Siempre es grato y edificante encontrarse con personas sencillas. Aún más cuando se trata de alguien considerado socialmente importante, relevante o famoso. El que este tipo humano no abunde no sólo añade valor al encuentro; su singularidad provoca admiración y le convierte en ejemplo.
Siendo que a la mayoría nos repelen los envarados y engreídos a la par que apreciamos la modestia y franqueza, no deja de ser llamativo, por contradictorio y frecuente, que la auténtica sencillez, no el candor fingido, cotice poco. De hecho existe una inclinación a confundir lo sencillo con simpleza o bobería y a tachar a los cándidos e ingenuos de incautos, siendo tratados cuando no con desprecio sí con un punto de lástima y cierto desdén. Parece como si para considerarse importante, relevante, culto, refinado o elegante hubiese que ser afectado y distante, haciendo gala de una actitud de superioridad o afectada sofisticación, cuando lo cierto es que la auténtica distinción no requiere ser proclamada sino que es sencillamente reconocida.
Probablemente, esta manera de pensar tan extendida, tiende a alimentar la vanidad que anida en todos nosotros tornándola en engreimiento y arrogancia a poco que se asciende en la escala social del éxito. Cuantos casos se dan de personas a las que el cargo, el enriquecimiento, la fama o la popularidad transforman en seres altivos. Gentes que en su día fueron de trato cercano y sencillo al medrar abandonan su naturalidad a la par que se adornan de una suerte de condescendencia o ademán de superioridad. Aunque en no pocas ocasiones gocen de cierta aparente admiración, en realidad son en el fondo comúnmente considerados unos cretinos. Incluso aquellos cuyos éxitos les hacen acreedores de una merecida estima social, acaban viendo ensombrecidos sus méritos cuando a estos no les acompaña la sencillez.
Ser capaz de conservar la humildad, esencia del ser sencillo, así como algo de la candidez, ingenuidad e inocencia de la infancia no sólo no es muestra de debilidad sino que denota fortaleza e inteligencia. Todo verdadero genio está obligado a ser ingenuo, afirmaba con clarividencia el dramaturgo Friedrich Schiller, porque poco hay más empobrecedor y limitante que sentirse tan poseído de uno mismo, tan engreído y seguro que lleve a no confiar en los demás. Saberse uno más, no el mejor cuando se ha alcanzado el triunfo, reconocer el valor y la bondad existente en los demás es lo que permite crecer como persona en todos los aspectos incluida la creatividad. Aquellos que lo logran son en verdad los finalmente más admirados.
Por fortuna, tanto hoy en día, en esta sociedad tan competitiva que parece reclamar tanta seguridad en uno mismo y premia la vanidad y el autobombo, como a lo largo de la historia, existen muchos ejemplos de personajes cuyos méritos han sido encumbrados por la sencillez con la que los han asumido y compartido. Más aún no son pocos los casos en los que la notoriedad tiene como principal fundamento haber sido genuinamente sencillos. Y, a poco que nos fijemos, en todos ellos se da un mismo denominador común; se trata de personas buenas, algo ingenuas y confiadas. Por algo será que Dios también los prefiere sencillos.
