Paisaje, vivencias y soledades

Estamos en días de trashumancia. Fechas en las que emprendemos caminos nuevos o viejos en busca de otros lugares, otros horizontes.  Es temporada de salir de la rutina, de descubrir paisajes o de reencontrarnos con ellos.

Mucho se ha escrito sobre el paisaje y sus valores. Lo poco que yo sé lo aprendí leyendo, observando y sintiendo. Y aunque para mí no han dejado de ser un  arcano, lo que sí comprendí hace tiempo es que los paisajes no existen como tal, surgen de nuestro interior. Sí, lo visible sólo adquiere categoría de paisaje cuando lo miramos con interés y sentimiento. Entonces lo que vemos deja de ser un mero panorama para transformarse en una vivencia única, individualizada, personal, es decir, en paisaje. Uuna puesta de sol o un bosque en otoño, estando a la vista de muchos, se convertirán en tantos paisajes distintos como personas en las que dejen huella. Esta interacción entre el observador y el entorno del que forma parte, de la que surgen paisajes que a su vez le transforman, sigue siendo motivo de asombro.

Me maravilla que siendo los humanos parte del entorno seamos los únicos seres capaces de abstraerse del mismo, contemplarlo, comprenderlo y hacerlo nuestro. Parece magia, pero no lo es. La conjunción de ciencia, razón, arte, sentimiento y espíritu, cultura en definitiva, es lo que nos habilita para crear paisajes aprehendiendo, con la mirada,  contornos, formas, matices y valores. Sí he dicho bien -aprehendiendo-  porque como tantas veces he comprobado no basta con mirar. Para que una vista, una panorámica, se transforme en paisaje debemos tomarla, abrazarla y asimilarla hasta convertirla en vivencia.

Pero la interacción hombre entorno no concluye con la metamorfosis de vista a paisaje. Al asimilar el orden natural que conforma lo que vemos, nosotros también somos objeto de muda, de cambio. A lo largo de la vida las, sensaciones, sentimientos y saberes que, como hacedores de paisajes, vamos captando, componen otro paisaje más íntimo y misterioso que, con sus luces y sombras, perfila nuestra forma de ser. Día a día, sutilmente, conjugamos los paisajes que hemos ido creando y, como quien teje un tapiz, vamos componiendo nuestro paisaje vivencial; nuestro imaginario, esa visión propia, personal e intransferible del mundo que nos rodea. Y si los paisajes expresan la percepción humana del orden natural, nuestro imaginario refleja la huella de carga afectiva que han ido dejando en nosotros los entornos que hemos conocido.

Con los años nuestro imaginario va tomando cuerpo y nuestras vivencias paisajísticas van asentándose de forma y manera que condicionan cómo pensamos y sentimos. Por tanto también como miramos. De ahí que, con el tiempo, las vistas  más que llevarnos a crear paisajes nuevos nos evoquen otros viejos de tal manera que, según estén de arraigados en  nuestro imaginario, despertarán unos u otros sentimientos.  Entre estos, muy común, el de soledad.    

Siendo muchas sus causas, cuando en las personas aflora la soledad es que ya no se sienten comprendidos. Ser comprendido es formar parte de algo,  significa compartir recuerdos comunes, sentimientos, lugares, circunstancias, hechos que permiten una comunicación personal e íntima con los demás. Compartir formas de vida, imaginarios, paisajes en suma. Retornar a un lugar con el que nos unen vínculos de niñez que han conformado nuestro ser y descubrir que ha cambiado, que ya no nos reconocemos en  los paisajes por los que sentíamos apego, produce desasosiego. Genera desazón, sensación de pérdida, de no pertenencia, de extrañeza, de soledad.

Conservar panoramas, vistas, en definitiva paisajes, no es sólo un  ejercicio de estética o ecología que también. Es permitir conservar vínculos y generar otros nuevos que pueden entenderse entre sí. Pues los paisajes son la urdimbre que permite tejer en un todo continuo y armónico un legado común con un presente que configura un futuro compartido. Proteger y poner en valor los paisajes  y la posibilidad de relacionarse con ellos es una obligación pues atiende una necesidad que sólo es reconocida cuando deja de existir.

4 comentarios sobre “Paisaje, vivencias y soledades

  1. Qué cierto es que no volver a vivir o sentir un paisaje como antaño provoca una sensación de pérdida! Y qué vivo te sientes cuando recuperas emociones al ver esa puesta de sol en el mar o la grandeza de la montaña! Los paisajes nos embriagan, nos llenan y nos hacen sentir vivos y bien, por eso ese paseo al lado del mar en vacaciones es más reparador que el que después de un largo día de trabajo das por tu barrio, salvo para aquellos afortunados que tengan un bello paisaje al lado de casa.

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