Una de las muestras de desprecio más indignas de un político hacia sus simpatizantes es el recurso a eso que llaman activar el voto empleando estímulos para provocar respuestas automáticas exentas de toda reflexión.
Cuando las ideas, programas y discursos no acaban de convencer, los partidos políticos tienden a recurrir a métodos de persuasión más básicos que buscan generar reacciones emocionales inmediatas sin que medie un procesamiento racional o argumentativo. Que sea práctica recurrente y generalizada no significa que deba aceptarse. Al contrario, porque su normalización lo que evidencia es el grado de deterioro alcanzado en los procesos electorales y en la democracia de la que dicen son su esencia.
Siendo un tanto incautos cabría pensar que activar al votante es algo positivo dirigido a movilizar a la parroquia indecisa o indolente con propuestas atractivas e ilusionantes. Pero la experiencia demuestra que es al sentido más torcido de la expresión al que se recurre; primero porque se busca una reacción automática, como la de un títere, y, en segundo lugar, por cuanto los estímulos empleados son siempre negativos y mayormente falaces cuando no objetivamente increíbles.
Hay muchas maneras de cosificar a las personas. Una de ellas es tratarlas como marionetas, manejándolas y privándolas de su autonomía, reduciéndolas a lo que vulgarmente se denomina peleles. Y esto es justamente lo que implica esta práctica desviada de activar al votante. No es más que replicar en política el “efecto Paulov” o reflejo condicional que supone condicionar el comportamiento por una asociación de estímulos para generar una respuesta automática. Iván Paulov (1849-1936), neurofisiólogo ruso, hacía sonar una campana cada vez que alimentaba a los perros. Después de varias repeticiones, los perros comenzaron a asociar el sonido de la campana con la comida y, al oírlo, salivaban en respuesta, incluso cuando no se presentaba comida.
Así, en política, mediante la reiteración de consignas con palabras clave las personas son aleccionadas para reaccionar de manera previsible; responder cuales marionetas. Dada su eficacia se utiliza tanto para activar al votante como para combatir al oponente ya sea persona, partido, creencia o sector social; basta estigmatizarles primero, generalmente con algún término despectivo, para que sólo con pronunciar el apelativo se genere mecánicamente un entusiasmado rechazo. A la postre lo que se activa son miedos, odios y resentimientos sin fundamento racional alguno.
Por ello, la activación pauloviana del voto denigra tanto a quien la ejerce como a quien se deja activar en tanto que anula la capacidad crítica y el juicio propio convirtiendo el voto y la opinión en un acto reflejo basado en una asociación emocional al miedo. Quizás alguien pudiera confundirlo con eso que llaman votar con una pinza en la nariz. Pero una cosa es apostar la papeleta a favor de un candidato que no convence del todo optando por el menos malo, lo que ya de por si es incómodo, y otra muy distinta autoanularse el juicio tragando lo que echen. Pinzarse la nariz no es lo mismo que pinzarse el cerebro aunque cierto es que, abusando de lo primero se acaba en lo segundo.
Poo otra parte, si activar al votante implica algo tan indigno como cosificarle alentando sus instintos más primitivos e irracionales, hacerlo con estímulos falaces es una vuelta de tuerca de desprecio hacia este. El político que ejerce esta nociva práctica ya no sólo espera que su seguidor adiestrado salive como el perro de Paulov al oír su campana, va más allá, confía en que, en vez del polvo de carne auténtica que se le daba a comer al perro, el sumiso votante se trague polvos intencionadamente adulterados.
En estos días de campaña electoral vemos como la progresía ha rescatado el lema del “no a la guerra”. Pero al agitar esta bandera pacifista de manera oportunista y sesgada quienes levantan muros entre españoles y cultivan como estrategia la cizaña y el frentismo, la hipocresía que entraña adultera un llamado a priori bueno. Ya no se trata de que su estímulo para activar el voto encierre mentiras o medio verdades, es mercancía tan averiada que la mera intención de venderla resulta un grotesco insulto a la inteligencia.
Realmente hace falta ser muy inmoral y creerse muy superior para pensar que se puede manipular a la gente sin límites. Lo malo es que el viciado ardid ha funcionado. Por ello, aunque parece que va perdiendo fuelle, aún quedan quienes buscan activar el voto a cualquier precio tratando a los suyos cuales marionetas.
