Aunque resulte poco grato lo cierto es que la realidad socioeconómica española difiere mucho de cómo nos la pintan y dado que, “con el tiempo, es mejor una verdad dolorosa que una mentira útil” (Thomas Mann), es urgente reconocerlo y denunciarlo.
Atascos de salida previos a días festivos, playas concurridas y terrazas de bares abarrotadas, son imágenes masivamente difundidas por los medios y aparentemente bien recibidas por el público pues transmiten una sensación placentera de bonanza y optimismo. Pero, no siendo quizás siempre la intención, también contribuyen a dotar de verosimilitud a declaraciones y consignas tan reiteradas y falaces como la de que “España va como un tiro”. Nada más lejos de la realidad.
Como señala el IX Informe sobre exclusión y desarrollo social en España (2025) de la fundación FOESSA de Cáritas Española, nuestro país vive una más que preocupante fractura social en la que la exclusión severa ha crecido un 52% desde el año 2007. Tras la apariencia de estadísticas y datos que nos hablan sesgadamente de crecimientos macroeconómicos, existen graves problemas estructurales que, habiendo cursado en sistémicos afectando a muy diferentes estratos sociales, son cada vez más difíciles de camuflar y ocultar.
Las cifras del Informe son tan contundentes como escandalosas; más de 9,4 millones de personas, un 19% de la población, se ven afectadas por la exclusión social y de ellas, 4,9 millones, casi el 10% de los habitantes, se encuentran en situación severa, lo que supone 2 millones más que en 2007. Para confirmar el carácter estructural y transversal de la fractura social, basta mencionar, entre los muchos datos, tres en particular; el 14,1% de los españoles, tras pagar el alquiler a precio de mercado, caen automáticamente bajo el umbral de la pobreza severa, la tasa de pobreza infantil se sitúa en el 29%, la más alta de la UE, y los menores representan ya un tercio de la exclusión severa en el país.
Por razón de espacio no cabe entrar en las causas y soluciones de tan alarmante situación cuya complejidad aumenta a medida que no se afronta con rigor. En el Informe se apuntan algunas claves que, compartidas o no, son dignas de atención y reflexión, planteando el agotamiento de un modelo que está dejando atrás a millones de personas, siendo el “desgarramiento hacia abajo de la anterior hegemonía de las clases medias” uno de sus efectos más ilustrativos.
Ahora bien, si esta breve reflexión no da para ahondar en análisis más profundos, sí busca contribuir a alertar de la crítica encrucijada socioeconómica en la que nos encontramos porque, para afrontarla, la primera e indispensable acción es tomar conciencia de su gravedad y urgencia. Ya no cabe silenciarla ocultando con falacias ni el dolor humano que encierra ni la desesperanza que conlleva. Parafraseando a Cicerón, más que la mentira lo que corrompe la verdad es el silencio. Ya no cabe seguir mirando para otro lado o esconder la cabeza debajo del ala creyendo lo que uno desea escuchar e ignorando lo que no se quiere ver.
Afrontar la realidad tal y como son las cosas y no como nos gustaría que fuesen, aunque duela o genere desasosiego al obligarnos a despojarnos de fútiles sensaciones de confort arropadas por medias verdades, es obligado. Haber normalizado durante décadas una situación de creciente precariedad social es más que estúpido, es suicida. Los hoy llamados escudos sociales, las ayudas y demás medidas de alivio en el mejor de los casos mitigan, pero son provisionales y si además sirven para opacar la realidad, a la larga dañinas. No hay sociedad que se sostenga mucho tiempo a base de muletas y dada la evidente situación de precariedad social nadie puede sentirse a salvo.
Creer que no nos veremos afectados por el continuo proceso de abajamiento y empobrecimiento del cuerpo social, que en nuestros pequeños bastiones estaremos seguros, más que insensatez, por inmoral es craso y peligroso error. Toda situación de precariedad, como su nombre indica, es inestable, frágil, provisional y efímera. Por ello, vivir en un entorno de precariedad cronificada sin alzar la voz, sin exigir medidas que vayan más allá de anestesiar conciencias y parchear fracturas no augura nada bueno para nadie.
