Ante la Cruz

Frente a Cristo crucificado no hay dos miradas iguales. La vasta y rica poesía española nos regala numerosos ejemplos cuya hondura invitan a meditar. Lejos de toda pretensión de abarcar las muchas sensibilidades y estilos, para este Viernes Santo comparto algunas muestras que ofrecen visiones distintas y algunas distantes. Por razón de espacio no todos los textos están completos, pero los que reproduzco sí creo sirven para la reflexión.

Comencemos por un Anónimo poema místico del Siglo de Oro de la literatura española que expresa la unión espiritual con un Dios crucificado y una infinita deuda de amor.

No me mueve, mi Dios, para quererte
el Cielo que me tienes prometido
ni me mueve el Infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor.
Muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muévanme tus afrentas, y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera Cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera Infierno, te temiera. (…)

El espíritu atribulado de Rosalía de Castro (1837-1885), en el que cohabitan un vivo sentido religioso con angustias, dolores y dudas, nos dejó en su última obra “En las orillas del Sar”, esta mirada que quiere ver en Cristo crucificado más que un consuelo una luz.

Tan sólo dudas y terrores siento,
Divino Cristo, si de Ti me aparto;
Mas cuando hacia la Cruz vuelvo los ojos,
Me resigno a seguir con mi calvario.
Y alzando al cielo la mirada ansiosa
Busco a tu Padre en el espacio inmenso,
Como el piloto en la tormenta busca
La luz del faro que le guíe al puerto.

De una religiosidad heterodoxa, como lo fue su vida, León Felipe (1884-1968), desde su fondo cristiano castellano, cuajado de rebeldía que busca de la verdad, ve en la cruz los dos mandamientos, el amor de Dios que lleva al cielo y el abrazo de amor al prójimo.

Hazme una cruz sencilla carpintero,
sin añadidos ni ornamentos,
que se vean desnudos los maderos,
desnudos y decididamente rectos.
Los brazos en abrazo hacia la tierra,
el mástil disparándose a los cielos.
Que no haya un solo adorno que distraiga
este gesto, este elemento humano
de los dos mandamientos.
Sencilla, sencilla,
hazme una cruz sencilla, carpintero.

Antonio Machado (1875-1913), sin ser religioso, deja entrever su compleja espiritualidad cristiana en su poema “La Saeta”. Distanciado de la visión de sus mayores, prefiere un Cristo vivo, ¿quizás el que venció a la muerte, el resucitado?, no lo aclara.

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz! (…)
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

Marcada su vida y obra por un catolicismo errante con incursiones en otras creencias, Gabriela Mistral (1889-1957), en un poema de madurez, orando ante el Cristo de la cruz con el cuerpo dolido y el alma solitaria desvela el misterio del sufrimiento.

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de mi cuerpo a tu cuerpo con vergüenza.
¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados? (…)
¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
(… huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.
Y sólo pido no pedirte nada.
Estar aquí junto a tu imagen muerta
e ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.


Agnóstico, Jorge Luis Borges (1899-1986), que admira al Hombre, pero no logra creer en el Hijo de Dios, quizás por no ser capaz de mirarle con el corazón, en las postrimerías de su vida, ante la cruz, le escruta con la mente, le busca sin denuedo, pero no le encuentra. 

Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra. Los tres maderos son de igual altura. 
Cristo no está en el medio. Es el tercero. (…)
Es áspero y judío. No lo veo
y seguiré buscándolo hasta el día
último de mis pasos por la tierra.
El hombre quebrantado sufre y calla.
La corona de espinas lo lastima.
(… Sabe que no es un dios y que es un hombre que muere con el día. No le importa. (…)
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado.
El alma busca el fin, apresurada. (…)
¿De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora?

A modo de final inconcluso regreso a la poesía mística, a una de sus más altas cumbres, santa Teresa de Jesús (1515-1582), doctora de la Iglesia y patrona de los escritores.

En la cruz está la vida
y el consuelo,
y ella sola es el camino
para el cielo.
En la cruz está “el Señor
de cielo y tierra”,
y el gozar de mucha paz,
aunque haya guerra.
Todos los males destierra
en este suelo,
y ella sola es el camino
para el cielo. (…)
Alma mía, toma la cruz
con gran consuelo,
que ella sola es el camino
para el cielo. (…)
El alma que a Dios está
toda rendida,
y muy de veras del mundo
desasida,
la cruz le es “árbol de vida”
y de consuelo,
y un camino deleitoso
para el cielo.
Después que se puso en cruz
el Salvador,
en la cruz está “la gloria
y el honor”,
y en el padecer dolor
vida y consuelo,
y el camino más seguro
para el cielo.

Ya sólo queda preguntarnos ¿qué vemos y sentimos al contemplar a Cristo crucificado?

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