Pelotas

Debería haber un museo de tipos infames para enseñar a los niños lo que no deben ser. Un lugar donde mostrar toda esa colección de especímenes como los cenizos, tacaños, pusilánimes, chaqueteros, trepas, escaqueadores, gorrones y demás ralea de seres despreciables que conforman los bajos fondos de la condición humana. Entre ellos merecerían una sala especial los pelotas serviles y cobistas.

¿Qué me ha llevado a esta reflexión? Pues sencillamente que esta semana he conocido a un auténtico pelota. Sí, a todo un profesional de la adulación. Un genuino lameculos. Cierto es que no es infrecuente toparnos con alguno de vez en cuando. Incluso en el colegio, universidad y trabajo se suelen dar con cierta frecuencia. Pero en general son meros aprendices. Tener cara a cara a un cobista virtuoso es otra cosa. Asistir a una lección magistral de un pelota, ver cómo ha alcanzado el cénit del autodominio que le permite sonreír y ensalzar, a costa de lo que sea, mientras siente infinito desprecio por el alabado, es toda una experiencia. Para alcanzar esa cima hace falta ser un pelota de raza.

Claro está que lo primero que me vino a la cabeza es cuánto tiempo hay que ejercitarse arrastrándose para ser un pelota profesional. Sin duda requiere práctica  y un estómago de cemento pero igual tiene más que ver con interpretar un papel. La duda me suscitó la curiosidad de indagar el origen de la expresión. Encontré varias explicaciones, pero la que más crédito me merece es el apodo que se daba antiguamente a las mujeres de la calle a las que llamaban «pelotas». Que en el diccionario de la RAE entre las acepciones del término «pelota» figure «prostituta» avala esta tesis. Lo que no queda claro es si les llamaban pelotas porque las prostitutas iban rebotando de un cliente a otro o, porque, para pescar a uno, adulaban a los viandantes. Quizás ambas  se complementen. Lo cierto es que el origen de la expresión no es muy noble que digamos, como tampoco lo es el hacer la pelota.

Orígenes aparte creo que, dejando a un lado a quienes puntualmente se rebajan un poco dando algo de coba para salvar una situación concreta, que entrarían en el pelotilleo vulgar, lo que sustenta a un pelota profesional además del ejercicio de la actividad hasta convertirla en hábito es la estupidez. Es imposible llegar a tal grado de indignidad sin ser profundamente estúpido. La estulticia es así; allana la razón, provoca estados de imbecilidad sonriente en los que el necio, aferrado a una sola idea, se abandona a profundidades insospechadas de indignidad y, libre de toda atadura moral, es capaz de cualquier barbaridad mitigando la repugnancia con odio. Porque no olvidemos que los serviles odian a los servidos. Por eso, los pelotas compulsivos, son peligrosísimos.

El maestro Cela lo explica mucho mejor en «La Colmena» describiendo una escena en el Café de doña Rosa. Algún hombre ya metido en años cuenta a gritos la broma que le gastó, va ya para el medio, siglo, a Madame Pimentón. (…)  Algunas caras, desde las próximas mesas, lo miran casi con envidia. Son las caras de las gentes que sonreían en paz, con beatitud, en esos instantes en que, casi sin darse cuenta, llegan a no pensar en nada. La gente es cobista por estupidez y, a veces, sonríen aunque en el fondo de su alma sientan una repugnancia inmensa, una repugnancia que casi no pueden contener. Por coba se puede llegar hasta el asesinato; seguramente que ha habido más de un crimen que se haya hecho por quedar bien, por dar coba a alguien.

¡Ojo con los pelotas!

13 comentarios sobre “Pelotas

  1. Qué más se puede decir? Además el grado de pelotez varía y es muy divertido ver cómo de un nivel de sosegada calma , pasan en cero segundos a un nivel de excitada pelotez, no sabiendo por dónde dar rienda suelta a su necesidad de agradar a toda costa al poderoso, en el momento que éste entra en la sala, reunión , escena.. ¡Observadlo! Es muy divertido. Por no hablar de esa sensaión de hacerte invisible cuando a una recepción llegan aquellos que están en la cúspide de la pirámide de cargos, al pelota se le conoce porque pierde inmediatamente el interés por ti , acercándose a esa zona de más densidad de pelotas, allí dónde pueden ejercer su virtuosismo (como moscas a la miel… por no decir otra cosa peor sonante.

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  2. Sin duda Javier. Individuos despreciables,corrosivos,tóxicos,conocemos alguno.
    Pero seria interesante también analizar el perfil que da sustento y sentido al pelota; aquel que necesita bolumicamente del alimento y cercanía del pelota para que a través de la adulación constante se reafirme su maltrecha y artificial autoestima.

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  3. Para mí la mejor de las entradas del blog, aunque sugiero una segunda parte dedicada a los “fabricantes de pelotas”, esas personas que nunca aceptan una crítica y se les hace el culo pepsicola con los halagos de los pelotas que les rodean.
    Y lo digo porque me considero un antipelotas, o quizás “anti-falsos” con alas cortadas desde los 22 años, tras mi primer trabajo, cuando entré en la plantilla de una empresa infestada de pelotas bajo las órdenes de un dictador que los fabricaba y que desechaba a aquellos difíciles de redondear. Trabajé y aporté más que nunca, pero la inexperiencia pelota me perjudicó.
    Durante años trabajé en escenarios similares al mismo tiempo que mejoraba mis técnicas de peloteo, hasta que recientemente, 10 años después de mi primer trabajo, me encontré a un anti-falsos (no solo por ser lo contrario a ellos, sino también por combatirlos) que había tenido una vida laboral y personal exitosa, y que además, era feliz. Ese vocal asesor me marcó mucho y me animó a volver a mis orígenes. En definitiva, gracias!

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  4. Amigo Javier!!!!
    Y que todos tenemos alguno de estos en mente……son especies que además suelen sobrevivir en cualquier entorno. Son hábiles y peligrosos.

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