Bajaba por la calle corriendo una cría de unos siete años, detrás, al trote, una mujer joven con un niño de la mano de poco más de cuatro. Al llegar a mi altura la niña gritó: — ¡He ganado! Acercándose con el pequeño la mujer le dijo: — bueno Clara hemos ganado todos, piensa que tu hermano es más pequeño. — ¡No¡ —replico la niña con aplomo, — he llegado yo primera al árbol. La verdad es que tenía toda la razón.
Cuanto gusta igualar a la baja practicando una suerte de falsa caridad. Quitarle el mérito a Clara para que su hermano no se sintiese mal, es tan injusto como hipócrita porque se aplica a capricho de quien lo hace y nunca a su costa. Igual sucede con la inclinación de adaptar la realidad al interés de cada cual. ¡Cuán flexible y moldeable es la conveniencia! Envuelta en tolerancia se presenta como algo positivo para llevarse bien y evitar conflictos. Todo es relativo, se acostumbra a afirmar cuando uno quiere escurrir el bulto. «¿Qué es la verdad?», respondió Pilatos a Jesucristo en el pretorio para diluir su injusticia. Todo un alarde de cinismo relativista pues cuando los judíos le gritaron «si sueltas a ése no eres amigo del César», Pilatos descubrió ipso facto una verdad como un templo; no era bueno ser enemigo del César.
Rebajar, atenuar la importancia o certeza de algo cuando no conviene es práctica común que, como tantas debilidades, forma parte de la condición humana. Extendida en todos los ámbitos, lleva al acomodo de la realidad al nivel de confort deseado y siempre se le encuentra justificación, aunque no con el mismo éxito en todos los casos. Por ejemplo poco margen deja al relativismo la declaración de la renta. Igual sucede con otras tantas obligaciones. Pero donde no viene impuesto por un tercero, las rebajas hallan terreno abonado para su proliferación, especialmente si el entorno social las estimula. Uno de estos campos, particularmente cultivado, es el de las creencias religiosas; singularmente la católica.
Un católico que, en acto de mera coherencia, afirme creer en un solo Dios y en que la Divina Persona de Jesucristo es la única Redención y Salvación es visto por muchos como un radical intolerante. Que la crítica proceda de ateos, paganos o descreídos no es sorprendente. Lo llamativo es que el relativismo haya calado en tantos que se dicen creyentes. En no pocos ámbitos de la Iglesia se ha ido propagando una suerte de visión deísta, de religiosidad generalista, difusa, laicista y secularizada. Como dicen, una visión más inclusiva, más fraterna y pacífica en la que lo importante es el amor. Un falso ecumenismo en el que la fe católica queda diluida a conveniencia, suplantándola por una creencia en la que todas las religiones son iguales; aproximaciones alegóricas a una verdad difuminada.
Al igual que la pequeña Clara hay que responder con un contundente ¡No! La búsqueda de la fraternidad humana, la convivencia común y la paz mundial nunca se alcanzaran a costa de exigir que se rechace aquello en lo que se cree o, lo que es lo mismo, diluirlo hasta hacerlo irreconocible. No hay mayor deslealtad con el prójimo que enmascarar o renegar de las convicciones propias para hacer que se sienta mejor. Para un católico no puede haber atajos ni vías paralelas menos exigentes, ni verdades varias acomodaticias; sólo hay una Verdad, un Dios; el único y verdadero.
Como le explicó Jesucristo a Tomás en la última cena: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí». Pilatos, como tantas veces hacemos todos, optó por no arriesgar su estatus de confort bajo el César. Pero gracias a Dios hoy podemos exclamar: ¡Aleluya aleluya¡ ¡Cristo ha resucitado! ¡Hemos sido salvados!
Feliz Pascua Florida.
