Porqué será que, conforme los partidos se sitúan más a la izquierda del espectro político, sus representantes muestran un carácter más desabrido, áspero y malhumorado.
Al menos en España las izquierdas debieran estar encantadas y felices; nunca se han visto en otra, particularmente los comunistas y asimilados. Quien les iba a decir hace unos años que formarían parte del gobierno, ocuparían todo tipo de cargos y acomodarían a sus huestes en las más variadas instituciones y entidades públicas y privadas. Más aún quien de ellos imaginaría que, aprovechando la avidez de poder del PSOE y su carencia de votos y principios, doblarían la cerviz a su otrora enemigo sometiéndole ideológicamente.
Visto el poder alcanzado habiendo obtenido en las últimas elecciones generales (2023) menos de una sexta parte de los votos emitidos, es digno de estudio que estas izquierdas tan extremistas como desfasadas no transmitan alegría. Dado el número y diversidad de leyes y medidas torcidas que han logrado implantar, contando con el entusiasta respaldo de un PSOE sumiso y converso hasta las cachas, sorprende que sus representantes no exhiban al menos cierta amabilidad reflejo de algún grado de satisfacción.
Acaso son sus ideologías siniestras las que les avinagran el humor. Tengo por seguro que hay ideas caducas y fallidas que, por tóxicas, agrian el carácter y que, junto al ejercicio de la intolerancia que requiere su aplicación, pues, por irracionales sólo cabe imponerlas, explican tanta irritabilidad y aridez. Pero no creo que sean causa suficiente de ese estado de insatisfacción permanente que traslucen las izquierdas a pesar de haber alcanzado metas tan insospechadas.
Tampoco atribuyo la insatisfacción a un ánimo inconformista propio de quien ambiciona más, pues la sana ambición es fuerza que impulsa el crecimiento sin dañar a terceros disfrutando del proceso, es decir, justo lo contrario del caso que nos ocupa. Porque las izquierdas radicales y la radicalizadas lejos de evitar el daño buscan castigar señalando culpables. Más que proponer, amenazan, y aunque intentan disimular su rencor con afectada humildad, tan forzada es que no puede ocultar su ánimo vengativo.
Para mí que la fuente de tanta insatisfacción sólo la puede provocar el amargor que destila el resentimiento provocado por la creencia de que la historia está en deuda con ellos. Convencidos de que son merecedores de más, de que los suyos, exentos de toda responsabilidad, han sido objeto de un infortunio lacerante, justifican su acritud en que tienen muchas cuentas pendientes por saldar y batallas perdidas por ganar. De ahí su odio a un pasado del que se sienten víctimas. Un pasado cargado de frustraciones que, en el caso español y en épocas más recientes, derivan del fracaso de una idealizada Segunda República, en verdad tan fallida que acabó en guerra civil, de la prolongada supervivencia del régimen vencedor, cuyo caudillo murió en la cama y de una transición política no revolucionaria como hubiesen deseado.
Todos sufrimos decepciones, pero algunos no las superan, las conservan, macerándolas y amargándoles. Los éxitos les debería satisfacer en alguna medida, pero cuando llegan ocurre lo contario, empeoran porque los resentidos los entienden como una ratificación de que sus amarguras están tan justificadas como su carencia de cordialidad. De ahí que esa sed de venganza que incuban fermente en una acritud que acaba siendo rectora de sus conductas reflejándose en un humor desabrido desabrido y una actitud intimidatoria.
Cuando los vientos del azar favorecen a las izquierdas no les sirve para reflexionar y probar la virtud de la amabilidad y la concordia. Al contrario, siendo que los resentidos están mal dotados para la generosidad, todo triunfo les impulsa a persistir en un revanchismo insaciable llevándolos al frustrante ejercicio de pretender reescribir la historia para corregir su rumbo hasta sus raíces antropológicas.
Y así, contumazmente, caiga quien caiga, a costa de cualquier atisbo de paz y felicidad, esclavos de sus resentimientos, evidencian a diario ser una izquierda avinagrada que, además, por antipática y victimista, provoca un profundo hastío.
