Bendito Adviento

Tiempos acelerados, volátiles, de usar y tirar. La agitación y el ruido sofocan el pensamiento y la palabra. Todo es urgente, precario y pasajero. Los refugios firmes son un bien escaso, la risa obligada, la felicidad en venta y el silencio un mal augurio. Pero persiste la querencia humana a regresar a calas seguras, poder echar el ancla, sosegarnos y buscar respuestas en el horizonte. 

Por fortuna, entre tanto estrépito, fiel a su cita, ha llegado el Adviento. Discretamente, sin alharacas, cuando las luminarias y los reclamos de viernes negros ya lo ocupaban todo, amaneció un tiempo de recogimiento y esperanza. Para todos, creyentes, descreídos, abstemios o mediopensionistas, ya está aquí, un año más, ese soplo de luz que templa el alma y nos anima a querer y ser queridos.

Frente a luces vanas de artificio, que sólo buscan brillar y atraer, resplandece el Espíritu del Adviento para ofrecer un remanso donde esperar y encontrar paz. Recalar en el o no será nuestra elección. Porque el Adviento a nadie obliga, ni se impone y menos hoy en día. Sencillamente se nos ofrece, nos invita y, sólo si lo acogemos, podremos apreciarlo y disfrutar de sus infinitos dones.

Saber que el Adviento llegará, es ya de por sí una alegría. Ante tanta mudanza sin aviso previo, en tiempos de rebajas y liquidación de referencias, de valores licuados y palabrería falsa, encontrar puntos de apoyo fieles es un alivio. Arribar a espacios reconocibles, paisajes familiares, es muy reconfortante. Que en el camino de la vida, entre tanto reclamo trampa, podamos seguir guiándonos por hitos y faros inmutables es un valor seguro. Bien lo saben los navegantes. Uno de esos faros es la luz del Adviento.

Adentrarnos en la senda que nos marca, atemperando el paso, serenamente,  recogiendo velas, abandonándonos a la espera de la venida de quien nos ha de poner a salvo, del Redentor, que eso es el Adviento, es ya opcional. Para mí, es gracia que merece muy mucho ser aprovechada.

Pero como todo faro hay que estar atento para verlo y no es tan sencillo. Las prisas, el tumulto, los señuelos y las mil y una obligaciones, ofuscan la razón y desvían nuestra atención hasta impedir percatarnos de que el Adviento está ahí, que ha llegado. Sólo buscando el silencio podremos percibir la brisa de su venida. Evitando ser abducidos por los sones de ese otro supuesto adviento, tan colorido y agitado, tan del goce de los sentidos como agotador, que sólo deja vacíos el corazón y la cartera. Ese falso adviento que a tantos lleva a aborrecer las fiestas que supuestamente anuncia. Resistir sus encantos, sin renunciar a la alegría y la celebración, permite hacer hueco al silencio y respirar la paz en la que reconocemos al Adviento.

Como todo lo auténticamente bueno, vivir el Adviento exige cierta disciplina, mesura, alguna renuncia y, sobre todo generosidad y ganas de tranquilidad. Un deseo que casi todos ansiamos y que no está a la venta. A cambio nos ofrece descanso, serenidad, la oportunidad de conocernos mejor y querernos más, el gozo del perdón y la entrega a los demás y el misterio de la oración. Alcanzada su puerta, si cruzamos el umbral y nos atrevemos a recalar sin recelos en el espacio interior que nos brinda, sentiremos la alegría de la paz y podremos llegar a disfrutar de una auténtica Navidad. Entonces exclamaremos – ¡Bendito Adviento! –

3 comentarios sobre “Bendito Adviento

  1. Muy bonito y reconfortante ver que otras personas comparten la necesidad de vivir este tiempo de Adviento de otra manera diferente a lo que nos rodea. Gracias Javier!!

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