El dolor a la luz de la fe

Entre las múltiples y distintas reacciones tras la tragedia ferroviaria de Urda, han cobrado particular notoriedad las de creyentes cuyas voces se han elevado como luminarias disipando tantas tinieblas.

En mi caso, he de reconocer que las declaraciones enraizadas en la fe que he escuchado me han conmovido por la entereza de sus protagonistas y la esperanza que han compartido en circunstancias tan dolorosas. Y creo no equivocarme al afirmar que, por lo que he visto y oído, también han sido muchos a los que les han llegado al corazón y no pocos los que se han asombrado.

Particularmente escuchar a familiares de fallecidos expresándose con calma y sencillez desde el convencimiento de que la muerte no es el final sino el paso hacia la vida eterna, ha sido todo un ejemplo luminoso de cómo afrontar la muerte con esperanza. Sí con dolor, pero sin miedo ni desesperación, con la convicción de que a la persona muerta le espera una nueva vida mejor y con la certeza del reencuentro en la casa del Padre. Otro tanto cabe decir de heridos y socorristas que, anclados en su fe, se han expresado sin mostrar abatimiento, con una entereza digna de encomio.

Alguno podrá pensar que la fe actúa como mero placebo que alivia el dolor. Nada más lejos, porque la fe no borra el sufrimiento no evita las lágrimas ni sustituye el duelo. Actúa ofreciendo una perspectiva diferente y esperanzadora sobre la pérdida, aportando un sentido al dolor. Tampoco opera como analgésico, permite descargar la pena y la angustia en algo más grande, compartirla con un Cristo vivo y presente en nuestras vidas que, con su inmenso amor, se hace cargo de nuestras penalidades y miserias.

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso.  Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.» (Mt 11: 28-30)

Ante la muerte y el sufrimiento, la fe en el Dios de la vida ofrece esperanza ayudando a sostener el corazón allí donde las explicaciones racionales no alcanzan. La fe nos ayuda a levantarnos ante las caídas, nos fortalece frente a las dificultades y nos muestra nuevos caminos. Pero eso no impide que a lo largo de nuestras vidas esa fe que profesamos no se ponga a prueba. Y qué mayor prueba que cuando afrontamos situaciones límite y especialmente la más definitiva y radical, la que no tiene vuelta atrás, la muerte.

En ese trance terrible por el que están pasando los familiares de las víctimas mortales, es cuando cobra todo su sentido la promesa de Jesucristo: «He venido para que tengan vida y vida en abundancia» (Jn 10,10). Allí donde parece que todo ha terminado, que sólo queda un triste vacío, la luz de su fe ha iluminado a esos familiares mostrándoles una puerta a la esperanza, la de una vida nueva, una vida en abundancia. Y esa luz es precisamente la que vemos reflejada en sus declaraciones ancladas en la fe.

Unas declaraciones actitudes que cobran más valor si cabe dadas las circunstancias. Porque si la pérdida de un ser querido siempre produce dolor, no es el mismo tratándose  de una persona ya mayor cuya vida se ha ido apagando, que si es alguien en plenitud de facultades que fallece sorpresivamente o la de un niño y no digamos si hablamos de la muerte de un hijo. Pero cuando la muerte clama justicia porque podría haberse evitado, el dolor adquiere otros tintes. Y dado que este es el caso de las víctimas del siniestro ferroviario de Urda, merecen todo mi reconocimiento y aprecio tantos familiares de fallecidos a los que la luz de la fe les ha inspirado declaraciones tan esperanzadoras en medio de tanta rabia y desesperación.

Con todo mi afecto y mis oraciones por los fallecidos y heridos, sirvan estas líneas para expresar mis condolencias a familiares y amigos y mi gratitud por su inspirador y luminoso ejemplo.