El reto de la coherencia

En nuestra sociedad parece imperar una suerte de estado mental abotargado capaz de convivir con ideas, opiniones y acciones no ya inconexas sino contradictorias. 

El filósofo católico, dramaturgo y crítico francés Gabriel Marcel (1889-1973) nos dejó una máxima que arroja luz para comprender por qué hoy abunda tanta incoherencia: “Cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive”. Efectivamente, una causa principal es que tantas personas acomodando sus vidas a lo que se sobreentiende es lo moderno, lo que en el ámbito más cercano se espera de ellos o lo políticamente correcto, hayan mutado lo que realmente piensan o sienten.

Si formar parte del grupo mayoritario, del aparente ganador, tiende a producir sensación de seguridad y evita los riesgos que conlleva toda disidencia, este estímulo, aunque  importante, no es suficiente para amoldar lo que se piensa a lo que se hace. Un entorno volátil en el que se valora más el tener y aparentar que el ser, y que promueve vivir acorde a expectativas coyunturales ajenas, condiciona muy mucho. Pero, quizás el factor más determinante sea la somnolencia mental y espiritual que provoca el cómodo y placentero estado de convivir con la incoherencia.

Cuando el letargo es puntual es posible despertar sin mucho esfuerzo, pero si se prolonga provoca irremisiblemente embotamiento mental y espiritual. La capacidad de juicio crítico queda anestesiada y se genera una insensibilidad que prefiere ignorar para no dejar lugar a la inquietud que pueda alterar la aparente tranquilidad y seguridad. Se produce así un estado de autocomplacencia, de existencia satisfecha, en el que nada es tan grave como lo pintan y toda incoherencia halla justificación. Un estado de ofuscación tal que incluso lleva a defender contradicciones ajenas como propias aunque se hayan gestado sobre mentiras y se opongan ya no sólo a la razón sino al sentido común.

Llegados a este punto caben varias alternativas; persistir en el insensible embotamiento, intentar cohabitar con la incoherencia o procurar conservar la integridad tratando de ser coherentes. Si la primera acaba por convertir a la persona en ser estúpido y sumiso, condición que agrada sobremanera al poder dominante, la segunda, bastante frecuente y también del gusto del mando, tiende a cursar en desconfianza y frustración.

Si nadar y guardar la ropa o repicar y andar en procesión acostumbra a ser conducta tentadora, lo cierto es que, a la postre, semejante equilibrio disfrazado de astucia cuando no de cobardía, resulta inalcanzable; no se puede quedar bien con ambos bandos y menos aún si habitan en la misma persona.  Así, aunque cabe ser incoherente sin caer en una contradicción formal, vivir pensando y haciendo de manera diferente, por implicar un desorden en el pensamiento, lenguaje o acciones, es la vía más segura para terminar aceptando una cosa y la opuesta; hecho que, salvo en mentes muy deterioradas, suele inducir a la duda, la incertidumbre y la confusión generando un triste desasosiego.

Consecuentemente, de las tres alternativas señaladas, parece que la más inteligente es tratar de ser coherente. Y aunque lograrlo es uno de los mayores desafíos que nos plantea la vida, muestra de ello es que quienes lo superan son admirados y elevados a la categoría de personas íntegras, por el bien de nuestra salud mental y espiritual y del bien común, es obligado intentarlo. Incluso desde una perspectiva utilitarista, pensando en aquellos que valoran mucho su impronta en los demás, ser coherente es muy positivo por cuanto alinea la mente, los sentimientos y la conducta, generando autenticidad, confianza y credibilidad.

Claro está que siendo cualidad tan preciada, pilar de la honestidad, exige ser cultivada requiriendo trabajo continuo. Considerando además que nadie es ajeno a sus debilidades y a las querencias y presiones del entorno, amén de esforzarnos en ser coherentes procurando que nuestros pensamientos, palabras y acciones sean consistentes, es imprescindible permanecer vigilantes tanto frente a las contradicciones propias como ante las ideas que pretendan imponernos sofocando las nuestras sin convencernos.

Para ello nada mejor que, amainando nuestros egos, hacer introspección, a lo cual invitan estos días cuaresmales, y chequear regularmente si lo que hacemos concuerda con lo que realmente queremos ser o si precisamos reconducir nuestra conducta. Porque como diría San Agustín los valores no se proclaman, se viven.

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