Mercados desangelados

Miércoles 2 de octubre, festividad de los Santos Ángeles Custodios, el Ibex sufre su mayor caída en dos años. Al hilo de mi última entrada Persona o gente: peligroso juego de palabras un amigo ilustra su comentario con una parodia británica de la crisis subprime del 2008; su humorada, respecto de que los sagaces y brillantes inversores financieros al final toman sus decisiones a partir de lo que irónicamente llaman sentimiento financiero, captó mi atención.
No sé si la coincidencia de los tres hechos fue fruto de la casualidad o de lo que el psiquiatra Carl Jung bautizó como sincronicidad – principio de conexiones acausales-. La conexión que a mí me alertó fue una contradicción. Me explico. En el mundo financiero, como en otros, los indicadores, modelos y demás herramientas analíticas y de previsión permiten tomar decisiones capitales. Pero los sentimientos, las sensaciones, emociones y creencias también juegan su papel. Quizás no tanto como les atribuyen nuestros humoristas, pero tienen su peso. Y lo que es más importante es algo comúnmente aceptado. Lo paradójico es que esa misma confianza en nuestras creencias y sentimientos, aplicada a otros ámbitos, sufra tanto descrédito. Véase el caso de los ángeles que, para muchos, entre ellos no pocos católicos practicantes, pertenecen al mundo mágico de los cuentos de hadas o, peor aún, son reminiscencias de tiempos oscuros dominados por la superstición y la ignorancia. El caso es que el día de los Santos Ángeles Custodios el Ibex se dio un batacazo de órdago y al común de los mortales se nos explicó, en términos muy precisos e ilustrados, que las turbulencias habían generado una gran volatilidad derivando en una desconfianza en los mercados.
Cuando en la economía pintan bastos a los no iniciados se nos termina diciendo que es cosa de los mercados. Los iniciados no sé que se dicen entre ellos, pero rara vez se ponen de acuerdo. ¡Ah!, el mercado. Ese continuo espacio-temporal, conformado por una sucesión interminable de transacciones fruto de un universo vaporoso de cálculos y cábalas. Ese todo poderoso ente poliédrico que parece haber cobrado vida propia tomando las riendas de su destino y, de paso, del nuestro, se me antoja crecientemente desorientado. Cada vez sufre más episodios de desconfianza. Está como desangelado, desprotegido y no me refiero a falta de regulación. Más bien a falta de un custodio, de un ángel de la guarda que le oriente. Si la tradición ha querido que los oficios más variopintos cuenten con un Santo Patrono, ¿por qué no el mercado? La banca y la bolsa tienen a San Carlos Borromeo como patrón y hasta Internet goza de la protección de un patrono, el español San Isidoro de Sevilla. Igual habría que pedir que San Homobono de Cremona patrono de mercaderes y sastres – muy propio- también diese cobertura al mercado.
Entre tanto, sin pretender hacer de menos a expertos y reguladores, seguiré fiel a esa sabia jaculatoria aprendida de mis mayores: Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día.

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