Para amantes de AC

Siendo insólita la edición de una novela con dos finales para un mismo desenlace, hoy aparco mis reflexiones para compartir esta curiosidad que además marcaría la larga trayectoria literaria de un famoso personaje.

Buscando completar algunos títulos de mi modesta colección de novelas policiacas mi carta de este año a los Reyes Magos incluyó la versión original inglesa de la primera obra de Agatha Christie (AC); The Mysterious Affair at Styles (El misterioso caso de Styles). Añadí que fuese preferiblemente en edición de bolsillo, formato por el que tengo predilección. Lo que no esperaba es que además de ver satisfechos mis deseos los siempre generosos magos me trajesen la edición de HarperCollins de 2013 que encierra una sorpresa.

Siguiendo la narración que figura en la introducción de esta edición a cargo de John Curran, uno de los mayores expertos en AC, los hechos se sucedieron como sigue. Según el testimonio de la propia autora su primera novela fue en respuesta al reto que le lanzo su  hermana Madge en 1916; “te apuesto que no puedes escribir una buena historia detectivesca”. Concluida la obra en 1917, el libro tardaría cuatro años en ver la luz si bien la primera publicación «real» de la novela fue en 18 entregas en The Times Weekly Edition, del 27 de febrero al 25 de junio de 1920.

Tras ser rechazada por varias editoriales finalmente, en 1919, John Lane, cofundador de The Bodley Head Ltd, se interesó. Pero si bien la opinión de quienes leyeron el manuscrito fue favorable, a John Lane le pareció que la escena final era muy poco verosímil y debía modificarse. En ella, el protagonista debutante, el detective belga Hércules Poirot, desvelaba los pormenores del crimen en la sala del juicio desde el estrado de testigos. La novel AC, no estando en condiciones de rechazar la petición de su editor, accedió y situó la escena en el salón de la casa de campo Styles, posibilitando que fuese publicada en 1921.

Transcurridos más de ochenta años, cuando, según John Curran, el texto mecanografiado original hacía tiempo que había desaparecido, la escena final rechazada pudo ser recuperada. Tras el descubrimiento en 2004 de 73 cuadernos de notas de AC en su casa de Greenway, John Curran dedicaría varios años a analizar y transcribir los apuntes que, con letra minúscula, abigarrada y cuasi ilegible, detallaban la vida literaria de la escritora. Fruto de este intenso trabajo, en el cuaderno 37 hallaría, escrita a lápiz, con tachaduras e inserciones, la escena primigenia.   

Gracias a la labor reconstructiva de Curran, HarperCollins pudo publicar en 2013 la primera edición de la novela que incluye los dos escenarios. El desenlace no varía y la aclaración del crimen a cargo de Poirot es en esencia la misma, sólo cambia el escenario, pero merece la pena leer ambos finales.

Lo que no pudo prever el editor John Lane es que su observación llevaría a AC a replicar la escena. Casi siempre acompañado del inspector Japp, junto al capitán Hastings, fiel amigo, ayudante y narrador de las aventuras de Poirot, serán muchas las novelas en las que el detective belga convoca a los principales personajes – sospechosos para desentrañar teatralmente el misterio satisfaciendo su notable vanidad disfrutando de la adulación de sus, más que oyentes, espectadores.

A modo de conclusión sólo me queda romper una lanza a favor de Poirot. Porque si cierto es que al atildado, orgulloso y en extremo vanidoso detective, con una querencia obsesiva por la pulcritud y la simetría, le encantaban sus representaciones teatrales, no lo es menos que la sencilla y humilde Miss Marple también gustaba de organizar escenas similares. Que AC mostrase preferencia por la muy brtitish y adorable dama, frente a un petulante Poirot continental al que describe como un hombrecillo de poca estatura, rollizo, cabeza en forma de huevo, un bigote que era su orgullo y con modales remilgados, no quita para que fuese el preferido del público y su personaje más celebrado.

Dicen que AC llegó a detestar a Poirot por ampuloso, pesado y egocéntrico, tanto que en los años 60 incluso pensó en matarlo, pero que rechazó la idea porque al público le gustaba. Siempre pensé que, en el fondo, la efectista AC también sentía debilidad por su primera criatura; conocer que, en su opera prima, AC optó, en primera instancia, por situarlo en un estrado en la sala de un tribunal exhibiendo sus inigualables “células grises” ha confirmado mi opinión.

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