Me pregunto si será verdad que las historias desconocidas son las más conmovedoras y si Cristo es el único crítico literario justo.
Los buenos libros invitan a pensar y la magnífica obra de Holly Ordway, La Fe de Tolkien: Biografía espiritual, goza de este atributo sobradamente. Entre sus múltiples llamadas a la reflexión hoy me quedo con dos afirmaciones de su insigne protagonista, el genial profesor y escritor J. R. R. Tolkien (1892 – 1993), que me han resultado particularmente originales. Quizás no sea el primero en expresarlas, pero en su forma y en su fondo me han resultado novedosas y estimulantes.
Tal y como relata H. Ordway en su libro, hacía años que la Gran Guerra había concluido y Tolkien, combatiente superviviente, tenía un futuro prometedor por delante. Pero como sucede a tantos excombatientes pasar página no le fue tan sencillo. Los efectos físicos, emocionales y espirituales provocados por tanto sufrimiento y las ausencias de quienes no sobrevivieron no se desvanecieron sin más; se prolongaron en el tiempo.
En este contexto, en 1948 Tolkien queda impresionado por un comentario del poeta y jesuita Gerard Manley Hopkins sobre la naturaleza de la fama literaria y la frustración de las esperanzas de aquellos autores cuyo trabajo no llega a ser conocido. Sin duda en el interés de Tolkien pesaría mucho el que la mayoría de sus amigos más íntimos de juventud, prometedores autores y miembros de su grupo literario “Tea Club and Barrovian Society” (TCBS), hubiesen muerto en combate.
Tanto afecto el comentario a Tolkien que, según Ordway, le dedica una larga carta dirigida a su colega y amigo, el afamado escritor y apologista cristiano C. S. Lewis ya por entonces reconvertido al anglicanismo de su infancia tras años ejerciendo el ateísmo. Refiriéndose a Tolkien dice así Ordway: “Reflexionando sobre las palabras de Hopkins piensa sobre las obras que quedan silenciadas; muchas historias que de otro modo habrían sido contadas”. Y añade: “Las reflexiones de Tolkien sobre esta idea muestran por qué sentía que «las historias no contadas son las más conmovedoras». Sus camaradas muertos poseían muchas historias que no serían jamás contadas, pero solo Dios sabe cuáles eran”.
Pero a Tolkien sus pensamientos no le llevan solamente a manifestar su nostalgia ni se limitan a expresar sus sentimientos sobre la bondad de las historias desconocidas, van más allá. Según relata su biógrafa, en su misiva a Lewis, Tolkien parafraseó a Lewis el siguiente pasaje de la carta de Hopkins. “El único crítico literario justo es Cristo, que admira más que hombre alguno, los dones que él mismo ha concedido. Sometámonos, pues uno y otro al juicio de Cristo. Dios te guarde”. Así, para Tolkien, señala Ordway, “solo el crítico que conociera absolutamente todo, que poseyere una perspectiva divina, podría juzgar con seguridad el valor de estas historias, las historias que quedaron sin contar, el potencial que fue cercenado antes de florecer”.
Leyendo estos pensamientos de Tolkien resulta difícil que no susciten alguna reflexión. El primero, siendo a mi juicio más un sentimiento que un aserto fundado, no deja de generar empatía por entrañable y cierta afinidad por verosímil; pues, dado que son muchísimas más las obras que no llegan a conocerse que las conocidas, es muy posible que, entre las primeras, se hallen las más conmovedoras. Pero también cabe hacer otra lectura del pensamiento de Tolkien; puede entenderse como una suerte de homenaje a sus amigos fallecidos, un reconocimiento del potencial humano creativo que encerraban y que, por avatares de la vida, quedó inédito.
Respecto del segundo pensamiento, el de Cristo como único crítico literario justo, tiene mayor calado y fundamento. Habrá quien opine que es un mero consuelo para autores desconocidos o con escaso éxito. No obstante que Tolkien, siendo ya famoso asumiese la idea y la compartiese con Lewis, también ya entonces autor de éxito, desarma la teoría del consuelo. Profundo creyente y con un elevado sentido de la justicia, como demostró en tantas ocasiones, la reflexión que Tolkien hace suya cobra todo el sentido. La justicia, que no conoce de grados, para ser plena sólo puede ser impartida por quien tiene un conocimiento pleno, cualidad que supera la capacidad humana y que, para un creyente, sólo está al alcance de Dios. Un Dios que, además tiene su propia métrica. De ahí que el pensamiento de Tolkien, basado en el de Hopkins, amén de ser del todo coherente concuerda con la enseñanza de la parábola de los talentos (Mt 25:14-30).
Así pues, más que un consuelo para quienes el mundo ha desconocido, la reflexión de Tolkien es todo un reto, esperanzador sí, porque se hará justicia, pero también desafiante porque lleva a pensar que lo importante no es el mayor o menor reconocimiento mundano de nuestras obras, sino, como enseña Jesús con su parábola, la buena administración que hagamos de los talentos recibidos.
