Antes de que siga proclamando por doquier “Yo seré un perro, pero no tengo amo”, alguno de sus centenares de asesores haría gran favor a Pedro Sánchez recordándole la máxima de Goethe: “Nadie es tan esclavo como el que se cree libre sin serlo».
Con este célebre aforismo, perteneciente a su obra Las afinidades selectivas (1809), Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), viene a expresar el sometimiento al que uno se ve abocado cuando decide ignorar todo aquello que le condiciona. Así, quienes optan por este intencionado desconocimiento que hace prescindible toda autocrítica, no sólo pierden la capacidad para rebelarse frente a las ataduras liberándose de ellas, además, creyéndose libres ilusoriamente, no dudan en justificar su sumisión de cualquier manera convirtiéndose en carceleros de sí mismos.
Sea por soberbia o por pura estupidez, Sánchez es un vivo ejemplo. Aunque en su trayectoria política ha demostrado con creces que cree estar por encima del bien y del mal, por si alguien tuviese dudas, el mantra que últimamente va espetando lo certifica. Sólo a un tipo cegado y dominado por la egolatría se le ocurriría asumir la condición de perro para presumir orgullosamente de que no tiene amo.
De entrada podría emplear otro símil porque coloquialmente llamar perro a alguien equivale a calificarle de persona despreciable. Y aunque cierto es que la primera vez que pronunció la frase fue para contestar a un opositor que le calificó de perro, el hecho de asumir que es despreciable refleja cuan bajo se puede caer llevado por la vana convicción de ser inmune a cualquier atadura. Obviamente el ensoberbecido Sánchez ignora que la mente de uno puede convertirse en carcelera de sus propias pasiones, obsesiones o debilidades.
Porque aun cuando la idea tradicional de esclavitud implica el dominio de una persona sobre otra, también se puede ser esclavo de uno mismo, supuesto no infrecuente como de todos es bien sabido. Acaso no todos hemos quedado alguna vez atrapados por nuestros propios pensamientos, vicios o miedos. Lo mismo cabe decir de elecciones que de haberlo pensado mejor no hubiésemos realizado o de decisiones que han condicionado tu vida y hasta de palabras que has pronunciado; ya lo dice el proverbio, “uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice”.
Pero siendo así que todo el mundo, en mayor o menor medida, ve en algún momento condicionada y limitada su libertad, también es cierto que la gente normal, las personas de bien realmente inteligentes, toman conciencia de ello, recapacitan y procuran impedir verse sometidas. Claro está que ello requiere ciertas dosis de lucidez, realismo y humildad que, en el caso de Sánchez brillan por su ausencia.
Convencido de su superioridad y autosuficiencia, Sánchez no sólo se autoengaña, demostrando su desprecio a la inteligencia ajena pretende convencer a propios y extraños de que realmente está libre de ataduras. Pero, sin necesidad de recurrir a tantas acusaciones como se han vertido sobre supuestos compromisos y deudas innombrables que haya podido contraer, para constatar que tiene amo, y más de uno, basta con tantos condicionantes de todos conocidos que le asedian. Porque, además de aquellos comunes a todas las personas como los mencionados, Sánchez ha acumulado una pública y pesada carga de promesas, pactos y socios que, sin lugar a dudas, coartan su libertad de acción, cuando no la dominan.
No obstante, aun siendo estos condicionantes férreos grilletes, su mayor atadura es la de ser esclavo de sí mismo, de creerse libre sin serlo. Ilusoria convicción que ejerce tal dominio que no sólo le obliga a autoengañarse, además le lleva a auto degradarse aceptando la condición de perro con tal de negar tener amo. Como ya sentenció el filósofo estoico Lucio Anneo Séneca hace más de dos mil años: «La esclavitud más denigrante es la de ser esclavo de uno mismo”.
