Ante la barbarización

Siendo muchos los ejemplos de que la civilización occidental sufre una profunda involución, el máximo exponente de la regresión a la barbarie es hoy la normalización de la expansión del aborto.

Estos días leo que en el Consejo de Estado han cocinado una artimaña jurídica para permitir forzar la inclusión en la constitución del llamado “derecho al aborto”. Que asunto tan grave encuentre justificación en una mera consigna, «mi cuerpo, mi decisión», evidencia la bajeza intelectual y el nivel de irracional deshumanización dominante. Además patentiza el peligro de barbarización que entraña arrumbar el derecho natural endiosando el derecho positivo.

Que el fundamento argumentativo sea un eslogan político – ideológico simplista amén de ser una frivolidad que banaliza un principio tan básico como el derecho a la vida, implica asentar la mentira como argumento de autoridad; porque el lema de marras, “derecho a decidir”, es del todo falaz. Nadie mínimamente inteligente puede afirmar por experiencia propia que somos libres de escoger qué hacer con nuestros cuerpos. Nunca antes en nuestra historia el acervo jurídico ha contado con tan prolija colección de normas que condicionan y limitan en todos los ordenes lo que podemos y no podemos hacer con nuestros cuerpos.  

Entiendo que el activismo proabortista se agarre a su consigna cual clavo ardiente. Tras décadas viendo como todas sus banderas jurídicas, éticas y morales eran derrotadas, poco más les queda que aferrarse a una mentira teñida de falso sentimentalismo. Hasta su preciado argumentario científico ha decaido a medida que la ciencia ha evidenciando la existencia de vida humana en estadíos más tempranos de la gestación.

Cosa distinta es que los proabortistas pretendan que anulemos nuestro raciocinio, comulguemos con ruedas de molino y, ya puestos, aceptemos sumisamente convertir sus tóxicas y falsas consignas en leyes. Muchas gentes, por motivos espurios, lo han hecho y no pocas arguyendo hipócritamente que, siendo contrarios al aborto, su práctica debe permitirse. Asentado este fariseísmo, lo que comenzó como una excepción tolerable pasó a normalizarse y ahora poco le falta para ser un derecho.

Ahora bien, con esta torcida actitud lo que parecen desconocer tantos “tolerantes” es que por mucho que se edulcore y blanquee el homicidio de seres inocentes, su legalización es una regresión a la barbarie, al retorno a la selvática ley del más fuerte hoy impuesta por mayorías electorales manipuladas y moralmente anestesiadas. Como bien señaló el historiador Toynbee (1889-1975)  “las civilizaciones mueren por suicidio, no por asesinato”. Dejar, por simple estupidez, que el espacio social lo conquisten las tendencias ideológicas más destructivas y crueles que anidan en el animal hombre es el camino más recto al suicidio colectivo.

Si haber justificado y legalizado la muerte intencionada en el seno materno de un ser humano supuso un triunfo de la barbarie, convertirlo en un derecho de las madres allanará aún más el camino a la involución de la civilización. Como puede constatar cualquiera mínimamente lucido, siguiendo la misma senda que el aborto, por mor de la fuerza de la mayoría y en contra de toda racionalidad se han impuesto las más diversas aberraciones como el derecho a la autodeterminación del género. Quizás de manera más tecnificada, incluso sofisticada, pero no por ello menos regresiva, los nuevos bárbaros avanzan en la deconstrucción de la otrora civilización occidental minando sus cimientos sociales, particularmente la familia, y diluyendo su antropología.

Abusando del derecho positivo, los próceres de un estatismo materialista que reduce al individuo a mero consumidor, tirando de falsas consignas, apelando a sentimentalismos licuadores de principios y con un lenguaje manipulado, simple hueco y confuso han logrado que muchos, creyéndose modernos y avanzados, se hayan dejado seducir contribuyendo por activa o pasiva a la barbarización. No obstante, tan desolador y desesperanzador es el panorama resultante de esta involución que cada vez son más las voces que se revelan.

Así, no es de extrañar que ante el hastío de tanta vacuidad falaz y destructiva esté aflorando un renacer espiritual que busca en lo trascendente las certidumbres que el desvarío de la razón niega. No se si intuyen que aquello que añoran y aprecian son frutos de la civilización crsitiana, o que la negación o el distanciamiento de Dios y del derecho natural cristiano genera un retroceso civilizador. Sea por ello, o porque sospechan que a la postre la barbarie del animal hombre no puede ser frenada por leyes humanas resultantes de la entronización de una ética secularizada voluble e interesada, es por lo que quizás muchos estén volviendo a mirar a la religión.

Como señaló el genial Ramón María del Valle Inclán en Luces de Bohemia “La creación política es ineficaz si falta una conciencia religiosa con su ética superior a las leyes que escriben los hombres.” Hoy habría que añadir que además de ineficaz es garantía de barbarización.

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