De cortinas de humo a estados de alarma

A quienes corresponda: Les estaría sumamente agradecido si, cada vez que los arquitectos de la deconstrucción social avanzan hacia su mundo feliz, dejan de responder -«es una cortina de humo».  Se lo ruego encarecidamente, es cosa de salud. Escuchar mantra tan manido como escapista me produce erisipela, dolores varios y una sensación de  inquietud que suele cursar en estados de alarma.

Desconozco si el recurso a expresión tan hueca como socorrida es fruto de  ingenuidad, conciencia anestesiada o sencillamente de un complejo crónico de avestruz. Lo que tengo constatado es que, además de ineficaz, con táctica tan recurrente no se ha hecho sino contribuir a allanar el camino de quienes llevan años alarmándonos con su empeño demoledor de construir, desde cero, un mundo a su imagen y semejanza.  Desconocer la realidad o no quererla ver,  que no sé que es peor, sólo lleva a estrellarse con ella. Banalizar asuntos graves entre supuestas cortinas de humo para evitar su tratamiento, es como recetar placebos para combatir un cáncer; más pronto que tarde la metástasis invade todo el cuerpo social.

Con demasiada frecuencia, ante las andanadas de los promotores de la deconstrucción, los abonados al «avestrucismo» se limitan a sacar a pasear su frase mágica para iluminarnos a los propensos a ser engañados.  -¡Es una cortina de humo!  -proclaman. -Sólo buscan desviar nuestra atención de lo que realmente importa -afirman con rotundidad. En algún caso puede que hayan acertado, pero, por lo general, el lobo terminó zampándose al cordero. Así, de cortina en cortina, embotados con tanta fumata imaginaria, se ha cumplido con creces aquella sentencia profética  pronunciada en 1982  por un vice prócer socialista: «Vamos a dejar este país que no lo va a reconocer ni la madre que lo parió».

Siendo que rectificar es de sabios, abandonar la actitud que incita a desdeñar lo que no apetece, sería todo un paso para poner coto a tanta ingeniería político social. No se trata de dejar de alertar de añagazas reales, como las diseñadas para distraer de casos de corrupción o errores de bulto, sino de no abusar del mantra y, sobre todo, de discernir. Sí, de saber distinguir lo realmente importante. Porque una de las mayores perversiones del mal uso de la frasecita de marras es precisamente su pretendida justificación; rebajar cuando no diluir la trascendencia de la andanada de turno.

¿Acaso no hay evidencia de tantas iniciativas que, siendo menospreciadas como meras distracciones, se han convertido en realidades cuyos efectos nocivos hoy padecemos?  Contrariamente a lo que los visionarios de cortinas de humo pregonaron, esas iniciativas nunca buscaron ocultar o tapar problemas. Quizás tuviesen ese efecto colateral, pero su finalidad era bien otra; empedrar el camino de la «Nueva Vía» del supuesto bambi que abriría el paso a la hoy exaltada «Nueva Normalidad». Y, mientras tanto, los encargados de subir y bajar cortinas, entre tanta alarma evidente, lejos de poner pie en pared repetían incansablemente -¡no os dejéis engañar! sólo quieren tapar su nefasta gestión económica. Porque para ellos lo prioritario, lo principal es la economía. He ahí su error.

Nadie, salvo un idiota, duda que la economía sea cuestión esencial. Cosa distinta es creerse que todo lo demás ocupa un segundo plano. Claro que el devenir económico condiciona el de un país pero, como ocurre en las familias, son otros los mimbres que definen, vertebran y dan cohesión a las sociedades. Y, mientras unos, valorando bien su trascendencia, no cejan de destejer y tejer manipulando lo que sea preciso, incluso a costa de la economía, los otros primero tratan los nuevos cestos como falsos señuelos y, al poco, terminan, sino por asimilarlos todos, comprando muchos. Entre tanto, los pagamos, con un creciente sentimiento de orfandad, vamos de susto en susto, desnortados, hasta el punto de habérsenos diagnosticado por decreto en estado de alarma. Por favor, déjense de cortinas de humo.

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