que el 7 % de la población, 3,3 millones de personas, no pueden afrontar cuatro o más bienes o servicios de consumo, de un total de nueve considerados básicos en el territorio europeo. ¿Acaso no es evidente que existen otras prioridades?

Muchos pensarán que hay dinero para todo. No deben haberse enterado, o prefieren no saberlo, que ya hemos endeudado a hijos y nietos; cada criatura que nace en España viene con una deuda de más de 30.000 euros. Otros alegarán que cada euro invertido genera un importante retorno económico y social. No entraré a discutirlo, aunque habría mucho que matizar. Ahora bien, supongo que facilitar la adquisición de pañales, de leche o de jabón en vez de video juegos o libros también tendrá impacto económico y no digamos social. Pero ¡ah!, se me olvidaba un argumento muy nuestro que no podía faltar; la idea es buena porque es extranjera. Pues en este caso, como en tantos otros, que ya esté implantada en países como Francia no le aporta más valor que servir de ejemplo para no copiarla. ¡Claro!, salvo que se considere un éxito que el 78% del gasto del “pase cultural” francés se haya destinado a adquirir libros de los cuales más del 80% han sido “mangas”. Tan cerril soy que no me había percatado de que en España los jóvenes no leen libros por falta de dinero; son carísimos, no hay de segunda mano, las bibliotecas no dan abasto, además promover la lectura de tebeos japoneses es un gran avance cultural. Igual para que la genialidad sea sostenible debería llevar aparejada el reciclado de los millones de libros que acumulan polvo en fondos públicos esperando un lector.

Realmente todo el planteamiento de la iniciativa resulta obsceno. Por su intención puramente especulativa, su dudosa estructura y la baja calificación del crédito político de su emisor, más que “bono cultural” deberían llamarlo “bono basura”.

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