“No hay viento favorable para quien no sabe a dónde va” escribió Séneca, pero acertar en el propósito y mantener el rumbo no es sencillo, por ello toda ayuda que se nos brinde debe ser aprovechada.
Cuando la inestabilidad parece haberse adueñado del presente, es fácil dejarse llevar por vientos cambiantes impulsores de una constante y frustrante improvisación. Tampoco el tiempo que le tocó vivir al estoico Séneca (4 a.C. – 65 d.C.), fue precisamente estable. De ahí que me sirva de su exhortación a su discípulo Lucilio para dar pie a esta reflexión.
Saber hacia dónde queremos ir no elimina incertidumbres, pero sí permite tomar el control de nuestras vidas sin dejarlas al albur de los vientos que soplen; no se trata de dominarlos, pero sí de sostener el timón. Por ello, tratándose de dar un sentido a nuestras vidas es esencial saber escoger el camino más conveniente.
Ante este reto existencial, entre las múltiples alternativas mundanas posibles cabe recordar otra, la más trascendente; aquella abierta a todos para llegar a la plenitud, a la luz eterna, a la victoria de la vida, del amor y del bien. Jesucristo la señaló nítidamente, “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6). Además, como buen maestro, con infinita paciencia hoy nos sigue invitando a su senda enseñándonos cómo hacerlo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga”. (Lc 9, 23).
Así de claro, sin doblez alguna, es la formidable alternativa que nos brinda Jesucristo; tan extraordinaria que nos supera. Por ello, consciente de las debilidades humanas, de nuestra impotencia para recorrer a solas su camino, nos dio el Espíritu Santo para iluminarnos y nos legó la Iglesia para acompañarnos. Porque será en la liturgia, participando en los santos misterios, donde hallaremos la fuerza para transitar camino tan exigente como prometedor.
Hoy, marcados con la ceniza, que nos recuerda nuestra caducidad instándonos a convertirnos y creer en el Evangelio, la Iglesia, para ayudarnos a renacer dejando atrás al hombre viejo, nos brinda un tiempo para meditar y escoger; el tiempo de Cuaresma.
Iniciada cada año el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo, la Cuaresma es un itinerario espiritual en el que se nos da escoger entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte. Hoy, cuando tantos buscan desorientados a dónde ir, el camino cuaresmal nos orienta y prepara para salir al encuentro de nuestra salvación. Porque la invitación a convertirnos no consiste tanto en cumplir una ley como reiteraría Benedicto XVI, sino en encontrarnos con Cristo, acogerle y seguirle cargando con nuestras cruces cotidianas, asumiendo las exigencias y compromisos que conlleva aspirar a tan alta meta.
No estamos por tanto en un tiempo de conmemoración de hechos pasados, menos aún de mero ocio. Acompañar a Jesús en su camino a Jerusalén donde cumplirá su misterio de pasión, muerte y resurrección es un tiempo para interpelarnos, para escoger, o no, seguirle hasta el final y decidir si hacer, o no, de su Pascua el sentido mismo de nuestras vidas. Es ocasión en que se nos brinda la posibilidad de optar, o no, por dejarnos abrazar por un Dios redentor que reina colgado en un madero ofreciéndonos la victoria de la vida sobre la muerte. De un Dios que, en la Última Cena, nos dejó un Mandamiento Nuevo: “Amaros unos a otros como yo os he amado”. (Juan 13,34)
Un mandamiento tan difícil de cumplir como imprescindible para lograr esa tan anhelada paz humana de la que tanto se habla y a cuya construcción Jesucristo nos convoca: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13,35). Así de desprendida, desafiante y apasionante es la invitación de Jesucristo a seguir su camino; ni más ni menos que amar al prójimo sin distinción como a nosotros mismos por amor a Él.
No es de extrañar que tras el júbilo mostrado ante la llegada de Jesús a Jerusalén (Domingo de Ramos), tantos le abandonasen. Como sucede hoy, querían otro Mesías más mundano, más a su medida. Aún creyendo en un Dios creador se conforman con un horizonte limitado en el que acaba prevaleciendo como propósito el tener sobre el ser. Optar por seguir a Cristo, supone aspirar a un horizonte infinitamente más elevado, el propio de hijos de Dios hechos a su imagen y semejanza, a una vida más digna y plena, a vivir en el mundo sin ser esclavos de la mundanidad como diría santa Teresa de Jesús.
Esta es la decisión que la Cuaresma nos viene a recordar y el camino por el que la liturgia nos ayuda a transitar. Cristo siempre nos espera, a tiempo estamos de escoger.
